Opinión

¿Otro agosto para los trabajadores pobres?

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Miércoles 18 de julio de 2018

El Ministerio de Trabajo parece que está dispuesto a meterse en harina ya este verano. Agosto es mes crucial: se activan 10 medidas contra la explotación laboral, los abusos en la contratación temporal y el empleo a tiempo parcial. Dichas medidas conforman un plan de actuación de la Inspección hasta el 2020. Trae consigo medidas secundarias y específicas: actuaciones especiales sobre el sector hotelero (por las “kellys”) o la seguridad privada junto a la creación de una unidad de lucha contra la discriminación de género. Todos los economistas de este país, empezando por viejas glorias como Tamames, han dicho en algún momento donde está la salida al galimatías: “Hacienda y Seguridad Social, hasta ahora independientes, deben empezar a cruzar sus datos”. Esa pinza, esa tijera, esa presión, igual acaba con la caradura de muchos y el poco valor de otros tantos, rendidos bajo sus botas militares mientras muerden con paletos y premolares el duro y sucio arcén de la lucha por la vida o la supervivencia.

Si ayer hablábamos desde la presente garita de la lacra del cemento, de lo nauseabundo de tantos y tantos negocios relacionados con el ladrillo, el sector hotelero no se queda atrás. El centro de las ciudades –“gentrificación” de por medio- ya se convierte en el primer albañal del capitalismo: fuera mercerías, fuera ferreterías, fuera negocios de toda la vida, fuera tiendas de chicles o gominolas, cerrados para siempre el pequeño comercio, todo en busca de bares y más bares. Si levantas la vista ves hoteles, hospederías, unos legales y otros camuflados, hostales que no se dice que lo son y una plaga invasiva de gente sacando maletas de los portales a mansalva, ante la ira y estupefacción del peatón al que empujan y tratan como basura, vecino de la zona y aquí desde mucho antes que ellos, a veces durante generaciones enteras. ¿El negocio del turismo necesita lupa? Por supuesto, de cerca y con siete aumentos. Jamás anduvo lejos de la chapucería y el lenocinio, de la pillería y el dinero fácil, del dinero de las putas diurnas y el polvete rápido y sin factura si queremos hablan en plata.

Las actuaciones inspectoras, en lo que concierne al turismo, no solía llevar pareja una sanción y es a lo que el Gobierno actual quiere poner fin. Los abusos en la temporalidad pasaban desapercibidos y con este sector, el mayorazgo o los señoritos, solían hacer lo que les venía en santa gana ante la vulnerabilidad del propio sector: gente que trabaja un tiempo determinado, semanas de verano y hacen con ellos lo que les apetece, desde abusos sexuales en las temporeras de las fresas hasta no pagarles lo acordado por las horas estipuladas u, otra versión, pagarles cuatro horas de las doce realizadas. ¿Cuántos de los trabajadores a media jornada en bares y restaurantes cumplen exactamente esas horas? Lo dice el Gobierno muy clarito: “Excesos de jornada y horas extraordinarias no declaradas están en el punto de mira”. Todo es muy difícil de llevar a término pero por algo se empieza.

El asunto no es nuevo: corresponde a un programa completo de actuaciones para la Inspección de Trabajo (entre 2018 y 2020) que modifica en parte el presentado por el PP en abril. Lo que no venía en ese plan y se ha girado el visor es otro asunto: la subcontratación de la mano de obra y asuntos muy concretos, muy específicos, sobre los que se ha pasado de puntillas, caso de los impagos de salarios o la merma significativa de los mismos. Ha explicado la ministra en varias entrevistas, Magdalena Valerio: “La casuística es muy variada, y afecta principalmente a los casos de subrogación de empresas con origen convencional y a los casos de descentralización productiva a través de las empresas multiservicios”.

Es una prioridad del PSOE la que ya antes fue del PP: “Ejecutar un plan de actuación para mejorar la protección de los derechos laborales de los trabajadores inmigrantes”. Todo estupendo. Todo fenomenal. Ahora bien: todos los gobiernos de la democracia presumieron en su fecha del empleo que creaban en los veranos. Andando el tiempo, unos meses más allá, con la caída de las hojas y la llegada del otoño, siempre se rectificaba: claro, sí, que lo anterior no era empleo/empleo, sino una extraña suerte de apoyo, de camareros y personal extra, por culpa de eso mismo, los veranos, el turismo, muy lejos siempre de un empleo de calidad o duradero. ¿Se acabó este cuento o sigue? ¿Sigue la política con sus velos y cortinas de humo o jugamos, de una vez y para siempre, a decirnos las cosas a calzón quitado?

El problema absoluto es el empleo encubierto, la proliferación de falsos autónomos y becarios eternos, el ahorro de los impuestos por parte de las empresas con sus triquiñuelas, la economía irregular de la Red en tantos y tantos casos protegidos bajo el anonimato, consumadas faltas de alta tanto en el Régimen General de la Seguridad Social como en el Régimen Especial de Autónomos. La ministra dice por la radio: “Queremos acabar con la aparición de un tipo de trabajador que ha de realizar cada vez más horas por un mismo precio, o incluso por uno inferior, dando fuerza al concepto denominado trabajador pobre”. Este agosto comienza la Revolución Francesa, esperemos que no dure tan poco como su propaganda específica.