Opinión

El miedo a cambiar en España

TRIBUNA

Emilio Arnao | Miércoles 18 de julio de 2018

“Entre flores, fandanguillos y alegrías…” Este país/Estado de cuyo nombre ni siquiera Cervantes quiso acordarse no es otro que de manera metafórica puede proponerse como España (eso es lo que creo que propone Fernando Savater en su ensayo “Instrucciones para olvidar el Quijote”: “Es evidente que Don Quijote de la Mancha no es solamente un personaje de ficción literario, sino muchas más y más graves cosas: un mito nacional, un ideal irónico, la silueta de una concepción del mundo, el origen de un adjetivo descalificador o encomiástico, el último héroe y el primer antihéroe...”).

Los españoles tenemos miedo al cambio, con el cual deberíamos reconstruir un presente que nos aloje ya definitivamente en una España moderna, alejada ya corpore praesente de este Typical Spanish. Para muchos, por ejemplo, para mí mismo -contemplador de un mundo que agoniza, voyeur de esta guerra civil continua que continúa siendo España-, nos viene con el dulce sabor del kummel -ese alcohol que embriaga en amores y femineidad- esa idea de darle nueva forma al primer artículo, en su punto 2, de la vetusta, sanguinolenta, con viento lessueste y opiómana Constitución del 78, esto es, “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. A mí me sobran esos tantísimos “poderes del Estado”.

Atendiendo a la nueva psicología política, y partiendo como parto de mi enfermedad como lector de la República Phiarmónica que nos propone Phineas Theron, insinúo que dicha soberanía no puede desprenderse de los valores patrios, que son, indudablemente, los que el tardofranquismo inculcó como reformulación de nuestra inacabada unidad que insiste en la cuna y el terruño: “Amparadme y guiadme a la patria celestial en esta hora patria”, dice el que va a morir en combate.

España, mientras a su vez -dos libros por semana- leo esta gran obra que es Grandes Éxitos del eutrapélico, punk y diletante del mainstream -me gusta que trate a Javier Marías como un “halago masturbatorio al lector”- sigue, a través del subconsciente colectivo tanto patrio como en el de los afuereños, vándalos o alienígenas, resistiendo ante esa pureza extrema o idea como venida del lambdacismo -esto es, el origen o la primera letra- de lo hispánico. Dicha idea o relación o metempsicosis no son otra cosa que, como transmigración de las almas a estos novísimos cuerpos tras la muerte, esta turné fantasmal de lo taurino, del folclore a lo Carmen de España, y no la de Merime, y no la de Merime, el turismo de los cruceros como cruzadas medievales, el conejo, los Reyes Católicos, Chiquito de la Calzada, Mariano Rajoy y Rita Hayworth. Cantemos, pues, todos juntos, a una sola voz, sin avergonzarnos, porque ésta es nuestra fortaleza, aquello que dijo Crisipo: “Ante el peligro, perseverancia, confianza, firmeza y… magnanimidad”, que es lo mismo que decir que los españoles seguimos teniendo unos magnos y bellísimos cojones, siempre en el pódium, o mejor, en el polónium.

Por tanto, cantemos, desde la megalopsichia aquello de nuestro Manolo el Barrendero. Venga, todos juntos, que no se diga, come together, a una sola voz, coño: “Entre flores, fandanguillos y alegrías, nació en España la tierra del amor. Sólo dios pudiera hacer tanta belleza, y es imposible que puedan haber dos, etc. etc. chin pum”.

Sin ironía posible, más bien desde el estoicismo, digo aquí y prometo que la nueva reforma constitucional que se prevé en poco tiempo reescribirá -gracias a esta violencia moral de la política- este primer artículo punto 2 del mismo modo que yo -aun sin ser catedrático en derecho constitucional- aquí transcribo por el bien de este tradicionalismo patrio que todavía persiste en la mayoría de los comensales de la polis nacional. Y no cito, porque, si empiezo a citar, se me va a acabar toda la tinta de este bolígrafo Bic con que estoy escribiendo este artículo verídico y tan real como el hedor de los restos de Franco. Piensen ustedes, amados o no lectores, que llega un momento en que, tras el peligro -nuevamente parece que arriba el Frente Popular de aquel enero del 36- que arrojan estas hordas rojas y judeomasónicas como besos amargos carmesíes o sanguinolentos como cuando se produce el desprendimiento del endometrio maduro o este revolucionarismo de los jóvenes rasta, que lo mismo escuchan a Silvio Rodríguez que a Leonard Cohen, incluso a The Arctic Monkeys, no nos queda más remedio que abogar con apresto y rectitud a aquello que filmó el gran cineasta japonés Akira Kurosawa: el héroe samarái -el español del siglo XXI, no me lo nieguen, continúa respetando el código Bushido- debe con valentía y siempre mirando al sol con la camisa negra de los bellos squadristi, de los blackshirts o los freikorps la útil tarea de acojonar al enemigo desde la integridad, la fortaleza y la lealtad.

Por tanto, el samurái español, tal y como lo cuenta Stephen Prince en su libro The Warriors Camera, debe ser sublime sin interrupción, pues el dandi de la nueva política, la que ya está aquí, la que muerde pechos de féminas y envenena almas gracias a este poder que tiene todo tipo de conservadurismo a la hora de comprar la mayoría de los medios de comunicación, debe vivir y morir ante el espejo.

Se trata de realizar un nuevo, otro más sí, ¿por qué no?, revisionismo de la Historia de España que pueda resumirse en este primer artículo punto 2 de la nueva Constitución que más o menos debería decir algo así: “Toda ciudadana -aportemos la idea del nuevo feminismo que está aflorando y que derivará, no les quepa la menor duda, en la gimnasia de la Sección Femenina, algo así como el regreso a Isabel tanto monta como Teresa de Jesús más el añadido, cual piercing, de las margaritas carlistas- y ciudadano españoles, en su existir entre la moral cristiana y los ejercicios de valores físicos y espirituales, por obligación sine quanum, no les queda más remedio que continuar sirviendo a su señor, el cual, desde la inviolabilidad y su mayor prestigio, a su vez, deberá promulgar, casi como una ordenanza militar, aquello que recordó nuestro gran Séneca a Lucilio: ‘Yo deseo tanto probar la firmeza de tu alma que te aconsejo que dediques algunos días en los cuales, contento, con poca y malísima comida y con un vestido rahez, puedas decir: ¿Es esto lo que tanto temía? Pretendo que no tengas más que un jergón, un saco burdo y seco pan; hazlo así bastantes días con objeto de que no parezca esta conducta tuya un juego, sino una verdadera prueba’”. Y cierro diciendo -porque se me ha acabado la tinta roja de mi bolígrafo Bic-: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. Amén. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad, Cristo, te piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Hala, Olé. “Entre flores, fandanguillos y alegrías…etc. etc”.

Qué coño. Estoy hoy optimista. Cantemos Gilda. Seamos Rita. Quitémonos el guante negro que nos llega hasta el codo y arrojémoslo contra todos los monstruos, los que están aún aquí, contra todo lo que aquí he escrito: Amado mio Love me forever And let forever begin tonight Amado mio. Pero qué belleza sigue siendo hoy Rita. Ah, amores imposibles. Amor mío de una España tallada en Venus: ¡Ay Dios¡, ¿en qué pensé cuando, dejando / tanta belleza y las mortales viendo, / perdí lo que pudiera estar gozando? / Mas si del tiempo que perdí me ofendo, / tal prisa me daré, que aun hora amando / venza los años que pasé fingiendo.