Opinión

Otro mundo es posible: activismo y lucha callejera

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Diego Medrano | Viernes 20 de julio de 2018

Marina Garcés es filósofa, profesora titular de universidad, que ha decidido poner en sus últimos libros una rebeldía de antorcha y de militancia o lucha callejera: Un mundo común (2012), Filosofía inacabada (2015), Fuera de clase (2016) y, el más famoso que le ha dado entre otros el Premio Ciudad de Barcelona de Ensayo, Nueva ilustración radical (2017), Ahora le llega el turno a un texto raro, enigmático, que me tiene en estado de rapto, con mucho de memorialismo “okupa”, de filosofía del martillo a lo Deleuze, de crónica urbana, de municipalismo efervescente, de pulso a una ciudad (Barcelona) entre el 15M, las utopías de la Transición, los jipis, la revuelta zapatista, Seattle, las Torres Gemelas y la madre que lo parió: Ciudad Princesa (Galaxia Gutenberg). La Barcelona postolímpica contada a través de los movimientos sociales, su conexión con otras muchas ciudades europeas, su crisis y su impasibilidad neoliberal, todo ello en la pluma de una estudiante de Filosofía, hoy profesora, de clase media acomodada, que un buen día decidió derribar una puerta y “okupar” el Cine Princesa de la ciudad condal.

La prosa de Garcés está muy vivida, muy desmenuzada, por ello tiene algo de bengala de socorro en mitad del chapapote más oscuro: “ (…) La generación de los setenta quería asaltar el cielo y se quemó las alas. Los que vinimos después crecimos entre sus cenizas y vimos cómo se apagaban los fuegos de sus anhelos y de sus ideales. Algunos pactaron con el sistema de partidos, con el conformismo privado, con el oportunismo económico y mediático. Otros se refugiaron en exilios interiores de muchos tipos. Y sólo algunos, pocos, siguieron alimentando las brasas del pensamiento y del compromiso radicales”. Mucha más calle que promesas, asfalto y ciudad, aquí y ahora: “(…) Los que nos politizamos a finales de los noventa no mirábamos al cielo si no era para descansar un rato. Nuestros pasos y nuestros ojos se dirigieron hacia el mundo, hasta este mundo, que ya amenazaba con síntomas claros de devastación: humana, ambiental, económica, política… La globalización solo brillaba, como una luz encendida en Nochebuena, si se miraba de lejos. Vivido de cerca, el mundo global estaba lleno de oscuridades, de malestares, de guerras no declaradas, de fronteras enmascaradas, de violencias privatizadas. Con los zapatistas, aprendimos a decir que queríamos crear muchos mundos en este mundo, con los okupas aprendimos a abrir espacios de vida en nuestros pueblos y ciudades, con la antiglobalización pusimos palabras y colores a otro mundo posible, con el movimiento contra la guerra recordamos que, como siempre, los muertos los ponemos nosotros mientras las guerras siguen siendo suyas, y con el 15M inventamos la expresión más simple de la radicalidad democrática: No nos representan”.

Es interesante ver a toda la generación que engloba Garcés por años: las Olimpiadas (1992), la revuelta zapatista (1994), Seattle y el inicio del movimiento antiglobalización (1999), el atentado de las Torres Gemelas (2001). Aquí están sus referentes geográficos, políticos y culturales. Pero mucho más en tres libros decisivos muy seguidos en el tiempo: La sociedad red de Manuel Castells (2006), Imperio de Antonio Negri y Michael Hardt (2005) y El nuevo espíritu del capitalismo de Boltanski y Chiapello (2002). El primero les enseña a priorizar la morfología tecnológica: la red como clave formal que explicaba los cambios del sistema económico, político y cultural de nuestro tiempo: practicas hackers, prácticas democráticas en horizontal, diseño de redes para la intervención social, germen puro del movimiento antiglobalización. El segundo texto, centrado en la política de Estados Unidos y su imperialismo, les enseña que la distinción entre interior y exterior no existe: el poder político y económico se había convertido en una gradación de intensidades continuas y discontinuas, donde la red era uno de los múltiples niveles de articulación… dentro del Imperio se estaba gestando un nuevo sujeto antagonista, la multitud, que tendría la potencia de luchar dentro y en contra de las nuevas formas de dominio y de explotación capitalista y de liberar las fuerzas del afecto y las de la cooperación (otra ciudadanía mundial, otro salario universal garantizado, nuevo derecho de reapropiación de los recursos y de los medios de producción, etc). Finalmente, el último libro, alejado de los sueños de mayo del 68, dibujaba un capitalismo, a través de la crítica artística, cuya figura clave era el emprendedor y, a su vez, un modo de activista social relacionado con él: contactos múltiples, organización en red, flexibilidad, ubicuidad, disponibilidad, etc. Toda una historia del activismo social precisa y letal.

Garcés interviene en el desalojo del Cinema Princesa (28 de octubre de 1996) y también mucho más tarde en el referéndum de autodeterminación (1 de octubre del 2017). Estas son las coordenadas de sus páginas rotundas: “Más que acontecimientos históricos, son dos puntos de inflexión que abren de manera inesperada la posibilidad de elaborar un sentido no previsto del nosotros. Un nosotros sin nombre, hecho de todos nuestros nombres. Los hilos que van de unos a otros no trazan una historia lineal, sino una malla de veintiún años de vida compartida y aprendida en colectivo. (…) El hilo conductor es el aprendizaje: ¿qué hemos aprendido? En el aprendizaje se encuentra la política como transformación, el saber como descubrimiento y la relación con los otros como compromiso. Y en el aprendizaje se encuentran, también, el yo y el nosotros. Siempre es alguien quien aprende. Y siempre es con los otros como aprendemos”. Hacer barrio, hacer calle, hacer ciudadanía, nacer de nuevo, enfrentarse a las prisiones de lo posible, a la estafa de la carrera universitaria en un mundo laboral depredador, a otra forma de leer como poseso y empezar a abrir otras formas de ocio alternativo y de responsabilidad ciudadana. El consenso es para Garcés la censura cuando todo se puede decir. Ya no hay un dogma, unilateral o represivo, marxista o comunista a obedecer, pero si un consenso que lo niega todo y amordaza, envolvente y sutil, que sitia a la acémila y la hace dócil entre su mansedumbre y pánico al disenso o pensar por uno mismo. Fantástico.