Opinión

El grajo viejo vuela bajo

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Diego Medrano | Martes 03 de julio de 2018

Me emocionaron el sábado las palabras de Andrés Calamaro en Abc. Joaquín Sabina no pasa por sus mejores momentos: se queda sin voz en un concierto y es ovacionado, sabe de la merma física y resiste, los accidentes circulatorios son una autopista morada y eterna a la que nunca se llega a tiempo de colocar el parche, tal vez como ese peaje que ahora quitará Pedro Sánchez de todas las autopistas y evita el “trombo”. Calamaro fue contundente: “Sabina merece el Nobel de Bob Dylan, el Pulitzer de Kendrick Llamar, la medalla francesa que agradece las versiones de Gainsbourg en el barítono proto punk de Iggy Pop; los honores reales para músicos que reciben Elton John, los Beatles y Mick Jagger o, en su defecto, similares tributos propios de la región de habla castellana. No se trata de un Príncipe de Asturias o un marquesado. O quizá sí. Quien sabe… Probablemente Sabina lo sabe”. Cuánto valen los besos, le faltó decir, cuando caemos.

Él se inventó un Madrid inolvidable, él salió de una boca de metro y de una casa de okupas londinense donde no había ningún plan de futuro, él fue el escritor de servilletas más importante de España, él no salió de Operación Triunfo y lleva cada costura de guerra clavada en el cuerpo, cosida y recosida como los toreros y mártires. No obstante el médico más importante del universo fue Spinoza y lo dijo mejor que todos los facultativos juntos de la Ruber, la Paz o demás conventos: “Nadie sabe lo que puede el cuerpo”. Honores para Sabina, sí, de acuerdo, aunque sea mucho más leal que fiel, aunque no sea ni fiel ni leal, es un músico para quitarse el sombrero. Apuntaba Calamaro otra dirección de la que muy poco se habla aquí: “Desde mi prisma argentino me consta que París recibió a artistas desencantados o susceptibles de un destino gris. En términos tributarios, Francia opera con los músicos un régimen impositivo muy válido. Una vez que el artista ofrece una serie de contratos que le validan como trabajador-artista (susceptible de pagar impuestos) es el Estado el que ofrece ayudas económicas cuando el creativo pagador de Hacienda pasa por una temporada sin contratos de trabajo, o reserva un tiempo para cuestiones que le impide la corriente laboral natural, como estudiar un instrumento o escribir una sinfonía”. España, España, madre cruel, “madrastra inmunda” como gritaba Goytisolo, nada sabe de todo esto. Está en capilla un nuevo estatuto de artistas pero, hasta hace poco, se hablaba de quitarle la pensión a un premio Cervantes, Antonio Gamoneda, si ganaba más de nueve mil euros anuales con los libros nuevos. Los creadores necesitan poner en negro sobre blanco su flotador salvavidas: son muchos los muertos, despeñadero abajo, y todavía más los agónicos, agarrados a los hierbajos con dientes y pulgares, mientras no deja de soplar y soplar el temporal más cruel, además de todos los que mean o tiran piedras encima, justo en la filita del alerto. ¿No los veis? ¡Ése y ése!

Cierto maestro, gran amigo, grajo viejo igual que Sabina, ronco por el alcohol y el tabaco, uno de los mayores pintores hiperrealistas de España, duerme desde hace meses en un trastero, con pequeño lavabo y ventanuco, sí, pero ya completo ataúd. Frisa los setenta y se habla, los que saben, de posible pensión no contributiva. Saca unas perras todavía con los cuadros, con los retratos, y en París recoge siempre un buen fajo a poco tiempo que se ponga, cuando más pica el sol, en cualquier plazoleta pudiente. Muchos no tienen ni trastero, y para otros tantos, ese nido negro y pútrido, aún en pleno palacio, es ya la salud. Aplaudo, soy altavoz de las palabras de Andrés Calamaro: “No soy quien para decir que el pueblo-público no reconoce a sus artistas, pero es posible definir una imaginaria línea entre la sociedad y el Estado, en donde la integridad y el honor de los artistas no sepa –no quiera o no pueda- tratarse en la medida que merece su aporte, porque lo cierto es que conforman la flor misma de la cultura y la más pura alegría de las gentes. Sin embargo la opinión pública, desde donde sea que esta venga operada, no apoyó a los autores cuando temblaban los derechos de autor, algo que consideraban inmoral vagancia; los artistas de la tauromaquia sufren incluso escarnios incomprensibles y delirantes… Y muchos más vieron cerrarse locales, o esperan un anticipo que les permita vivir. Y así cada especialista con sus dificultades”.

Hoy le voy a poner a mi amigo en el trastero Princesa, después ¿Quién me ha robado el mes de abril?, al friso de la luna llena 19 días y 500 noches, cerca ya de la madrugada Peor para el sol y La del pirata cojo. Lo dicen todos los manuales de literatura: Sabina dignifica la sordidez, lo canalla o rutinario se hace esplendoroso en su trato. Lo turbio, en Sabina, es una buena y nueva manera de seguir en el tajo de la resistencia: seguir amando, seguir viviendo, seguir ajeno al tiempo marcado por el relojito de cuco de los embates. Cuando la ironía embalsama o conecta con la emoción (la emoción específica de lo urbano) surge la obra romántica incontestable. Nuestro trastero será el cielo de los justos, con algo de vino malo y pasteles caros, en la enseñanza de la esperanza dura como el mejor blasón.