El mito de Ícaro tiene las horas contadas. Dentro de muy poco tiempo (entre el 11 y el 23 de agosto de este año) el ser humano podrá volar cerca del Sol sin quemarse gracias a la sonda Parker de la NASA, que se convertirá, Zeus mediante, en el objeto humano que más se acerca a nuestra estrella sin sucumbir en el intento.
Y no será precisamente un fugaz viaje de ida y vuelta, sino que orbitará alrededor del Sol durante 7 años, o lo que es lo mismo, 24 vueltas completas alrededor del astro, a una distancia de "tan solo" 6 millones de kilómetros"; prácticamente "al lado" en términos espaciales, dado que la distancia de la Tierra al Sol es de casi 150 millones de kilómetros.
Huelga decir que la misión Parker no tiene como objetivo dejar en ridículo al desdichado hijo de Dédalo, sino que, gracias a ella, los científicos aspiran a desentrañar varios enigmas científicos que rodean al astro rey, como por ejemplo, por qué su corona (la capa más externa de la atmósfera solar) alcanza temperaturas de hasta 50 millones de grados Celsius y, sin embargo, la superficie de nuestra estrella está a apenas 5.500 ºC...
Por aquel entonces, la comunidad científica se dividió (como suele ocurrir) entre partidarios y detractores de la hipótesis del viento solar ideada por este investigador. Serían necesarias cuatro misiones espaciales rusas y siete estadounidenses para resolver la controversia. La prueba definitiva se obtuvo en 1962 con los datos de la sonda Mariner 2 en ruta hacia Venus. Parker tenía razón.
Hoy sabemos que el viento solar es una corriente de partículas cargadas de hidrógeno y helio (fundamentalmente) que tienen su origen en la corona solar. El Sol eyecta 800 Kg por segundo de este flujo de plasma, que es capaz de alcanzar velocidades ultrasónicas, de entre 200 y 889 km/s, a su paso por nuestro planeta y llega más allá de Plutón. Cuando se producen explosiones violentas en la corona, la potencia del viento solar aumenta considerablemente, dando lugar a las llamadas "tormentas solares", eventos capaces de freír nuestras sondas y satélites.
No obstante, los terrícolas no tenemos nada que temer puesto que nuestro planeta está protegido del viento solar por la magnetosfera, una región magnética invisible que desvía estas partículas, impidiendo que impacten directamente sobre la atmósfera o la superficie terrestre. Como mucho, si el viento solar es muy potente, dará lugar al fenómeno de las auroras, observables fundamentalmente desde los polos, debido a su potente atracción magnética.
Aunque hemos ampliado enormemente nuestro conocimiento sobre el viento solar aún ignoramos en qué punto adquiere esas grandes velocidades que lo catapultan hasta los confines del Sistema Solar. Y ese será uno de los objetivos de la misión Parker ¿Adivinan de dónde viene el nombre?
Pero el enigma que trae de cabeza a los investigadores solares y que la misión Parker tratará de desentrañar, es el de la variación térmica de la corona solar.
La corona solar es la atmósfera de la estrella y no puede observarse a simple vista ni con un telescopio normal. El único momento en que se puede ver es cuando se produce un eclipse solar total, es decir, cuando la Luna se interpone entre la Tierra y la estrella. Cuando esto sucede la corona solar (en la imagen) forma un gran anillo luminoso observable a simple vista, siempre con protección para la radiación.
Esta zona del astro se extiende casi un millón de kilómetros desde la fotosfera, tiene una densidad 1.000 millones de veces inferior a la atmósfera terrestre y su temperatura oscila entre 1 y 2 millones de grados centígrados, aunque puede alcanzar puntualmente hasta 50 millones de grados. Este último punto, contrario, a priori, a las leyes de la Física, es el que los científicos no terminan de explicarse. ¿Cómo es posible que la atmósfera solar sea entre 150 y 450 veces más caliente que la superficie?
La explicación más extendida, aunque no confirmada, atribuye este enorme y, en principio, contraintuitivo calentamiento, a millares o millones de 'nanoexplosiones' capaces de calentar el material solar en la atmósfera, alcanzando temperaturas de hasta 50 millones de grados centígrados. Una hipótesis que, curiosamente, coincide casi punto por punto con la ofrecida por Eugene Parker a finales de los ochenta; y que ahora tratará de confirmar la sonda que lleva su nombre.
Con estos objetivos en mente, la NASA ultima ya los preparativos para que Parker deje atrás a Ícaro, consiguiendo por fin volar cerca del Sol sin achicharrarse. La misión, que se lanzará entre el 11 y el 23 de agosto de 2018 desde el centro Kennedy de Cabo Cañaveral, tiene una duración prevista de 7 años, en los que la sonda dibujará 24 órbitas alrededor del astro rey.
No sólo será el objeto humano más rápido jamás construido (se espera que vaya a 700.000 km/h), sino también el que pase más cerca del Sol: a unos 6 millones de kilómetros, en sus últimas tres vueltas; siete veces más cerca que el actual poseedor del récord, la nave espacial Helios 2, que llegó a 43 millones de kilómetros en 1976.
Para hacer frente a las temperaturas, de casi 1.400 ºC, la sonda va equipada con un escudo térmico de carbono de 11,5 cm de espesor, que mantendrá el interior de la nave a unos cómodos 30 ºC. Dentro de la sonda, un avanzado sistema de refrigeración alimentado, paradójicamente, con energía solar, se encargará de que todo permanezca fresco.
Parker carga cuatro sofisticados instrumentos con los que la NASA espera obtener nueva información del Sol: FIELDS, medirá los campos eléctricos y magnéticos alrededor de la nave espacial; WISPR será la cámara fotográfica de abordo; SWEAP estudiará el viento solar; y, por último, IOIS registrará partículas como electrones, protones o iones.
A falta de pocas semanas para el lanzamiento, que requerirá una energía 55 veces superior que la necesaria para llegar a Marte, la comunidad astronómica se mantiene expectante. Si todo va bien, el aparato entrará en la órbita solar a principios de noviembre, y poco después, comenzará a enviarnos información.
"Al estudiar a nuestra estrella no sólo aprenderemos más sobre el Sol, sino que también podemos aprender más sobre el universo, e incluso sobre el origen de la vida misma", comenta Thomas Zurbuchen, administrador de la Dirección de Misión Científica de la sede de la NASA.
Todos cruzan los dedos para que a Ícaro no le vuelvan a fallar las alas. Hoy, con 92 años, Parker, el hombre con el que todo empezó, y con el que todo puede terminar, lo tiene claro: "Seguro que habrá sorpresas; siempre las hay".