Jordi Canal | Viernes 18 de julio de 2008
No acostumbro casi nunca a estar de acuerdo con las opiniones expresadas por Felip Puig y Oriol Pujol. Pero esta vez lo estoy y creo que debo decirlo. A mi también me parece vergonzoso que el presidente de la Generalitat de Catalunya, José Montilla, hable tan mal en catalán y destroce la lengua. Seguramente mis razones son distintas de las de los dos diputados de Convergencia en el parlamento catalán, pero la conclusión es la misma: es vergonzoso. Me explico.
En una comunidad en la que para ser funcionario se exige un nivel alto de catalán, en la que el conocimiento de la lengua se ha convertido en elemento de ascenso social y de clientelismo administrativo, en el que quiere extenderse esta obligación de dominar la lengua catalana a todo el mundo, desde un simple barrendero a los profesores de universidad, seguir manteniendo que la máxima autoridad autonómica no tiene porqué hablarlo correctamente -no entro aquí en la escritura- me parece fuera de lugar. ¿Por qué el presidente de la Generalitat está eximido de esta obligación, explícita e implícita, tan extendida en Cataluña de expresarse correctamente en catalán? No valen los argumentos de que hace esfuerzos -patético argumento, también esgrimido por un alucinado Carod-Rovira- o de que representa la voluntad de integración. ¡Pamplinas! Debe dar ejemplo y si no puede hablarlo correctamente, puede que el problema sea que no está capacitado para el puesto que ocupa.
Los socialistas catalanes no pueden mantener, por una parte, las actuales políticas de “normalización” lingüística, rechazar vehementemente la tercera hora de castellano o reclamar la “centralidad catalanista” y, por el otro, permitir que su máximo dirigente destroce en cada una de sus intervenciones la lengua catalana. Es, como mínimo, incoherente. Legítimo, sin duda, pero incoherente. ¿Encontrarán algún día los socialistas catalanes la coherencia política perdida en los últimos tiempos? Permítanme expresar, en esta cuestión, mi pesimismo.
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