Opinión

Formas inmundas

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 22 de junio de 2018

Un joven de una cuidada autoestima se dirigió al presidente francés al grito de Ça va Manu? La reacción del Sr. Macron, cuarenta años y presidente de la República, sonó como un trueno procedente del viejo sentido común. ”No, no. Estás aquí, en una ceremonia oficial. No puedes comportarte así. No puedes actuar como un payaso, porque hoy celebramos la Marsellesa y la Canción de Partisanos. Has de dirigirte a mí como “señor presidente de la República” o, simplemente, “señor".”

El joven todavía conservaría alguna conciencia de su error porque rápidamente se disculpó y recompuso, aunque al parecer se había afanado en cantarle La Internacional; un astuto intento de arropar políticamente su completa falta de politesse. Esa asociación más o menos oscura entre cierta izquierda remotamente revolucionaria y la decadencia completa de las formas del trato mutuo resulta muy significativa. Pero el presidente de los franceses extendió sus enseñanzas fijando una distinción elemental entre orden político y orden antropológico, entre política y politesse: “incluso si quieres liderar una revolución algún día, primero tienes que obtener un diploma y aprender a comer (tu apprends d'abord à te nourrir)" Buen ejemplo, nada remite más directamente a ese orden antropológico que las formas del parentesco y de la alimentación. Y ese orden, recordó el presidente, es el mínimo, la condición de posibilidad misma de la realidad política. Sin ese orden lo que se pone en entredicho no es un partido, un programa, una figura pública… sino el elemento mismo de la civilización. Recuerdo a menudo que el abuelo materno de Gilbert K. Chesterton, en una ocasión en que sus hijos protestaban por el rigor en las formas, como cualquier joven liberal (añade Chesterton) dijo: “Sí, critican mucho las formas, pero las formas son civilización”.

Sin duda las formas pueden degenerar en un barroquismo abstracto y alquitarado, que acaba resultando ridículo. Baste recordar el lever de la reina en la sociedad cortesana en trance de decadencia: por exigencias de una formalidad vanamente sutilizada – “funcionando en el vacío”, escribe N. Elias – la dama debía soportar en paños menores y durante largo tiempo una estrafalaria sucesión de gestos. El Versalles del siglo XVIII podría representar el más absurdo manierismo en las formas, su contrafigura es el trato hoy habitual entre los individuos de la sociedad universal, postindustrial, globalizada.

Alguien podría pensar que este énfasis en los modales es un intento de desviar hacia la superestructura una atención que debiera centrarse en las contradicciones infraestructurales, económicas, reales. El cantante de La Internacional el primero, claro está. Pero forma y materia son de hecho inseparables y, aunque el formalismo puede juzgarse un olvido de la materia (“Luis XIV nunca hubiera tolerado que la etiqueta dominara de tal manera sobre el fin principal” escribe Norbert Elias) también el materialismo incurre en un simétrico olvido de las formas. El materialismo, en efecto, ha degradado a mera superestructura – a banalidad superficial – toda una dimensión de la realidad antropológica. Y así el hombre ha acabado por aparecer como un animal afectado por una mutación cultural a la que se reduce su singularidad evolutiva. Podríamos y deberíamos deshacernos de esa carga de vacuidad formal para resultar netos, auténticos, francos; frente a los pomposamente cargados de ademanes y formalismos infundados. De hecho, reducimos la vida humana al plano básico de su constitución etológica. Me refiero al bárbaro materialismo (monista) que caracteriza la corriente dominante de la metafísica moderna porque sé de materialismos complejos que conocen en profundidad la síntesis hilemórfica.

En nuestra sociedad de individuos naturalizados basta con que nos soltemos el cinturón para juzgarnos liberados. Recuerdo, para terminar, que el sentido elemental del término mundo remite al espacio de los fenómenos o formas que son objeto de percepción o conocimiento. El mundo es el campo abierto de la realidad o del conocimiento. Días atrás se publicaba en la prensa el resultado de un estudio que observaba un hundimiento creciente del cociente de inteligencia tras la guerra mundial y, especialmente, desde los años setenta. ¿No significará esa mengua de nuestra inteligencia un estrechamiento del mundo? ¿No hay una relación profunda de esa reducción del mundo y merma de inteligencia con nuestra informalidad en el trato?