Opinión

Lenguaje inclusivo

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 18 de julio de 2018

Confieso que soy muy de Arturo Pérez-Reverte. Un tipo duro, curtido en letras e íntimo amigo del capitán Alatriste, lo que le otorga la condición de maestro en esgrima antigua. Se rebela contra los poderes literarios y hace muy bien porque ahora mismo el manual del buen lingüista lo quieren convertir en un rollo de papel barnizado a base de típex. Tapar con una capa blanca lo escrito y volver a escribir encima es más propio de un gotelé al uso que de aquellos que tutelan la riqueza de nuestro lenguaje.

Estoy con Don Arturo y no por una simple cuestión de excluir la obviedad de las igualdades en todo lo que se refiera al género. En mi casa, y en temporada alta, hasta cinco mujeres me cuidaron y pueden creer que nunca me sentí en desventaja, todo lo contrario. Madre, esposa hijas y sobrina, me enseñaron a sazonar el verbo de la igualdad sin menoscabar el entendimiento del respeto y su concordancia con el cariño. Ahora las voces atildadas vienen al descuido de lo que en moda pretenden sea suplantado por estar mal visto en el diccionario, en la Constitución e incluso en el prospecto del ibuprofeno. Estoy de acuerdo en corregir, pero también en colegir según razones de peso. La de hoy es una sociedad tan acomplejada que para casi todo hay que tomar precauciones. España ha perdido frescura y ha ganado en estupidez. Hoy mostrarse con propiedad intelectual está más cerca de un requisitorio y en buena parte lo está gracias a esa corriente pseudopuritana que viene a confundir la igualdad con la libertad individual.

La riqueza lingüística no es caprichosa ni debe tomarse a la ligera. Adecuarla, sí, pero evitando hacer borrón y cuenta nueva en todo lo que se menea, de lo contrario acabaremos hablando a través de sonidos guturales más propios del heavy metal que del ser humano en su versión más garantizada. El género femenino, al igual que el masculino, descansan sobre el mejor de los ejemplos y de mayor universalidad posible: el respeto. Conviene, no obstante, evitar caer en la deriva de quienes trafican con la complacencia de otros a modo de respeto que no es tal, sino un simple sucedáneo. Esto es muy dado dentro de la clase política en ejercicio de gobierno u oposición, ya saben, el poder de atribuirse fascinantes cambios para contentar a quienes ofrendan castidad ideológica. Son los efectos especiales del postureo. Quedar bien y nada más.

La demagogia es sinónimo de argucia, el frenesí del populismo que no desgrana otra cosa que llamar la atención y no sirve más que para solapar otras causas de mayor enjundia. El respeto está en la educación y mientras esto no sea materia obligatoria ninguna política estará a la altura por muchas correcciones lingüísticas se incrusten en la RAE. Ningún otro ejemplo es digno de alabanza salvo la buena disposición de quienes tratan de ser equitativos con la razón, como es el caso de mi admirado don Arturo Pérez-Reverte. Dice la verdad sin necesidad de ningún polígrafo y por eso a su más que contrastada autoridad lingüística se la golpea de vez en cuando. Menos mal que Alatriste cuida bien de su espada.

El respeto es neutral. Espontáneo cuando éste ha formado parte de la educación desde los primeros pasos, por ello está íntimamente unido al concepto de la dignidad humana. Lleva aparejada la universalidad como idioma de entendimiento y de ahí que resulte estéril a modas y postureos. El respeto es una asignatura tan importante y global que figura incluido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas firmada en París el 10 de diciembre de 1948. (Artículo 1.- “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”

Ahora, díganme ustedes para que sirve ir a un restaurante y sentirse ofendido u ofendida, discriminado o discriminada, cuando lees en la carta “Merluza y nunca merluzo. Ostras y no ostros. Lubina y no lubino. Gazpacho y no gazpacha o salmorejo cordobés y nunca salmoreja cordobesa. Y para rematar, por favor, tráigame la cuenta, que no el cuento. ¡Ay genérico de mi alma! En fin, cada uno es como Dios le hizo y aún peor muchas veces, -que dijera don Miguel de Cervantes.