Que el hombre es un ser lúdico sin demasiadas diferencias entre el niño y el adulto es algo bien conocido, ahora probado y demostrado por internet (Game-Play, Fowl-Play-Game, etc, etc, etc…), donde se reproducen como en un juego macabro insólitas batallas. Es más, a veces nos posesionamos de tanto fervor por los entretenimientos que perdemos todo criterio. Así suele ocurrir con el fútbol, que durante un dilatado mes nos tendrá en jaque, probablemente en cada rincón del Planeta.
Panem et circenses (pan y circo) es una longeva locución latina, que se sigue aplicando actualmente para describir ciertas prácticas non sanctas del poder político. La frase pertenece al dramaturgo-poeta Décimo Junio Juvenal (circa 100 A. D.), y es dada como alusión al pueblo romano, que mediante una artimaña usada por sus gobernantes, procuraba mantener en calma a la población, la mayoría de las veces para ocultar hechos fraudulentos o de corrupción (tal como en el mismo manejo del Coliseo, donde había mala praxis y coimas (¡Ya en esos remotos tiempos, caramba!), como nos ilustra Juvenal.
Pues bien, Nietzsche advertía que “todo es un eterno retorno”; es decir, una constante repetición. La historia demuestra que tenía razón (hoy la FIFA, la liga mundial que encargada del fútbol, no se diferencia demasiado de la añeja corrupción latina y sigue involucrada en despreciables sagas que no sólo cuestionan a sus dirigentes, sino que además se los ha puesto presos y atraviesan aún una investigación internacional no cerrada). Es así como en su crítica comedia, el incisivo Juvenal muestra su desprecio por la decadencia de sus contemporáneos y pone énfasis en un plan frívolo y perverso urdido para distraer la atención y ganar votos entre la gente humilde; la campaña consistía, además, en regalar comida barata y objetos triviales que aludían a las competencias entre gladiadores (también más o menos como ahora, que la denominamos con el eufemismo marchandise); pasatiempo menos amable que cruento, en el puntual caso de los romanos; ahora suaves y conciliadores. Antes, eran espectáculos de sangre, con espantosos sacrificios humanos; ahora, amables contiendas con intercambio de himnos nacionales, banderitas y aplausos simultáneos.
Pero, para bien o para mal, los tiempos han cambiado y lo siniestro ha dado paso al mero espectáculo circense con otros gladiadores, menos crueles que diestros y sin la sangre derramada en aquellos remotos tiempos; no obstante, los políticos siguen siendo los mismos (los hombre seguimos siendo los mismos…), coincidiendo en que esta es la forma más efectiva para distraernos entre nosotros -al menos por un tiempito- de las iniquidades del poder (de todos los poderes). Como se ve, cambian los gobernantes y las épocas; pero, muy pocos los procedimientos. Los hombres, emocionalmente seguimos siendo los mismos embaucadores e idénticos ingenuos.
Si fuéramos razonables, es muy probable que no nos dejáramos llevar por tamaña impetuosidad, que a muchos los arrastra a la violencia más descontrolada. Menos mal que la seguridad impuesta por el Gobierno Ruso es contundente (KGB mediante) y no ha permitido que pisen el país ni los “barras bravas argentinos” ni los “conningams” ingleses.
Pero la suerte está echada y no hay tutía, todo está amablemente aceptado y en cierta forma culturizado, y en poco nos diferenciamos de aquellos pueblos de la antigüedad que, como nos cuenta tan bien en sus películas Cecil B. de Mille, arrojaban a los cristianos a los leones. Aunque la pasión es más o menos la misma.
