La creencia general ha determinado que la viejísima metáfora del río de Heráclito: “el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana”. Bella y cierta comparación ya que cambiamos incesantemente, y ese río hecho de tiempo, con sus horas, días y años, no deja de suceder y fluye del pasado hacia el porvenir, encerrando su lógica -al parecer- incontrovertible. Pero como en filosofía 2 más 2 no siempre es cuatro y encierra también su cuota de ficción, imaginar el rumbo contrario acaso no es menos razonable que poético. Esa conjetura opuesta sólo a un artista se le podía ocurrir. Y fue el poeta-filósofo don Miguel de Unamuno, quien propuso esa inversión hacia el final de un espléndido soneto:
nocturno el río de las horas fluye
desde su manantial, que es el mañana
eterno, y en sus negras aguas huye
aquella mi ilusión harto temprana.
Que yo sepa, al menos lo ignoro, en el curso de su formidable producción, el glorioso vasco nunca llegó a defender esa original tesis que Borges rescataba como un asombroso hallazgo. Metáfora momentánea, es claro, pero adecuada para esa composición.
Pues bien, apoyado, o mejor dicho jugando con esos contundentes endecasílabos (algo lícito, por supuesto, ya que Stevenson repetía que “el arte es un juego que debemos jugar con la seriedad con que juegan los niños”), se me ocurre que no estaría mal invertir cada tanto el rumbo de la corrosiva política, tan aferrada a su remoto pasado de arena y siempre prometedora de un ilusorio porvenir paradisíaco.
Aún en la inmediatez, como todo lo sujeto a los avatares del tiempo, el presente de nuestros políticos, aquí, en la Argentina (y quizá en todo el mundo), suele ser pretérito; a veces patético, ya que de lo que se trata es de prometer, prometer, siempre prometer; aún a sabiendas de que sea incumplible la quimera. Sobre todo en un país donde las cosas se desarrollan sobre una nube de verano. “La inflación para mi gobierno no será un problema; tampoco la pobreza. Aspiramos a cero pobreza en el corto plazo (o aquel otro verso repetido): lo peor de la crisis ya paso. Empezamos ahora a transitar por el buen camino de la recuperación; en el exterior ya creen en nosotros”, Macri dixit.
Escaso de brillantez retórica, tampoco demasiado complejo en sus elucubraciones filosóficas, incapaz de avistar las trampas que tienden los opositores, en especial los del difuso y solapado peronismo, el presidente- ingeniero Mauricio Macri parece ignorar que la raíz del infortunio de la política económica se debe buscar menos en lo económico que en lo político y, sobre todo, en el carácter y la picardía de sus propios compatriotas de clase media. Añejos expertos, si los hay, en navegar sobre aguas crispadas. Escamoteadores por naturaleza de furiosos naufragios.
Con un gradualismo estudiado por sus alter egos, que aspira a quitar siempre un poco, aunque sin matar, para que no se note, durante sus ya casi tres años de gestión, el presidente parece mostrarse temeroso de bajar la presión fiscal y el gasto público al imaginar que una de sus consecuencias podría ser una mayor reducción de la actividad económica, que se reduce, en verdad, por los altísimos costos internos, la importación, que desequilibra la balanza y por la falta de una política que diferencie la actividad productiva (cada día más declinante) de la mera especulación financiera. Tampoco exhibe firmeza para bajar con mayor determinación los impuestos al suponer que esta medida puede a aumentar el histórico déficit fiscal; altísimo de por sí como consecuencia de lo mencionado.
Cambiemos, la coalición gobernante con la que Macri alcanzó la presidencia (fundada en 2015, a partir del acuerdo establecido entre la Coalición Cívica ARI, Propuesta Republicana y la Unión Cívica Radical), ya cercana al epílogo de su mandato democrático, es una mezcla sin rumbo, definitivamente desconcertante, que muestra su vacilación en cada paso. No sólo enfrenta problemas económicos serios, sino también políticos que la vuelven cada día más vulnerables, ya que pierde credibilidad y, al mismo tiempo, el apoyo de las corporaciones aliadas. No hay plan económico real, sino medidas cambiarias especulativas; la Argentina carece de moneda y el dólar regula las tasas de inflación. Cuando asumió el gobierno del ingeniero Macri las medidas que se tomaron ayudaron a salir del cepo, pero no del atraso cambiario que se sigue profundizando y perjudica las exportaciones. El peso argentino, sometido a las variables del dólar no se puede sostener y las devaluaciones suman inflación y, por ende, más desocupación y aumento de los índices de pobreza.
La legalización del aborto, impulsada por el gobierno, tiene menos que ver con la política, que con una necesidad de distracción de la situación económica. Más o menos como el Mundial de Rusia. El resultado no ha sido beneficioso para la mayoría del poder legislativo y ha encendido otra mecha de conflicto con la Iglesia y, más directamente con el Papa Francisco, que casi por obligación recibió fríamente a la gobernadora de la provincia de Buenos Aires y a la encargada de desarrollo social.
