Opinión

España, España y España

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Viernes 15 de junio de 2018

Un joven escritor, Juan Manuel de Prada, esbelto y espigado, sin un gramo de grasa, acudía a la finca El Espinar, a las afueras de Guadalajara, a entrevistar al viejo nobel, Camilo José Cela, quien recibía en blazer de doble abotonadura (“¿Mi padre con un blazer? Eso era todo Marina”, diría su hijo tiempo después), sosegado frente a un café, el estudio fatigado de fichas y folios, a punto de salir el nuevo libro (Diccionario geográfico popular de España) en editorial desconocida (Noesis) y compilatoria de más de treinta años de trabajo sin descanso. El nobel, encendido de promesas, confesaría de entrada lo que todo el mundo sabía, que trabajaba como un mulo y casi no leía: “En mi adolescencia, a raíz de la enfermedad que tuve, una lesión pulmonar, estando en reposo, llegué a leerme todo el Ribadeneyra, del primer al último tomo, incluyendo a algún cronista de Indias muy aburrido; si me distraía, volvía atrás, porque no me perdonaba ninguna licencia. Claro, esta actitud imprime carácter. (…) La voracidad de lector que tenía en mi adolescencia ya no la poseo. Los escritores, a media que pasa el tiempo, escribimos más y leemos menos, porque las lecturas que creemos que necesitamos ya las tenemos hechas. Yo ahora lo que hago es releer con frecuencia, releo, por ejemplo, a Quevedo, a ver si se me pega algo, que buena falta me haría, y aprendo de alguna vez a escribir”. Tiene coña el asunto, con todos los premios en el bolsillo, más rico que nunca.

El Diccionario fue la obra de una vida entera recorriendo España, pateando España, en esa ciencia que él denominaba “dictadología tópica”: “La ciencia que estudia los dichos referidos a lugares geográficos”. Treinta años de ir escribiendo fichas y reuniendo información dispersa. La envergadura del proyecto la explica por tramos: “Un trabajo recopilatorio y de mínimo criterio selectivo, porque no todas las informaciones que he logrado reunir resisten la comprobación científica. Existen algunos dictados tópicos incontestables (por ejemplo, todo el mundo sabe que a los madrileños se les llama “gatos” como apodo), pero también existen términos poco documentados que no sabes si son seudogentilicios o gentilicios, del mismo modo que hay refranes de dudosa autenticidad, que a lo mejor acaba de inventarse tu informante. Cuando existe alguna autoridad que registre el dictado, lo doy por válido; cuando es autoridad no existe, sino tan sólo una tradición oral más o menos extendida, tienes que hacer ponderar la fiabilidad de tu confidente. Por ejemplo, los apodos referidos a los habitantes de determinado pueblo no te los dicen los interesados, sino los del pueblo vecino, que suelen actuar con mala fe, pues la rivalidad entre vecinos es a veces sangrante”. Sería algo así como la otra parte de Viaje a la Alcarria o los tantísimos libros de viajes posteriores (Del Miño al Bidasoa, Viaje al Pirineo de Lérida, Judíos, moros y cristianos, Primer viaje andaluz, Viajes por España, etc). Libro entero que nacía de la proclividad de los españoles al improperio, el agravio verbal y el dictado rimado: muy celiano, Camilo total.

En su risa sedentaria y jocunda, casi episcopal, vencido por los años pero no por las ganas, el trabajo de investigación como acicate de la labor creativa en busca permanente de la anécdota chocante, pronto Cela entraba en harina: “Fíjese a los extremos de ridiculez que hemos llegado con la palabra España. Hay individuos que, por razones ocultas, no quieren decir España y recurren a la expresión Estado español. Así se producen paradojas estúpidas y risibles del tipo: Se acerca un frente de chubascos por el noroeste del Estado español. ¡Hace falta ser imbéciles y analfabetos! El Estado es el artilugio ortopédico-administrativo para gobernar un país determinado; España es una noción geográfica. Y es curioso que esta expresión de Estado español la empleen la izquierda y el nacionalismo, cuando su inventor fue el General Franco: en sus primeras emisiones de sellos no figuraba España sino estado español”.

Le preguntaba Prada, con tal de rematar el asunto, por las hilarantes expresiones ¡Viva España! y ¡Arriba España!: “Estas expresiones tuvieron connotaciones diferentes. La segunda era acuñación de la Falange; la primera, de la derecha tradicional. Franco, que tenía un gran instinto para las minucias simbólicas, terminaba sus discursos con ambas exclamaciones, poniendo el énfasis en una u otra, dependiendo del auditorio. Esto a usted le parecerá un chiste, pero yo lo he vivido”. El lenguaje como herramienta política, incluso en las palabras de apariencia inofensiva como puedan ser las designaciones geográficas: “Es el vicio que intento desenmascarar en este libro de la manera más aséptica posible. Piense, por ejemplo, en esa gente irrisoria que no quiere decir Latinoamérica, pero, por no atreverse a decir Hispanoamérica, recurren a un absurdo llamado Iberoamérica. No se dan cuenta, los muy tontos, que Iberia e Hispania aluden ambas a la Península Ibérica. He intentado desenmascarar estas idioteces de manera jocosa, porque la verdad es que son tan lamentables que no se pueden tomar en serio. Conocí en cierta ocasión a un hispanoamericano que decía: Nosotros, los latinos. Yo entonces lo interrumpía: Oh, sí, ustedes los latinos. Supongo que se refiere a Cicerón, a Suetonio y a usted. El pobrecito no sabía que no existe una raza latina sino una cultura latina”.

Señores, la palabra España no muerde, no produce sarpullidos y, fuera de estos días festivos por culpa del fútbol, está ahí para ser usada y amada, sin retórica y sin esa obstinación remilgada de quienes no quieren nombrar los topónimos en lengua común, como también alertaba Prada, que todos conocemos y recurren a sus designaciones vernáculas. Cela remataba la faena con mucha literatura detrás: “Las lenguas no se han hecho para combatir sino para entenderse. Y todo este asunto tan enojoso se agrava con esa imposición de lo políticamente correcto y un mal entendido espíritu de solidaridad”. España, España y España. Nuestra tierra y país, punto.