Opinión

Diego Medrano: el bello perro asturiano

TRIBUNA

Emilio Arnao | Martes 03 de julio de 2018

Tengo entre mis manos de veterinario el libro de Diego Medrano “Llévate el paraguas por si llueve. La soledad habitada en Madrid”, Doña Tecla Editorial, 2017. Se trata de un tomazo a lo San Agustín de 553 páginas, más un índice onomástico que puede llenar las neveras de esta alquimia babilónica que es la cultura. Y es que Medrano es eso: cultura y alquimia, nevera de panes calientes en donde todo este Babel que es la literatura, la creatividad, el periodismo, el arte, la poesía de vagina insumisa está en este nuevo libro sin género que posee la habilidad de ser el típico libro -muy bien editado, por cierto: una belleza la portada- por el que dejarías a una amante nigeriana en medio de la jodienda para regresar a sus páginas, pues jodienda hay en la escritura de Medrano.

Yo diría que la especialidad de este asturiano que odia lo políticamente correcto y las mamaditas frígidas de la actual intelectualidad española es la sabiduría, su gran ojo para atisbar leyendas allá donde parece que sólo hay anécdota y su gran manejo del lenguaje castellano a la hora de narrar sus propias experiencias, el traqueteo de las amistades, la mala borrachería de las enemistades y ese esencia forjada en invisibilidad compleja con que cuenta Madrid, sobre todo Madrid y otras polis literarias. Sabe Medrano que todo escritor necesita una ciudad para achaflanar los fracasos, el tedio, las amantes con cuatro tetas -dos reales y dos para la lírica-, el sabor del gintónic de los snack-bar, las noches sablistas como in memoriam de Pedro Luis de Gálvez y así todo seguido. Quiero decir que, sin ser Umbral, hay en el libro una manera de continuar la senda del umbralismo, esto es, haced de la literatura algo heroico que sirva para la convulsión, la crítica obscena, el lenguaje en trance veda o el escribir como un acto de amor/odio por la escritura.

Medrano es el mayor cínico que hoy existe en esta España de meones, psicóticos, palurdos, masturbadores de hidras, genios, clásicos que retornan a la hipermodernidad, gentleman del poema pop, surreal, homosexual o murciano. Es un gustirrinín leer este libro medranesco porque este bello perro asturiano -de ahí le viene el cinismo de Diógenes- sabe cómo meterse en el barril y hacer crianza de la mendicidad como un acto de honradez y virtud -insisto, cual Diógenes el Perro en la antigua Atenas-.

-La literatura consiste en perder el dinero que no se gana con los libros-, nos dice Medrano, que es como asegurar que en este país en vez de un ministerio de Cultura lo que nos haría falta es la ampliación de los tanatorios para que los que se dedican a hacerse sóviets en esta industria del armamento que es la creación, el autorretrato del alma o la sinfonía del Ecce Homo de Borja puedan verter sus lágrimas a gusto, con placer estético, haciendo botellón, solicitando la legalización de las drogas duras, pues, como nos recuerda Medrano en este libro que es molicie de párpados sépalos, sigue vigente aquello de Larra: “Escribir en Madrid es llorar”.

España es el suicidio de Aliocha Coll, de Miguel Ángel Velasco -con quien yo me iba aquí en Palma a bailar flamenco en el antiguo casco antiguo de esta ciudad en donde el gitano cantaor sólo hacía delante del público que meterse rayas de coca- o de Enrique Ocaña -amigo a su vez de Velasco-. Medrano no es habitante de la escritura oficialista, oficiosa, babosa, corte inglés o preferentista, sino, como son los casos de Mónica Ojeda, de Robert Musil, Bolaño, Coetzee, Cormac MacCarthy, Joseph Conrad y tantos otros transgresores, se apartan del cáliz misal y se atreven a sodomizar la escritura. En este libro de Medrano, entre perro y lobo estepario, hay mucho de sodomización, de liminalidad, de horror privado o atávico o de querer hundir las manos en el centro del tabú. Como dijo Raúl Zurita: “Quien no es capaz de matar a un hombre no es poeta”.

Medrano, Diógenes de Asturias, escribe para quemarse por de dentro, para consumirse en su propia respiración, siempre sabia y optimista, a través de ese impulso pantanoso que le enfrenta al enemigo que es él mismo contra sí mismo. Quizá haya en él esa necesidad de “distancia de rescate”, tal y como proponía Samantha Schweblin. La literatura es extrema sólo cuando se ha asumido que el espanto y el instinto, la violencia y el mal habitan el lenguaje. Escribir, de este modo, tiene algo de euforia erógena, tan necesaria en estos tiempos de lo correctamente literario. Así lo escribe Medrano: “¿Qué coño es el sexo sin algo oscuro dentro, pecado, doble o triple personalidad, esquizofrenia, algo?”.

Sin embargo, hay un momento glorioso en este libro, el cual yo definiría como escritura sin un género preciso, sino imaginado, nuevo, ameno, entretenido, gustoso en su quehacer y que aconsejo como diferencial de lo que estando vivo se edita muerto, Medrano nos da la anécdota divertida para mí de su amigo Íñigo Botas y su gimnasia americana. Dice así:

-Follar es de obreros. Yo, lo que hago, es otra cosa…