Opinión

Luz abrasadora y última de Patti Smith

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Jueves 19 de julio de 2018

Los últimos libros de Patti Smith publicados por Lumen (Éramos unos niños, M Train) tienen el fuego húmedo de lo literario, el todavía más fuego incandescente de lo libresco, atmósfera de la cultura más allá de la vida, una forma de vivir o sentir lo verbal que es luz abrasadora, volcán interminable, lava viva repleta de esperanza. Ella misma en esos libros (confesionales, nacidos del vómito, inmediatos) se ha convertido en un personaje literario de cafés abandonados, de búsqueda de escritores malditos, de maga o bruja de cuadernos tristes, de dueña de una caligrafía despeñada que reconstruye el propio presente y tantas otras veces lo es del pánico. Llega una entrega más, aromada de ausencia y humo privilegiado: Devoción (Lumen). En otros textos ha seguido y espiado a maestros de la fuga (Roberto Bolaño, César Aira), en éste no es menos y nuevos nombres (Modiano, Rimbaud, Simone Weil) reemplazan a los antiguos, une ciudades y ausencia, París es otra luz de plata y diamante mojado bajo toda su exquisitez de atmósfera sintáctica. La rockera, internacionalmente conocida por discos como Horses (1975), Land (2002), Twelve (2007) o Banga (2012) es hoy una amante incondicional de la palabra encendida, desnuda, hechizada, sumergida y plena de sabores.

Devoción es una suerte privilegiada de respiración: “(…) Entras en la piel del narrador, con su leve sensación de paranoia y su preocupación por las minucias, y el espacio que te rodea cambia. Sin poder evitarlo, en mitad de una frase me encuentro buscando el bolígrafo”. La abstinencia es otra luz en sus libros nuevos: café y panecillos, agua fría y del tiempo, arte ambulatorio muy en sintonía con la paz del alma. El fetichismo, la adoración por los objetos en los grandes es otro mapa a seguir de puntillas: “(…) Recuerdo ver el gorro de Voltaire en una vitrina de cristal en algún museo. Un gorro de dormir muy sencillo de raso de color carne. Abrigué un intenso deseo de poseerlo, una extraña fascinación que permaneció, emparejada con la noción supersticiosa de que quien se lo pusiera tal vez pudiese acceder a los restos de los sueños de Voltaire. Todo en francés, por supuesto, todo de su época, y en ese momento se me ocurrió que los soñadores de los distintos momentos de la historia soñaban con los símbolos de su propia época. Los antiguos griegos soñaban con sus dioses. Emily Brontë soñaba con sus páramos. ¿Y Cristo? Tal vez no soñara, aunque conocía todo lo que conlleva soñar, todas las combinaciones posibles, hasta el final de los tiempos”.

París es refugio, desde una visita al señor Gallimard en los jardines de su editorial hasta conocer la villa donde Albert Camus pasaba sus vacaciones, a una hora en coche de la ciudad inmortal: “(…) En cuanto nos despedimos, entro en un parquecito adyacente a la iglesia, con un busto de Apollinaire esculpido por Picasso en la entrada. Me siento en el mismo banco en el que me senté cuando fui con mi hermana a París en la primavera de 1969. Teníamos ventipocos años, una edad en la que todo, incluida la sentimental cabeza del poeta, era una revelación. Un par de hermanas curiosas con un puñado de valiosísimas direcciones de cafeterías y hoteles. Les Deux Magots de los existencialistas. El Hôtel des Étrangers, en el que Rimbaud y Verlaine presidían las reuniones del Círculo de los Zutistas. El Hôtel de Lauzun, con sus quimeras y sus salones dorados, en los que Baudelaire fumaba hachís mientras escribía los primeros poemas de Las flores del mal. El interior de nuestra imaginación resplandecía, y no parábamos de deambular por delante de esos lugares que eran sinónimo de los poetas. Nos bastaba con estar cerca de donde habían escrito, discutido y dormido”. Todo tiene la temperatura y calambre de lo azaroso, de lo inesperado y callejero, donde París es espera y arrebato: “(…) De pronto refresca. Me fijo en unas migas de pan, varias palomas incansables, los besos lánguidos de una pareja joven y un tipo sin techo con barba larga y un abrigo que espera recibir unas monedas. Nuestras miradas se cruzan, así que me levanto y camino hacia él. Tiene los ojos grises y me recuerda a mi padre. Una luz plateada parece extenderse sobre París. Noto un arrebato de nostalgia inducida por la perfección del presente. Empieza a lloviznar. Pedacitos granulados de película dan vueltas. El París de la actriz Jean Seberg con una camiseta de rayas de cuello barco vendiendo el Herald Tribune por la calle. El París de Éric Rohmer, bajo la lluvia en la Rue de la Huchette”. Mar de reliquias (tisis, tuberculosis) envueltas en la seda de la existencia, donde el deseo ayuda a encontrar la salida al laberinto ajeno.

La segunda parte es una historia de amor tórrida entre un hombre mayor y una patinadora, la primera parte casi un acto religioso a lugares literarios donde los estados de rapto son otra forma de embrujo: “(…) Mientras me esfuerzo por no quedarme dormida, abro la biografía de Weil por una página al azar, cabeceo un momento y luego elijo una sección completamente distinta; en cierto modo, el proceso da vida al personaje. Simone Weil entra de forma brusca en el encuadre de la tercera dimensión. Veo la punta de su capa larga y el espeso pelo negro corto y encrespado como el de la fabulosa novia independiente de Frankenstein”. Todo es literatura: desde el plato de huevos con jamón y café solo en el Café de Flore a viejas fotos de Mishima, el número 7 de la Rue des Grands Augustins donde Picasso pinta el Guernica o madrugadas frías, donde el abrigo es otro amigo, y en las que se nos aparece Gérard de Nerval con una pizca de juventud o envidia al fondo de su mirada negra y telúrica. Apoteósico.