Muy difícil arrancar, claro, con un déficit fiscal monstruoso que ya ronda los casi 8 puntos del PBI. La herencia recibida fue pesada, qué duda cabe; sin embargo, el argumento ya no tiene vigencia. Los desaciertos del gobierno se suman y la economía se agrava y hace agua por todos los costados.
Pero, hagamos otro poco de historia. La Argentina viene de una dilatada decadencia que ya dura más de setenta años y, hasta ahora, no hay ningún argumento sostenible para pensar que está en vías de superarse. Sobre todo si nos detenemos en la salud pública, la educación y la asistencia social. Observamos que en el corto plazo nada indica que la economía arranque en lo que queda del actual Gobierno. Los números, que ya están por encima de 2017, no significan demasiado para vaticinar una mejora y, quizá en 2018, se termine el año con un pequeño, casi imperceptible crecimiento, no suficiente como para asomar la cabeza del pozo. Con una inflación que ya superó los 25 puntos y sigue en alza, nada es posible. Hay sectores que están teniendo una cierta recuperación y otros que siguen en irremediable recesión. Una parte del agro, por ejemplo, en especial el que exporta, anda relativamente bien; una parte de la industria tomó también un pequeño impulso; sectores como la construcción (sostenida por la obra pública) exhiben una tibia evolución; sin embargo, el comercio interno sigue cayendo, debido, principalmente a los permanentes aumentos de las tarifas y del transporte público, y a que los salarios reales aún no se recuperan y el consumo, por los aumentos inflacionarios, cae cotidianamente.
En esa línea, los mayores perjudicados han sido aquellos que tuvieron un beneficio artificial durante la época kirchnerista; me refiero concretamente a los textiles, la industria del calzado y la industria metalmecánica, que fueron sectores que crecieron a tasas insostenibles y alucinantes y ahora se ven discriminatoriamente rezagados y cruelmente golpeados. Las reglas del juego las siguen imponiendo los sectores históricamente protegidos; es decir, los subsidiados de un lado o de otro, llámense empresas de servicios o transportes. Así que no hay ningún motivo por el cual suponer que ellos vayan a dejar de seguir pidiendo lo que siempre han pedido, y con evidente éxito, por supuesto.
El gran problema sigue siendo el abultado déficit fiscal que lleva a tomar deuda todo el tiempo para cubrirlo y el insuperable gasto público que, en parte se cubre con emisión de dinero y ahora con la ayuda del Fondo Monetario Internacional, al que se debió recurrir como última instancia para salvar la ropa. Ya hemos señalado que la única revolución posible en la Argentina es la reforma del Estado, ese paquidermo gigantesco y paralítico que no deja de engordar y supera cualquier régimen.
Pero, claro, la Argentina es un país populista, con raíces populistas sembradas hace casi un siglo, y con ciclos de mayores o menores populismo; indiscutiblemente populista, si no, no sería decadente. Creo que estamos ante un populismo de buenos modales, en todo caso, con Ceos que hablan discretamente el inglés y con un ingeniero-empresario-presidente (porque Macri es populismo de clase alta, quién lo duda). Para nada liberal, que ni siquiera sabe de qué se trata.
Ahora el fútbol, nuestro talón de Aquiles, movió más de 30.000 compatriotas viajados a Rusia para ver perder a los cotizados cracks internacionales en el Disneylandia del fútbol internacional, esperando que los fabulosos millonarios (conflictuados ellos y en esperas de ávidos psicólogos, que harán cola para tratar a un Messi, por ejemplo, cliente de aquellos que, sin duda, hay muy pocos), nos rescaten del bochorno de haber perdido con Croacia y empatado con un equipo de jóvenes aficionados como los Islandeses. Los próximos serán los nigerianos, gente buena de la que fuimos fanáticos una tarde y serán el martes nuestros mortales enemigos.
“Tenemos que apuntar a la modernización del Estado, abierto, íntegro, transparente y democrático. Tenemos que jerarquizar el empleo público y no degradarlo”, enfatizó en una reciente entrevista el presidente Mauricio Macri. “No tendría que haber jubilaciones de privilegio ni regímenes especiales”, siguió afirmando. “No podemos gastar más de lo que recaudamos. Tenemos que seguir bajando la inflación y comprometernos a que la inflación nunca más sea un instrumento de la política. Y tenemos que equiparar la carga tributaria”.
“De buenos deseos está poblado el camino del infierno”, dice un repetido refrán. Como todo viene al caso en este universo inestable de la cibernética que nos abruma de infidencias, estamos a merced de un Mundial de la histeria, que subido al WhatsApp, a nosotros, los desconsolados argentinos nos golpea en el tobillo. Ganar es aún la remota esperanza. Taparía muchas cosas, por supuesto. Twittear no cuesta nada. En un clima subido a las redes donde todos somos nadie y hasta los ídolos pierden su identidad, tampoco soñar cuesta nada.