Opinión

Una abolladura en la corona

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Lunes 23 de julio de 2018

Es una frase frecuente en México cuando un equipo de futbol, por ejemplo, ha ganado el campeonato y en su primer partido tras el triunfo pierde el juego: le abollaron la corona. Lo mismo sucede con los boxeadores o algunos otros deportistas.

Hoy eso se aplica a un candidato triunfador en las recientes elecciones, quien tras perder en otros dos procesos electorales supo ganarse la esperanza (iba a decir la confianza, pero dejémoslo así) de los electores quienes le dieron los votos sumados de los dos procesos anteriores.

En uno había juntado 15 millones de sufragios; 17 en el siguiente y más de treinta en esta arrasadora ocasión.

Y en virtud de la potencia de tal universo de violetas favorables, el candidato ganador, Andrés Manuel López Obrador, se llevó a través de su partido –como también se dice aquí--, el santo y la limosna.

Todo era gusto y gozo, júbilo democrático como si una elección le cambiara hasta la genética al país, cuando de pronto apareció una de las más arraigadas tradiciones nacionales, herencia, quizá de nuestro mundo novohispano: la corrupción.

Y digo del mundo novohispano, porque en la época puramente indígena no había corrupción porque no había política. Era una sociedad neolítica de esclavos sin derechos. No había espacio ni para el robo ni para nada. Los trasgresores de los primitivos códigos lo pagaban todo con la leva para las guerras floridas o con la ejecución inmediata.

Pues el caso es sencillo: el año pasado, en lleno desarrollo de las campañas electorales, hubo un sismo enorme en México. Muchos perdieron sus casas y los políticos en contienda sacaron del armario de la demagogia toda suerte de artificios solidarios.

Y el partido Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), finalmente ganador, ofreció sus prerrogativas para auxiliar a los destechados. Y para eso hizo un fideicomiso de carácter privado en un banco muy pequeño.

Y poco después de las elecciones el Instituto Nacional Electoral, a través del cual se distribuyen los dineros públicos para los partidos políticos, investigó el ya dicho fideicomiso con el resultado previsto por muchos: el dinero de los damnificados se utilizó para actividades electorales; nunca les cayó a los pobres y puso en evidencia una corruptela en el partido cuya bandera es, precisamente, el combate a la corrupción.

Y entonces ardió Troya.

El candidato triunfante, quien ya se comporta como presidente electo, a veces, y como presidente en ejercicio, en otras ocasiones, indignado denunció la investigación y la consiguiente multa de 160 millones de pesos (algo cercano a los 9 millones de Euros) como un acto de venganza. No se sabe por qué, ni de quien ni con cual sentido, opero eso dijo.

Y ahora se irán a los tribunales electorales para probar lo falso de una investigación, en la cual hay imágenes de los operadores del partido formando filas en los bancos, para depositar y cobrar en un carrusel disimulado, los miles de miles de pesos del dinero piadoso para los damnificados del sismo.

Y como un detalle: el sismo fue un 19 de septiembre. La investigación reventó un 19 de julio.

Por ahora todo quedará en manos del tribunal, pero la abolladura de la corona presidencial (si se pudiera hacer semejante imagen en una república donde no hay testas coronadas), ha quedado ya como un incidente desde antes de comenzar el gobierno.

Algunos pesimistas han dicho: todavía no empieza la película y ya me quiero salir del cine.