Opinión

La cariátide se arrodilló en la media cancha

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Sábado 30 de junio de 2018

Cuando la realidad no tiene más maquillaje, cuando la tristeza se apodera de los ojos lánguidos de señoritas tricolores en las tribunas o las pantallas; cuando los hombres de amplio sombreros maldicen y mascullan y los viajeros en la lejana Rusia, se frustran; cuando no quedan explicaciones ni sociológicas, ni deportivas, ni alimentarias; cuando el mestizaje llora y los vikingos enfilan la proa con equino perfil y escudos redondos, a todo velamen, contra la frágil chalupa triturada, nada más la poesía nos explica y describe, porque hoy -lo dijo Montes de Oca- las cariátides se arrodillan y el templo se derrumba.

¡Chíngale! ¡Sopas perico! ¡En la madre!

Otra vez la burra al maíz, de nuevo se olvidó el burro de tocar la flauta y en esta ocasión los octavos de la final se arañan y las uñas desportilladas apenas sostienen al verde ratoncito famélico, asustado en la cancha, temeroso, lleno de dudas, descolocado, fuera de cacho, sin tranco seguro, equívoco, impreciso como un violinista con artritis, ¡ay!, este mundo lleno de presagios negros, esta escritura de espuma o baba, esa inclemente lucha contra la realidad cuyo largo e inclemente brazo nos alcanza siempre, siempre en la tenaz confirmación de nuestras limitaciones deportivas, porque eso es todo, el juego magnífico cuya sencillez lo hace tan complicado como para ver sufrir también y más a los alemanes cuyo campeonato mundial apenas duró un torneo, porque ahora los echan unos coreanos comedores de perro y olorosos a sésamo y arroz.

Cada cuatro años la esperanza, tan terca como la realidad o tan traicionada como las promesas de la política o el ensueño, nos ayuda a construir este edificio cuyas columnas tarde o temprano se abaten vencidas por el peso del entusiasmo sin sustento.

A fin de cuentas regresamos a nuestra verdad de medianía en la tabla. Ni para atrás ni para adelante, así los beneficiarios del parloteo futbolero, hagan con las estadísticas, como empresas encuestadoras en tiempo electoral, edificaciones majestuosas como el Taj Mahal, donde habitan locutores y merolicos

Somos constructores de humo, de verdades de aire, de paredes sin ladrillo; dioseros de medio día; pues nada tardamos en alzarle altares a los chícharos de a libra y menos en abatirlos por los suelos.

Del furor al desprecio en un solo día. Ayer le cantábamos canciones de amor a Juan Carlos Osorio y pronto le vamos a mentar su colombiana madre y a recordarle no el triunfo contra Alemania sino la eliminación contra quien sea, porque paso a paso nos orillamos al borde del precipicio, porque nuestro abismo es el espejo de cada mañana, de cada día.

Hoy salen del estadio con las banderas tristonas y el alma apachurrada, porque el panzazo de una calificación rutinaria no es nada junto a la pobre exhibición de roedores escarlata de ayer.

Y por favor no lo repita, si a veces jugamos como nunca, a la larga perdemos como siempre. Gran sentencia esa, lástima de saberla tan gastada e inútil en el impresentable balance final de nuestra historieta.

Pero en fin, como dicen quienes quieren acabar de un plumazo una discusión estéril, la vida sigue y hay cosas de otra importancia.