Opinión

Unamuno sigue vivo

TRIBUNA

Roberto Alifano | Jueves 02 de agosto de 2018

Después de su relectura (otra y otra vez), no dudo que la obra capital de cuantas escribió don Miguel de Unamuno es Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (como se llamó originalmente), uno de los ensayos filosóficos más estremecedores del siglo XX. Acaso bajo el principal influjo de Søren Kierkegaard y de Ignacio de Loyola, el que fuera eximio y valiente Rector de la Universidad de Salamanca hace una profunda incursión en el complejo mundo existencial del hombre contemporáneo y su contexto, distanciándose casi radicalmente de la idea aristotélica en la que se apoya Tomás de Aquino, y afirmando la necesidad espiritual de creer en un Dios sí, pero personal.

La edición que poseo tiene años y muchísimas anotaciones que le hice en sus relecturas; se la debo a Borges, que me la obsequió a poco de empezar a colaborar con él, y cuenta con sus propios apuntes en la última página). Me sigue sorprendiendo y no resisto la necesidad de agregar subrayados y comentarios. Al más alto estilo, en esas reflexiones don Miguel lo puso todo, y hasta descarnadamente sus propios anhelos y contradicciones: “¿Por qué quiero saber de dónde vengo y adónde voy, de dónde viene y adónde va lo que me rodea, y qué significa todo esto? Porque no quiero morirme del todo, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente. Y si no muero, ¿qué será de mí?; y si muero, ya nada tiene sentido…”

Toda su sed de eternidad está puesta en estas páginas escritas con sangre y vida. En respuesta al cogito ergo sum (pienso, luego existo) de Descartes, afirma Unamuno: “Lo primitivo no es que pienso, sino que vivo, porque también viven los que no piensan. Aunque ese vivir no sea un vivir verdadero”. Y poéticamente exclama: “¡Eternidad! ¡eternidad! Éste es el anhelo: la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres; y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él”.

Su resumen de la historia es menos desesperanzado que contundente, aunque totalmente sincero, sin ambajes: “En Nicea vencieron, pues, como más adelante en el Vaticano, los idiotas -tomada esta palabra en su recto sentido primitivo y etimológico-, los ingenuos, los obispos cerriles y voluntariosos, representantes del genuino espíritu humano, del popular, del que no quiere morirse, diga lo que quiera la razón (…). Y el Cristo dijo: “Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen”, y no hay hombre que sepa lo que se hace. Pero ha sido menester convertir a la religión, a beneficio del orden social, en policía, y de ahí el infierno (…). “Ésta es la fija católica; deducir la verdad de un principio de si bondad o utilidad suprema. ¿Y qué más útil, más soberanamente útil, que no morírsenos nunca el alma?”.

El mundo racional tampoco escapa a su análisis: “La ciencia destruye el concepto de personalidad, reduciéndolo a un complejo en continuo flujo de momento, es decir, destruye la base misma sentimental de la vida del espíritu, que, sin rendirse, se resuelve contra la razón (…). El mismo pensador abstracto piensa para existir, para no dejar de existir, o tal vez piensa para olvidar que tendrá que dejar de existir. Tal es el fondo de la pasión del pensamiento abstracto, pues así es como “la voluntad y la inteligencia buscan cosas opuestas: aquella, absorber al mundo en nosotros, apropiárnoslo; y esta, que seamos absorbidos en el mundo. No faltará a todo esto quien diga que la vida debe someterse a la razón, a lo que contestaremos que nadie debe lo que no puede, y la vida no puede someterse a la razón. Y no lo puede porque el fin de la vida es vivir y no lo es comprender. Veréis que cuando algo que parece irracional o absurdo logra uno expresarlo y que se lo entiendan, se resuelve en algo racional siempre, aunque sea en la negación de lo que se afirma. Es mejor que le falte a uno razón que no que le sobre”, concluye.

En el capítulo siete, se explaya sobre el amor, el dolor, la compasión y la personalidad. Su claridad es casi desesperante: “Es el amor lo más trágico que en el mundo y en la vida hay; es el amor hijo del engaño y padre del desengaño; es el amor el consuelo del desconsuelo, es la única medicina contra la muerte, siendo como es de ella hermana (...). Cuantas más murallas ponga el Destino y el mundo y su ley entre los amantes, con tanta más fuerza se sienten empujados el uno al otro, y la dicha de quererse les amarga, y se les acrecienta el dolor de no poder quererse a las claras y libremente, y se compadecen desde las raíces del corazón el uno del otro, y esta común compasión, que es su miseria y su fidelidad común, da fuego y pábulo a su vez a su amor. Y sufren su gozo gozando su sufrimiento. Y ponen su amor fuera del mundo, y la fuerza de ese pobre amor sufriente bajo el yugo del Destino les hace intuir otro mundo en que no hay más ley que la libertad del amor, otro mundo en que no hay barreras porque no hay carne. Porque nada nos penetra más de la esperanza y la fe en otro mundo que la imposibilidad de que un amor nuestro fructifique de veras en este mundo de carne y apariencias. Y si doloroso es tener que dejar de ser un día, más doloroso sería acaso seguir siendo siempre uno mismo, y no más que uno mismo, sin poder ser a la vez otro, sin poder ser a la vez todo lo demás, sin poder serlo todo (...). El dolor es el camino de la conciencia y es por él como los seres vivos llegan a tener conciencia de sí. Porque tener conciencia de sí mismo, tener personalidad, es saberse y sentirse distinto de los demás seres, y a sentir esta distinción sólo se llega por el choque, por el dolor más o menos grande, por la sensación de propio límite. No cabe poder gozar sin poder sufrir, y la facultad de goce es la misma que la del dolor. El que no sufre tampoco goza, como no siente calor el que no siente frío. Ya que en el fondo lo mismo da decir que Dios está produciendo eternamente las cosas, como que las cosas están produciendo eternamente a Dios.”

