Nada sabía de Raúl Rodríguez Ferrándiz. Doctor en Filología Española, Premio Extraordinario de Doctorado (1998), Profesor Titular de Semiótica de Comunicación de Masas de la Universidad de Alicante, mucho más atrás becario posdoctoral en la Universidad de Bolonia, docente en la Universidad de Florencia, Buenos Aires y Montevideo. Sus libros tienen explosivos pop, prosa inflamable, modernidad cazada por la cola áspera, disparos certeros y hambre, mucha hambre de presente encapsulada en páginas que se zampan como pastillitas amarillas y rojas de entusiasmo, lucidez y risa floja: La musa venal: producción y consumo de la cultura industrial (Premio Internacional de Ensayo Miguel de Espinosa), Frankstein y el cirujano plástico. Una guía multimedia de semiótica de la publicidad. (Premio Nacional de Edición Universitaria), La polémica sobre la cultura de masas en el periodo de entreguerras: una antología crítica (Universidad de Valencia). Ahora, galardonado con el Premio Celia Amorós de Ensayo, un susto perdurable en el tiempo, esgrima coyuntural y ácido: Máscaras de la mentira. El nuevo orden de la posverdad (Pre-textos Editorial). Rodríguez Ferrándiz escribe con todo el cuerpo –a la manera de Unamuno- y es tan divertido como eufórico.
Máscaras de la mentira trata de la mentira, sin destilaciones, y sus parientes más próximos: el fraude, la falsificación, el disimulo, el error, la ficción, la ironía, el secreto y la conspiración. No hace moralina ni apología de la mentira. Lo suyo es el ejemplo, el estudio del ejemplo, desde las “fake news” o “hechos alternativos” de la administración Trump, hasta el “Ecce Homo” de Zaragoza, las novelas de no-ficción de Umberto Eco, lo falso como eje vertebrador en la obra fotográfica de Joan Fontcuberta, los documentales y películas “basados en hechos reales”, los secretos viejos o nuevos de “WikiLeaks” y un amplio etcétera. Lo persuasivo y serpenteante o reptiliano de la mentira en los caladeros de inteligencia mínimos; la sinceridad mendaz y políticamente incorrecta, todo bajo el microscopio analítico de un autor que viene de la “banalidad de la mentira” (Hannah Arendt) hasta el presente más inmediato. Recoge la cita de Laurent Binet en La séptima función del lenguaje y no es baladí colocarla en los capítulos iniciales del texto, antes de que empiece todo el jaleo, el fiestón tremendo de datos y comas: “La mentira es algo demasiado valioso como para ser mal empleada. (…) Somos mentiras de fiar”. No todo es derribo, mucho es guiño, complicidad, asentimiento para con la mentira en todas las esquinas de la sociedad de masas con tal de que no se caiga el techo, no solo el del usuario sino el de todos, por instantes.
Desentraña el término “posverdad”, elegido por el Diccionario Oxford University Press como la palabra del año 2016 (“post-truth”). Posverdad calificaría aquella situación en la que “los hechos objetivos son menos determinantes que la apelación a la emoción o a las creencias personales en el modelaje de la opinión pública”. El ejemplo que pondría tal diccionario sería: “en esta era de la política de la posverdad, es fácil seleccionar cuidadosamente (cherry-pick) los datos y llegar a la conclusión que uno desee”. En este caso el prefijo “post”, precisa el diccionario, no se refiere a posterioridad en el tiempo, como en el caso de postbélico o postraumático, sino superación, cancelación o irrelevancia de aquello sobre lo que se aplica. Aquí está el meollo del asunto donde empieza el trepidante viaje de Rodríguez Ferrándiz: “Una verdad posverídica es aquella en que la persecución de la verdad se ha vuelto inútil o quimérica. Entraríamos en una especie de suspensión voluntaria de la capacidad de juzgar los hechos por lo que son –como si averiguar cuáles son los hechos fuera ya tarea inútil- y una querencia por asumir “hechos” ya teñidos de color. Dados que esos colores son más vivos y parecen aportar no solo una descripción, sino sugerir también una interpretación del hecho, permiten una justificación paradójica: es un hecho porque la interpretación lo explica de manera simple y económica (remontando el río de la lógica).
Lo dicho, mentiras de fiar, hoy imposibles de separar del populismo y nuestra actualidad más urgente. Un dramaturgo serbio-americano, Steve Tesich fue quien empleó el término por primera vez en The Nation (1992), acerca de la Guerra del Golfo y el furibundo y preceptivo “gobierno de mentiras” sobre la misma. Pretendía dar cuenta de la degradación de la calidad de la democracia y de la sociedad civil, no solo por los gobernantes sino también por sus ciudadanos. Otro punto donde empieza el texto de Rodríguez Ferrándiz que no podrán dejar de ir a comprar mañana a primera hora porque hoy ya está todo cerrado por culpa del calor y las piscinas: “”El caso Watergate, el escándalo Irán-Contra y la Guerra del Golfo son los tres hitos en la historia reciente de los Estados Unidos que demostrarían cómo los ciudadanos comienzan a evitar cada vez enfrentarse a la verdad y prefieren que el gobierno les ahorre ese trago”. Posverdad: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales” (DRAE).
Aquí empieza el lío: “post-truth” en inglés es un adjetivo y “posverdad” en nuestro diccionario es un sustantivo. Engolosinemos al respetable con la faena de aliño por la que el autor separa ambos, ya para acabar: “El diccionario británico dice que hay situaciones en que las personas anteponen sus emociones y creencias a los hechos, dando por descontado que todos esos ingredientes entran habitualmente, en proporciones variables, en el guiso de la opinión. El diccionario español establece una relación de necesidad entre la distorsión de los hechos y la manipulación de las emociones y creencias, como si éstas no pudieran estar sujetas a otras variables o no pudieran, llegado el caso, oponerse precisamente a la manipulación de los hechos”. Corran a las librerías, corran, Rodríguez Ferrándiz se acaba, quedan cuatro, tres, dos, uno. Y no se lo fío, no, oiga, ni hablar, de ninguna manera, a saber quién es usted y dónde trabaja… ¡Qué no, coño, cómprelo y déjeme en paz, que me esperan para unas cañitas!