En 2004, Pixar estrenó los Increíbles no ya para volver a sentar cátedra en la animación sino para entregar una película de superhéroes antológica. El listón estaba a un nivel casi inalcanzable. Así, se entiende que hayan pasado 14 años para encontrarnos con su secuela, el regreso por todo lo alto de Brad Bird a la animación.
Tras debutar en el largo animado en 1999 con la maravillosa El gigante de hierro, Bird saltó de Warner a Pixar para seguir creando en el guión y en la dirección joyas como Los Increíbles (2004) y Ratatouille (2007). Un genio que quiso demostrar su pericia con actores de carne y hueso trasladándose a rodar la cuarta entrega de Misión Imposible: Protocolo Fantasma (2011) y Tomorrowland (2015).
Así, como un hijo pródigo que se marchó oyendo la llamada de la acción real, la animación celebra la vuelta de Bird, sin que haga falta no ya el perdón, sino aclamar que lo haya hecho con esta Increíbles 2.
Como si no hubiera pasado el tiempo, la acción se sitúa en el mismo punto en el que acabó la primera, con la llegada del Socavador. A partir de ahí, Bird nos lleva a un viaje de acción trepidante y diversión para todos, si bien también plantea ciertos dilemas en el trasfondo sobre el poder, sus usos, limitaciones y su tratamiento mediático.
Para recuperar a los superhéroes en el servicio a la comunidad, es la matriarca de la familia, Elastic Girl, la que ha de protagonizar una campaña orquestada para tal fin por un multimillonario nostálgico de los tiempos de vino y rosas para los enmascarados. En el entretanto, Mr. Increíble es el que debe quedarse en casa para lidiar con el día a día de una familia que, a pesar de sus poderes, no deja de tener los mismos problemas que cualquier otra con un bebé, un chaval al que hay que encarrilar con las matemáticas y una adolescente encontrando el primer amor.
Con estos dos caminos, la película discurre como un rayo por las casi dos horas de duración en medio de un aroma sesentero en el que tienen cabida todo tipo de referencias: de las superheroicas y bondianas hasta el homenaje al slapstick con una memorable secuencia protagonizada por el robaescenas bebé Jack-Jack.