Opinión

No sabemos lo que vamos a necesitar

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Jueves 02 de agosto de 2018

Viajo. Viajo y bebo ginebra, la mezclo con refresco de naranja, porque me da la sensación que tiene más frío dentro. Viajo solo, porque soy viajero y no turista, con poca ropa y muchos libros. Veo gente pasar, en los bares y por la calle, que es lo que se supone que hace todo el mundo durante estos meses. La calle, la gente, las miradas largas y las bebidas breves. Me entristezco, al contacto con cierto tedio o spleen decadente, la gente sigue con miedo. ¿Quiénes éramos antes de la crisis y quiénes somos hoy? La gente no tiene aquella alegría al gastar dinero. Bolsas de Primark, bolsas de Zara, bolsas de cosas que no valen más de veinte euros, bolsas que ya ni siquiera son bolsas, papel de estraza, como el de la posguerra, al que solo le falta un cordel duro y gordo, cruzado en cuatro partes. Se lo dicen las señoras unas a otras mientras beben limonada y sudan como pollos, algunas con plumas bajo la nariz y a la altura de las patillas, que podrían dejarse en forma de hacha para presumir de estar en el rock alternativo: “No sabemos lo que vamos a necesitar, guapa. Hay que llegar a la pensión con perras, porque de lo contrario te va a tocar pedirlas, lo que yo te diga”.

Los extranjeros sí gastan pero muchos en plan Magaluf y por ahí; muchos vienen con packs cerrados por trescientos euros a beber como animales y dejar el hígado negro como paté de oca. Vienen a defecar en la calle. Vienen a irse de putas entre muchos. Vienen a pegarse entre ellos o a otros. Vienen a tirarse al agua desde la azotea de los hoteles borrachos y desnudos. Vienen a comprar más y más bolsas de alcohol muy malo y barato. Otro tipo de jóvenes, por el día, divisas con libros, buscan letra viva en internet, periódicos y blogs, pantallas muy escritas que, debido a la distancia, no sabes bien lo que pone allí, y eso te anima, breve jovialidad mientras caes por el precipicio. Hacen planes entre ellos para el fin de semana, llegan más chicos, se juntan las pandillas grandes que todos hemos conocido en algún momento y visto en Verano azul y series por el estilo, la realidad española de la clase media durante muchos años. También se lo dicen los unos a otros, veloz como el susurro y sincero como el disparo a bocajarro: “Guardamos dinero porque no sabemos lo que vamos a necesitar”.

Persigues algo que te ha gustado mucho siempre, la raza resuelta y dinámica de los veteranos, da igual si es de la vendimia, de la banca o del comercio de hamburguesas. No, necesariamente, intelectuales o artistas, simplemente veteranos, aunque sí lo son mejor. Incluso en tal raza hay cansancio, toman menos copas, suspiran más hondamente, hay una pátina de pobreza en las camisas y pantalones, ropa de marca demacrada, algo vieja, deslucida, gastada. Estos veteranos ya no son los de antes. Incluso los más horteras o cursis, horteras de bolera y por ahí, ahora lo son menos. El cursi, el que se adorna innecesariamente y a pleno arbitrio, también está en mengua. Los veteranos se lo dicen entre bocanadas de tabaco rubio malo, tal vez como aquel Winston americano que se vendía de contrabando en los 90: “Estamos ayudando a dos hijos y no sabemos lo que vamos a necesitar”.

Se adosan, como te ven solo, los solteros de tu edad, en hospedajes junto al mar. Titulados, profesiones liberales, pagas/extra de por medio, y también te lo dicen de una manera muy urbana que, al principio, te interesa sin pausa y a lo bonzo: “¿No te das cuenta? Todo cierra. Examina tu calle, otra calle del centro, cualquier calle de cualquier ciudad. Lo que antes era una peluquería, hoy es un bar, mañana una tintorería, pasado un local de comida rápida a domicilio. Nada crece, todo muere, los locales cambian de vida porque mueren prematuramente”. Te sigues interesando por la conversación hasta llegar a lo malo conocido: “Gasto la mitad de lo que gano, a mí no me va a pasar lo de las preferentes ni la sangre de las hipotecas, ni los gilipollas del fondo filatélico, he visto mucho desastre colosal entre compañeros y no sabemos, te lo aseguro, lo que vamos a necesitar”.

En las siete ciudades marítimas visitadas, a mi aire, hay locales vacíos en primera línea de playa. Algo insólito, incomprensible. Preguntas por ello, suelen darte una información similar y aproximada: “Esta zona es para el verano, amigo mío, la gente en invierno está más para el interior, y de tres meses no se vive. Además, la gente se va del hotel o apartamento a la playa y viceversa. Poca gente toma copas, fíjate en las terrazas, más vinos y cervezas. Todos a lo barato”. Cuando creías que ya te podías librar llega el veredicto: “La gente no está de vacaciones sino muchos resguardados a costa de la familia, porque no sabemos lo que vamos necesitar”. Ves miedo por todas partes, bebes más ginebra con refresco de naranja y, cuando te dan ganas de cantar, prefieres no hacerlo, por si lo vas a necesitar más tarde.