Opinión

Ese mendigo al que la barba borra el rostro

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Martes 10 de julio de 2018

Ando (pico y pala, pico y pala, pico y pala…) con la monumental y fenomenal biografía de Gareth Stedman Jones: Karl Marx. Ilusión y grandeza (Taurus). Hago como lord Anson: empiezo muy pronto de mañana (pico y pala, pico y pala, pico y pala…) paro para comer un sándwich de jamón y queso o una carne a la parrilla con un helado de pistacho y sigo hasta la noche (pico y pala, pico y pala, pico y pala…). Novecientas páginas para vencer la ola de calor y reír en alemán. Persigo un Marx específico: no el periodista, no el estudiante, no el agitador social sino el ratón de biblioteca, el lector compulsivo que por tramos quiso ser escritor. Ando en la Internacional Obrera de mis chanclas baratas mullidas por el verbo y las páginas, como en Julio Cortázar, conquistadas de cercos de café e infusiones, de rotuladores de colores y de la alegría de la página impresa, que es dopamina y fortalece.

Marx fue un ratón de biblioteca feo cuyas horas mayores eran bajo llave en las salas más oscuras del British Museum en un plan que se marca muy pronto: el recorrido del Capital, en mayúsculas, desde el inicio de los tiempos a la época actual; el inicio de la moneda desde el trueque hasta el papel timbrado como objeto y teoría. Siempre fue un inadaptado, aislado en el texto y con puntual trato social. Engels, un muchachito entusiasta y rico, muy rico, le financiaría su deriva y pronto llegarían los tomazos, los manuscritos, el trabajo conjunto entre ambos, siempre presidido por la caligrafía torcida del barbudo hijo de judíos, amigo de las juergas en del Club de la Taberna de Tréveris, y cuyo padre aspiró a cierta cátedra universitaria en Berlín que al no lograrse constituiría un trauma para toda la vida. Ya ahí se fragua, a los ojos del chiquillo Marx, la oposición entre poder político despótico y libertad de pensamiento, entre burocracia y voluntad indesmayable. Marx, aunque le guste el vino y la cerveza, tiene la capacidad de trabajo de los judíos, pronto se sabe fuerte entre los libros, queda exento del servicio militar por “debilidad de pecho”, estudia Derecho en la Universidad de Bonn sin que le interese demasiado, pasa a la de Berlín interesándose por Filosofía e Historia, tras diez años de noviazgo se casa con Johanna Bertha Julio von Westphalen (Jenny), a quien conoce desde niño y ella es cuatro años mayor que él, aparte de muy rica (baronesa de la clase dirigente prusiana, escritora y politóloga, interlocutora intelectual permanente tras todos los folios negros de su marido).

Llegan, como en Pablo Iglesias e Irene Montero, pronto los hijos: siete, cuatro de los cuales mueren siendo niños, y empiezan las depresiones abisales del filósofo por este motivo. Tussy (su hija Eleanor) fue la que más hizo porque no se apagase la llama convulsa del marxismo hasta suicidarse con ácido prúsico al descubrir que su pareja (el biólogo Edward Aveling) había contraído nupcias secretas con una actriz. Otra hija (Jenny Laura) se suicida del mismo modo junto a su marido (Paul Lafargue, periodista y escritor franco-español) lo que acoraza todavía más a Marx frente al terreno embarrado de las emociones y sus feudos. Comienza a follarse a la criada (Helene Demuth), porque le resulta más práctico, soluciona antes el trámite y así puede seguir otro rato en el despacho sin perder el tiempo o resfriarse por calles, tugurios, fondas y pesados, gastando el dinero que no tiene.

Digámoslo con todas las letras: Marx y Freud son los mayores escritores del XIX y XX, respectivamente. Es literatura, pura literatura todo lo suyo y, si cambiamos el chip y empezamos a leerlos como ficción, la prosa cambia, alegra y hasta contagia vértices y descampados. Me interesa el Marx primero, el lector, el bohemio, el encerrado en la bibliotecas públicas de Inglaterra o Alemania, con la ropa sucia, los ojos turulatos, el que ve morir a los hijos y empeora, ese mendigo absoluto al que la barba borra el rostro y el pulso se hace temblón por el mucho café que toma y no paga, ese loco al que sus folios dan la energía precisa para desaparecer en la vida y en la familia negra como un charco e inmovilizadora. Su camino lo prescribió Gabriel Albiac hace años en una pócima de mucho veneno: “Su vida puede seguirse como la del brillante sabio bohemio hasta convertirse en santo”. Toda la miseria de sus anécdotas, la escasez de dinero y sus años lectores sin pausa, nadie como Stedman Jones la había narrado antes de este modo descriptivo, distante, incrédulo, comunista, utópico y totalitarista. Una belleza, vamos.