Opinión

POTENCIAR LA UNIÓN EUROPEA

Domingo 20 de julio de 2008
Desde el pasado 1 de julio, el Presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha asumido la Presidencia de una Unión Europea, paralizada (ya antes del no irlandés) y después de una presidencia eslovena de trámite. El neo Presidente ha anunciado un ambicioso programa para potenciar Europa y la postura francesa en el marco internacional. Francia aspira a recuperar su antiguo lugar dentro de los mecanismos de la política mundial, protagonizando un papel de primer plano. Durante los seis meses de la presidencia francesa, Sarkozy ha declarado que la construcción europea representa una de sus prioridades, de una UE regida por el tratado de Lisboa y con un nuevo marco jurídico.

Sin embargo, reformar la UE y dotarle de un nuevo rumbo resulta una operación muy complicada, en cuanto que, dentro de la Unión Europea, parece evidente la falta de liderazgo: de momento Francia resulta el país más motivado en relación a ese objetivo, siendo, por lo tanto, el único que despunta. La presencia de Francia representa una condicio sine qua non, pero no es suficiente. Para reforzar la UE es necesaria la acción constante y eficaz de más países, cuya labor combinándose de forma variable alrededor de un eje que debería ser Alemania, resultaría beneficiosa para toda Europa.

Lamentable de momento, la política exterior de España e Italia relacionada con la UE resulta poco tangible, mientras la Gran Bretaña como siempre se muestra más preocupada por sus intereses nacionales. Sin embargo, lo que parece más preocupante es el desinterés alemán: sin la cooperación activa de Alemania, el proyecto pierde credibilidad; el país centro-europeo debe desempeñar un papel más activo y, en consideración de su volumen económico, tiene que volver a ser la “locomotora” de Europa. Pese a liderar la economía europea, Alemania parece todavía presa del miedo a sí misma que la atenaza desde la Guerra, ausente, en suma, de la problemática europea y su contribución en este asunto resulta demasiado reducida.

La construcción europea necesitaría una línea común, compartida por los principales países de la UE, para reformar un sistema anquilosado. Caso contrario, los buenos propósitos contenidos en los tratados o pactados durantes las reuniones se quedan en letra muerta. Muchos son los sectores que necesitan ser transformados: en primer lugar, la UE debe centrarse en los problemas concretos de los ciudadanos, en los que se definen “los desafíos cotidianos de los europeos”. Secundariamente, debería centrarse en los problemas del medio ambiente, en la elaboración de una estrategia energética común, en la revisión de la política agraria y en la elaboración de un “pacto” europeo sobre la inmigración. Finalmente, la UE debería plantear una reforma del mercado económico europeo para que sea efectivamente global y total. De hecho, en temas económicos, la UE debería contar con una reforma básica de su legislación, que, actualmente, se caracteriza por ser obsoleta y poco flexible. La falta de flexibilidad está impidiendo la improrrogable reforma del mercado laboral, el planteamiento de una estrategia dinámica para enfrentarse a la rígida subida de los precios alimentarios.

La acción francesa resulta esperanzadora pero sin la colaboración de otros países no parece suficiente; la Unión Europea se está convirtiendo en un ente fantasma, carente de sustancia y consistencia. No se puede construir Europa sin el consenso de los ciudadanos”: la sociedad civil europea percibe a la UE como una estructura institucional lejana y casi abstracta, poco atractiva. No se debe minusvalorar el malestar de la población europea, incapaz de identificarse con un proyecto distante y “oculto”: Europa se debe apoyar en la sociedad y reiniciar desde sus ciudadanos.

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