El que esto escribe, sin excluirse, se pone la coraza de antemano. Me confieso un devoto seguidor de este apasionante deporte del que fui cultor cuando joven y convoca multitudes. Albert Camus, que también fue futbolista, lo cuenta de una manera divertida: “Sí, lo jugué varios años en la Universidad de Argel. Me parece que fue ayer. Pero cuando, en 1940, volví a calzarme los botines, me di cuenta de que no había sido ayer. Antes del primer tiempo tenía la lengua afuera, como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ousou”. Algo parecido contaba Ernesto Sabato. Yo, con mi amigo Osvaldo Soriano, que era el capitán del equipo, participé de un campeonato de veteranos, que es mejor no recordar; aunque salimos segundos. “Esto es asunto de gente joven –me dijo Osvaldo alzando los ojos al cielo, pidiendo agua con desesperación-. Ni vos ni yo, Roberto, estamos ya para estos trotes”. Tenía razón. Sin embargo, las imágenes de los fabulosos coliseos modernos construidos a tales efectos nos hablan casi a las claras que se han sucedido los siglos y los potreros de antaño son algo prehistórico, pero los procedimientos se siguen repitiendo. Cada confrontación más o menos conserva parecidos protocolos. Lo vemos en los partidos internacionales y ahora en este Mundial donde los grandes candidatos, quedan reducidos a nada ante países que hace cuatro años no clasificaban ni a placé, como se dice en la jerga de las carreras de caballo cuando queda el favorito en el segundo lugar. Hoy, estos países con limitada calidad futbolística pueden aspirar al campeonato. Y hasta se campeones. Me contengo y no sigo con mi opinión al respecto porque mi propósito no es comentar los partidos ni hacer pronósticos. Para eso están los especialistas y a ellos les cedo el espacio. Yo prosigo por el sendero trazado al iniciar mi reflexión.
Este espectáculo circense, con millones y millones de fervorosos seguidores, se no brinda ahora a través de la soberana y soberbia televisión, convidada de lujo en cada hogar; aunque no quita que haya hinchas que viajen al sitio mismo donde los encuentros se realiza en vivo y en directo, con altos costos, por supuesto, que no están al alcance de cualquier bolsillo (menos de los argentinos, país donde el dólar está en la cima de la montaña). Por desgracia, digo, hay mucho de cierto en lo que atañe al exceso de la publicidad, pero no a la calidad de las transmisiones, cada vez más nítidas y definitivamente perfectas.
Hago otra digresión, ahora emotiva. Hoy, domingo 17 de junio, cuando escribo este texto, es el día del padre en la Argentina. ¡Y cómo no recordar a mi viejo querido, un hombre bueno por dónde se lo mirara, albañil de oficio, alarife socialista y peronista de raza, de los que daban la vida (en serio) por su líder! Ni qué decir, hincha fanático de Boca Juniors y miembro en Belén, el pueblo donde vivíamos, de la comisión directiva del club local: Boca del Tigre (tal vez en otro artículo hablaré largo de papá porque se lo merece).
Cierro esto diciendo que con mis hijas y nietos, todos juntos para darnos fuerza y optimismo, ayer nomás frente al portentoso televisor vimos como once islandeses nos reflejaron en nuestro propio espejo. Sí, apenas once muchachos amateurs -que entre todos no valen en el mercado futbolero lo que una “i” del conspicuo Lionel Messi-, nos dieron un sopapo a la soberbia argentina. Cruda enseñanza la islandesa, que no es sólo futbolera, sino también ética y moral. En esa isla que no pasa de 400 mil habitantes, vive un pueblo sin demasiadas pretensiones que hace muy pocos años votó en un plebiscito no pagar la deuda externa fraudulenta y echó, como corresponde, al rígido y dudoso FMI, junto a bancos ingleses y alemanes. Y hace poco forzaron la renuncia del Primer Ministro por figurar en los Panamá Papers y otras cuentas off-shore de Las Islas Caimán; sí, claro, esos mismos que atesoran los dineros mal habidos de nuestros ex y actuales funcionarios gubernamentales.
Aunque, claro, panem et circenses no nos impide ver una dolorosa realidad, bastante disimulada durante un mes por el Mundial de Fútbol, que reclama a nuestra dirigencia poner las cuentas en claro. Sobre todo porque más allá del espectáculo, aquí en la Argentina, hay chicos desnutridos, cada día más gente sin trabajo y jubilados que ganan apenas 300 dólares mensuales, algo que alcanza para comer una semana. Y ni hablar de pagar el precio de la TV por cable y menos, todavía, para comprar la entrada del partido que con Croacia, jugaremos el jueves. El fútbol hace bien y nos alivia de pesadas cargas como la inflación y el aumento de tarifas. El fútbol es una realidad paralela que va más allá de nuestro destino, aun cuando nuestro devenir es incierto el ahora sentimiento mundialista está más allá. O más acá.