Si de Dios se trata, más allá de cualquier dogma religioso, Unamuno establece su concepto de libertad ante cualquier ley divina: “El hombre ha ido a Dios por lo divino más bien que ha deducido lo divino de Dios. Y se atreve exhibiendo su verdad: “Y del Dios surgido en la conciencia humana a partir del sentimiento de divinidad, apoderose luego la razón, esto es, la filosofía, y tendió a definirlo, a convertirlo en idea. Porque definir algo es idealizarlo, para lo cual hay que prescindir de su elemento inconmensurable o irracional, de su fondo vital (...). El Dios lógico, racional no es más que una idea de Dios, algo muerto. Porque decir que el mundo es como es y no de otro modo porque Dios así lo hizo, mientras no sepamos por qué razón lo hizo así, es no decir nada. Y si sabemos la razón de haberlo hecho así Dios, éste sobra, y la razón basta. Los atributos del Dios vivo, del Padre de Cristo, hay que deducirlos de su revelación histórica en el Evangelio y en la conciencia de cada uno de los creyentes cristianos, y no de razonamientos metafísicos que sólo llevan al Dios-Nada, al Dios racional o panteístico, al Dios ateo, en fin, a la Divinidad despersonalizada. Y es que al Dios vivo, al Dios humano, no se llega por el camino de la razón, sino por el camino de amor y sufrimiento. La razón nos aparta más bien de Él. No es posible conocerle para luego amarle; hay que empezar por amarle, por anhelarle, por tener hambre de Él, antes de conocerle.”

En cuanto a la razón, el filósofo parece conciliarse con cierta teología: “La razón aniquila y la imaginación entera, integra o totaliza -afirma de manera rotunda-; la razón por sí sola mata y la imaginación es la que da vida. Si bien es cierto que la imaginación por sí sola, al darnos vida sin límites, nos lleva a confundirnos con todo, y en cuanto individuos, nos mata también, nos mata por exceso de vida. La razón, la cabeza, nos dice: ¡nada!; la imaginación, el corazón, nos dice: ¡todo!, y entre nada y todo, fundiéndose el todo y la nada en nosotros, vivimos en Dios, que es todo, y vive Dios en nosotros, que sin Él somos nada.”

La conclusión que don Miguel de Unamuno fija en el último capítulo es casi un resumen, algo romántico, que el poeta no puede soslayar, y lo antepone al filósofo, porque acaso él también se siente quijotesco: “Proverbial se ha hecho también en muy poco tiempo entre nosotros, los españoles, la frase de que la cuestión es pasar el rato, o sea matar el tiempo. Y de hecho hacemos tiempo para matarlo (…). “¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí descubro, pusiéralo o no Cervantes, lo que yo allí pongo o sobrepongo y sotopongo, y lo que ponemos allí todos (...). El fin de la Historia y de la Humanidad somos los sendos hombres, cada hombre, cada individuo. El individuo es el fin del Universo. Y el Don Quijote no puede decirse que fuera en rigor idealismo; no peleaba por ideas. Era espiritualismo; peleaba por espíritu. El más alto heroísmo para un individuo, como para un pueblo, es saber afrontar el ridículo; es, mejor aún, saber ponerse en ridículo y no acobardarse en él.”

Y en el final lo pone todo según era su real manera de expresarse: “A Dios no le necesitamos ni para que nos enseñe la verdad de las cosas, ni su belleza, ni nos asegure la moralidad con penas y castigos, sino para que nos salve, para que no nos deje morir del todo. Un hombre, un hombre vivo y eterno, vale por todas las teorías y por todas las filosofías. Y es de la desesperación y sólo de ella de donde nace la esperanza heroica, la esperanza absurda, la esperanza loca. El caso es buscar consuelo en el desconsuelo. Hay quien vive del aire sin conocerlo.”

A diferencia de Unamuno que no quería morir, o seguir viviendo más allá de la muerte, Borges si deseaba morir del todo: “Espero desaparecer definitivamente, enteramente, volver a ser nada”, se reiteraba en sí mismo. Puntos de vistas dos poetas-filósofos que siguen vivos en sus pensamientos y en sus inmortales obras.

Cuando concluyo, un amigo común me informa que ha muerto el entrañable poeta de la prosa Darío Falú, a quien debemos la magnífica novela Los papeles de Gardel y el volumen de cuentos El hombre que atrapaba mujeres, ambas obras editadas por Renacimiento de Sevilla. ¡Qué dolor tan grande! A él, devoto lector de Unamuno y Borges, dedico este texto.