En estos días en los que Rusia atrae las miradas de medio mundo y muestra la indudable grandeza de su tierra y pueblo, no está de más recordar que allí hace ahora 75 años se decidió buena parte de nuestro presente. Así, entre los días 5 y 16 de julio tuvo lugar la conocida como batalla de Kursk, verdadero punto de inflexión de la mayor contienda entre seres humanos, por más que Stalingrado haya quedado en el subconsciente colectivo como aquella que dirimió el conflicto mundial. Kursk marcó el punto de no retorno, al suponer la última ocasión en la que los alemanes pudieron llevar la iniciativa bélica, siendo a partir de entonces los rusos los que decidirían dónde y cuándo había de jugarse.
Kursk evoca grandes cifras. No en vano se trata del mayor enfrentamiento entre tanques de la historia. 8.000 blindados, dos millones de hombres, 4.000 aviones, 600.000 minas… Y todo ello concentrado en un pequeño escenario escogido por los alemanes, un saliente en poder de los rusos desde sus ofensivas de primeros de año, cercado en tres de sus lados tras la milagrosas recuperaciones alemanas en la campaña de primavera, cuyo botín más destacado fue la toma por segunda vez de la principal ciudad del sector, Kharkov. Precisamente, el artífice de tal logro, el general Von Manstein (considerado por la mayoría de expertos como el comandante más capacitado de la II Guerra Mundial), fue el demiurgo de la Operación Ciudadela, el intento de romper el mencionado saliente embolsando mediante un movimiento de tenaza las divisiones soviéticas allí acantonadas. Sin embargo, el militar prusiano había sido inicialmente partidario de una estrategia sumamente brillante y compleja, consistente en replegarse en el denominado balcón del Donetz, más al Sur, y golpear de revés desde el Norte para abatir a los rusos una vez su ofensiva se hubiera agotado. Sin embargo, la impaciencia de Hitler y su negativa a ceder un palmo de terreno hicieron que todo tuviera que dilucidarse en Kursk.
La preparación, como tantas otras veces, resultó crucial en uno y otro bando. Por lo que respecta al germano, la operación, en un principio proyectada para comienzos de mayo, fue pospuesta en diversas ocasiones por decisión de Hitler, confiado en exceso en la nueva producción de tanques. Por tercera vez el dirigente nazi perdía un tiempo precioso, que fue aprovechado por los rusos para imponer su superioridad numérica en hombres y material. A ello debe añadirse como factor esencial el perfecto conocimiento que desde hacía meses estos tenían del punto escogido como yunque por el martillo germano, gracias a la información suministrada desde Suiza por el espía Lucy (con fuentes en el Estado Mayor alemán), confirmada por la obtenida del descifrador enigma a través de su infiltrado en Bletchley Park. Todo ello les permitiría preparar el terreno a conciencia, casi como en un ejercicio de maniobras. Se articularon tres cinturones defensivos secundados por otros tres posteriores y un formidable contingente de reserva para restaurar las posibles brechas derivadas del avance alemán.
Con estas premisas, de la lectura de los distintos estudios que se han hecho de Ciudadela se desprende que el resultado ya estaba escrito de antemano, que, cual partida de ajedrez programada, cada jugador había marcado sus movimientos de antemano, lo que determinaba ya irremediablemente quien habría de ganar y perder. Con todo, este determinismo bélico desconoce la máxima de Moltke de que ningún plan sobrevive al contacto con el enemigo, y supone minusvalorar el sacrificio de quienes quedaron allí para siempre, especialmente en el bando soviético. Supone ignorar, además, que si los alemanes partían de una clara situación de inferioridad (pues, frente a los axiomas de las Ecuaciones de Lanchester, que cifran en 3 a 1 la proporción para que una ofensiva sea exitosa, la proporción estaba del lado ruso entre 2,5 y 2 a 1), contaban sin embargo con una mejor preparación a todos los niveles, especialmente (aunque dicha ventaja se estaba reduciendo) en lo relativo al mando operacional. Manstein llegaría a defender en sus Victorias frustradas que el éxito estuvo a punto de conseguirse, aun siendo consciente ya en 1943 de que el triunfo únicamente podía forzar a una paz por parte soviética (lo que no era menor logro para la situación germana en dicha fase bélica).
