Opinión

Dos lagunas marxistas insondables

TRIBUNA

Diego Medrano | Jueves 26 de julio de 2018

Reseñábamos hace semanas el tocho lisérgico de Gareth Stedman Jones sobre Marx, el más completo hasta la fecha, cerca de cuarenta euros en el mercado pero iluminador, riguroso e interminable (Karl Marx. Grandeza e ilusión). Nuevas catas, nuevas vetas, nuevos horizontes abren la biografía de Jonathan Sperber en Galaxia Gutenberg (Karl Marx), el estudio intrépido de Ronan de Calan y Donatien Mary en Errata Naturae (El fantasma de Karl Marx), el clásico de Hannah Arendt en edición de Agustín Serrano de Haro (Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental), la compilación en El Viejo Topo de G. Tridon (Espiando a Marx. Informes de la policía secreta y otros documentos), el libro de Santiago Armesilla (Karl Marx y la cuestión nacional española), el también clásico de Enzensberger en Anagrama (Conversaciones con Marx y Engels), hasta la biblia podemita de Laclau en Siglo XXI (Política e ideología en la teoría marxista) o el breve y demoledor de Francisco Fernández Buey (Marx sin ismos) hasta los nuevos tochos de Francis Wheen en Debate (Karl Marx), el también clásico de Raymond Aron en Siglo XXI (El marxismo de Marx), el de Isaiah Berlin en Alianza (Karl Marx), el de cotilleo de Ruiz Franco (El bastardo de Marx) o la película de moda de Raoul Peck (El joven Karl Marx). Páginas suficientes para enloquecer al sol de este verano de pensamiento político en vena, duro y liberador.

Soy franco, enumero mis dos lagunas sobre la materia que todos los libros anteriores, pila que llega hasta la mitad de la pared, no aclaran. Uno: ¿Fue Marx el tipo violento, incitador a la violencia, colérico, que muchos pintan? Engels era el taimado, el paganini gracias a la empresa algodonera familiar, quien financiaba toda la obra cuando la ira de Marx, para muchos, no hizo sino ir en aumento con el paso de los años. El capitalismo industrial había llegado a un punto insostenible para la población más desfavorecida y el Marx de las bibliotecas (donde se calentaba y escribía muy rápido, desde las del Museo Británico a las de París, Bruselas o Manchester) odiaba verse filósofo, metafísico, intelectual pero no al cabo de la calle, en una sociedad donde lo escrito cada vez importaba menos, muy similar a los tiempos corrientes. He ahí que, tanto en el Manifiesto comunista como en El capital, lo que se subraya es justo esto: lucha de clases como motor último para cambiar la historia. Agitación por parte de las masas, revolución, hostias a mansalva, radicalidad activista, el primer populista de la izquierda si lo queremos ver desde la algarabía precisa e imprecisa de sus discursos.

Dos: ¿Se sabía un utópico? ¿Un profeta más cercano a la lírica que a la realidad? Bebe de Hegel en todo momento, sufre la etiqueta del propio Engles como “socialista utópico”, se sabe en plena teoría de la alienación de Feuerbach, su fin parece más intelectual que práctico y así lo avisa a la entrada de El capital: “La finalidad última de esta obra es descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna, la ley natural con arreglo a la cual se mueve”. Robert Nisbet, según Sánchez Cámara, en su libro Los orígenes del pensamiento sociológico sitúa en la Revolución francesa el auténtico movimiento proletario y, siempre con ésta como estudio, distingue tres tipos de pensadores y movimientos dentro de una izquierda radical y en lucha: “El radicalismo revolucionario (Marx), el movimiento reaccionario anticipador del fascismo (Joseph de Maistre) y la democracia liberal (Alexis de Tocqueville)”. No está nada mal el estudio de Marx comparativo a los otros dos pensadores (Tocqueville, Maiestre) y también en las dos lecturas clásicas: la leninista y la socialdemócrata. La primera, la leninista, como recuerda Sánchez Cámara, es solo la que abre la puerta a la violencia, la dictadura del proletariado, lo que sería el triunfo de la revolución comunista en los países capitalistas avanzados, el progresivo empobrecimiento del proletariado, etcétera.

Tanto libro para dos dudas irresolubles: si fue o no un violento, si se sabía o no en el terreno de las ideas y jamás en el de la acción política o civil. Lo que sí sabemos es que la aplicación práctica de sus tesis, doscientos años después de su nacimiento, fueron un completo fiasco allá donde se implantaron. Ignacio Marco-Gardoqui es contundente respecto a la herencia recibida: “Lenin fue un tirano, pero Stalin y Mao fueron tiranos sanguinarios a quienes solo la autoconcedida y sorprendente superioridad moral de la izquierda les permite ocupar un lugar en la historia moral del siglo XX”. El caso chino, el caso ruso, el caso cubano o el de Corea del Norte… desastre tras desastre. ¿Es Maduro el último marxista? Todos los estudiosos confirman una veta: es el marxismo en estado puro, valga la paradoja, quien fortalece el capitalismo más depredador y duradero. Terrible. No lo sé pero veo en los nuevos líderes (Iglesias, Garzón) esfuerzos sobresalientes por romper la triada: marxismo, socialismo y comunismo. También Laclau lo ha intentado separar por medio de su bisturí de láser. El cóctel es ya mortal, tóxico e imbebible: no lo compra ni el más sediento. Separado, a cucharadas, igual hasta peor. Mis dos lagunas (si escribía como un literato o fabulador, si se sabía político antes que teórico o viceversa) siguen en las brasas puras de este julio abrasador. En El contrato social (Rousseau) hay prospectiva: aquello lucha por hacerse real, algo que no tengo nada claro en Carlos Marx.