Así, pues, cuando en la madrugada del 5 de julio, tras un apocalíptico intercambio de artillería, los tanques germanos comenzaron su avance desde el Norte y el Sur del saliente en dirección a Kursk, Clío contuvo su aliento. A partir de ahí, diez días de sangre y hierro, niebla y fricción. No había escapatoria, dada la concentración de máquinas y hombres, no había escondite posible ni cabían pasos atrás. Sensaciones diversas. Un calor sofocante, no inferior a los treinta grados durante el día, mezclado con una asfixiante humedad, multiplicados exponencialmente para las tripulaciones de los carros de combate. El terror al escuchar en lontananza el sonido de las orugas de los tanques, especialmente de los reyes de la batalla, los flamantes Tiger germanos (el mando soviético para vencer el terror que inspiraban los mismos a los soldados había ensayado semanas atrás con el método de ubicarlos en el interior de zanjas que eran “sobrevoladas” por los tanques rusos). El zumbido de los aviones, omnipresentes en la batalla en cantidades nunca vistas. Fuego, fuego como pocas veces antes. Noches sin sueño, y para hacerlo más delirante, cargadas de tormentas eléctricas en aquella época del año.
Los alemanes consiguen romper el primer cinturón, pero su avance es escaso, especialmente en el Norte, en donde la ofensiva pierde por completo fuelle en pocos días. En el Sur, en cambio, en donde se concentran sus divisiones más mortíferas, tras unos reveses iniciales, los germanos logran penetrar en las líneas soviéticas amenazando la carretera hacia Kursk. Los soviéticos no dudan en inmolarse para detener el avance, pagando un coste terrible. El mando alemán, en una demostración más de su increíble flexibilidad táctica, decide girar hacia el Este. Todo se concentra en un nombre Prokhorovka. El 11 de julio, en los alrededores de esa pequeña villa los alemanes dicen jugarse el todo por el todo, pero los rusos no se amilanan. Estos contraatacan en la mañana del día 12 (“¡Acero!, ¡Acero!, ¡Acero!” es su orden de ataque), siendo contenidos por los germanos en la lucha más cruenta de la campaña. Al caer la noche nada se ha decidido. Al día siguiente, los principales generales sobre el terreno (entre ellos Manstein) son convocados a Rastenburg donde Hitler da el golpe de gracia a la operación: ante la amenaza que ha supuesto el desembarco aliado en Sicilia tres días antes, pone fin a la ofensiva en el Norte del saliente y solo permite a Manstein un último intento sin los refuerzos que este le demanda (Operación Roland). Esa misma jornada es la segunda de la ofensiva soviética en el saliente de Orel, la denominada Operación Kutuzov, cuya rápida progresión hará que, ante el peligro de desmoronamiento del frente, y pese a los éxitos parciales del avance germano en el Sur, el alto mando “berlinés" ponga definitivamente fin a Ciudadela el día 17, ordenando la retirada del sector.
Los alemanes no han conseguido su objetivo inicial. Han perdido gran parte de material y hombres, y, aunque los rusos han visto mermados sus recursos en mucha mayor medida, sus posibilidades de recuperación son infinitamente superiores (entre otros motivos, debido a la ingente ayuda material aliada). La defensa en los meses posteriores de Model y Manstein alargará un conflicto cuyo resultado solo a partir de Kursk puede vaticinarse ya. Los rusos han aprendido. Desde Kursk han dejado der ese “enemigo amable” (en el sentido de hacer todo aquello que el oponente prevé y, por tanto, quiere) de campañas anteriores. Ha sido su primer triunfo en una campaña de verano. Ya no está lejos la ofensiva de amplio frente deseada por Stalin, cuyo epítome será la operación Bagration un año más tarde. Incluso en el máximo nivel a partir de entonces se produce un cambio de actitud con amplias repercusiones: Hitler se centrará cada vez más en la microguerra, con atención obsesiva hacia las más ínfimas operaciones bélicas, interfiriendo constantemente en la labor de sus generales; por el contrario, Stalin, será cada vez menos militar y focalizará su atención en la política, había que preparar el mundo del día después.
Los silenciosos campos de Kursk son hoy testigos mudos de lo que allí sucedió hace ahora tres cuartos de siglo, menos de una vida humana, aun cuando todo parezca muy lejano. Se calcula que un 10% de los cuerpos de soldados rusos fueron enterrados con los cadáveres de sus enemigos alemanes. Chicos de Friburgo, de Kazan, de Dusseldorf, de Ekaterimburgo, de Munich, de Rostov… que dejaron sus vidas en esos campos comparten su lecho eterno. Recordatorio ejemplar del sinsentido de la guerra y de la grandeza humana.