Opinión

El País: feliz cumpleaños y barra libre

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Diego Medrano | Lunes 06 de agosto de 2018

El diario gubernamental por excelencia, El País, llegó ayer a los quince mil ejemplares. Cuarenta y dos años de historia y más de un millón de toneladas de papel. Araguren puso el marbete: “El intelectual colectivo”. Vidal Beneyto cifró su temperatura: “La referencia dominante”. Después de soplar las velas ruego zambullirse, a calzón quitado, en las páginas efervescentes del argentino Luis Balcarce: Prisa. Liquidación de existencias (Foca). Alfonso Rojo, Graciano Palomo y Raúl del Pozo bendicen el texto. Periodismo del bueno: gabardina y bloc de notas, seguimiento de la noticia sin levantar el olfato de la acera, prosa convulsa y sin concesiones. Los muñecos mudos en todo su esplendor (Juan Cruz, Javier Díez de Polanco, Pedro Zuazua, Barbara Manrique de Lara, Augusto Dekálder…) junto a los millonarios custodios (Massoud Zandi o el puro caviar iraní, Isidro Fainé o los fajos prietos de La Caixa, Roberto Alcántara y sus cien kilos de su Méjico Lindo y Querido, Carlos Kinder, etc) y siempre, siempre, al fondo del callejón el gallo de la cresta colorá y las barbas de espino blanco: Juan Luis Cebrián.

El libro arranca como el mayor petardazo. Polanco muere a los 77 años, deja una fortuna personal superior a los dos mil millones de euros y Cebrián, el gato rojo, se convierte en consejero delegado de PRISA y fiel capataz del magnate. El libro empieza con las visitas de Cebrián, sí, a la clínica Ruber y cómo se carga al primo, Javier Díez Polanco, y cómo los hermanos Ignacio y Manuel Polanco miran para otro lado: uno tartamudo, por lo que no era apto para el papel cuché; el otro, si no era retraído, se le convenció de que lo fuese. El libro empieza con una frase digna de Hollywood: “La única de los hermanos Polanco que tenía cojones era Isabel”. Se llega a una conclusión digna de Galileo Galilei en el despacho de Cebrián: “Los hijos han de heredar el patrimonio pero no la gestión”. Luego, poco a poco, todo miel sobre hojuelas. El libro, señores, empieza en la página 28 con el siguiente poema digno de Bécquer: “Los hijos, afrentados y sin grandes cualidades, se aliaron con Cebrián, y ya no sé si por la separación de los Barreiros (que le afectó mucho), por su desconfianza hacia el negocio televisivo (fue un hombre de imprenta) o por los largos prolegómenos no detectados de su enfermedad, Jesús se desmayó en brazos de su consejero delegado”.

La bicoca era dulce y suculenta: Sogecable (que engloba la plataforma audiovisual Digital+ con más de dos millones de abonados, y el canal en abierto Cuatro), la Cadena Ser (cuatro millones de oyentes), la editorial Santillana (aquí y al otro lado del charco), El País (al que Polanco llama, cariñosamente, el Cañón Berta, por cuanto imponía el terror en políticos, empresarios y todo aquel que le echara un pulso). Todo un holding (donde muchos gobiernos pasados y presentes son uno más) que desde el año 2000 cotiza en bolsa, suma una capitalización de 3.500 millones de euros, un beneficio neto de 230 millones y la larga deuda, alargada como la sombra del ciprés de Delibes, que supera los 5.000 millones de euritos sonantes y fríos.

El libro empieza con la fanfarronada del gato rojo: “Prisa soy yo”. Con sus memeces palmarias: “Si se quiere ser global hay que tener tamaño, y eso es imposible con una familia o grupos de amigos como únicos accionistas”. El pacto de sangre entre Polanco y Cebrián, la historia oculta del asalto al poder por parte de Polanco en su accionariado, la verdadera operación Trevijano y cómo éste pierde el poder frente al magnate, la cacicada o “antenicidio” con Felipe González de por medio y las elecciones que así gana, el papel esencial de Garzón en la llamada “Tijuana Connection”, la confesión estremecedora de Gómez de Liaño (“Hubo jueces que recibieron distracciones por parte de Polanco”), el 11M informativo de la Cadena Ser, los engaños y desengaños del gobierno del PP hasta lo de “Aznar, asesino” en la calle Génova y lo más jugoso, lo que todos sabemos hasta el hartazgo, la pancarta polémica: “(…) analizaremos cómo PRISA fue rescatada por el establishment político y empresarial español a fondo perdido, rescate patrocinado por un Gobierno del PP que necesitaba a El País como punta de lanza contra el golpe separatista catalán; y cómo fue la batalla final entre los fondos buitre y un Juan Luis Cebrián que se atrevió a decirles a la cara Prisa soy yo”.

El libro señala y libera el matonismo habitual de la casa, un Cebrián amenazando a Alsina fuera de antena durante una entrevista (“Vamos a tener que publicar el patrimonio de la familia Lara y de Mauricio Casals a ver si os tranquilizáis”) y sigue la pista de la consiguiente “despolanquización” de la empresa hasta su “cebrianización” absoluta. Una historia muy romántica, entre Shakespeare y El halcón maltés con mucho tabaco malo y ginebra buena de por medio. Retrato, con flash, por supuesto, de los palmeros habituales: Iñaki Gabilondo, Javier Moreno, Pradera, Ferrer Molina, Rubalcaba, Felipe, etc. Una cata merece la pena, les dejo con la golosina, soplen las velas y pidan su deseo: “Cebrián fue incapaz de predecir que la tierra prometida no estaba en el fútbol sino en las redes sociales y los móviles. Cuando lo descubrió, ya era demasiado tarde, a juzgar por sus declaraciones: Los periódicos somos zombis. Ya nos hemos muerto. Lo que pasa es que, como buenos zombis, nos negamos a admitirlo. Cuando me preguntan cuándo van a morir los periódicos, les digo que ya estamos muertos”. Todo cojonudo, sí, lo que pasa es que ellos tuvieron más vitamina y resurrección que ningún otro, y siempre por parte de los Poderes Públicos, y esas siglas tan entrañables de PPSOE, que para hacer negocios no se pisan, no se muerden y meten la lengua en los besos hasta el telón absoluto de la boca y más atrás. Corran a por el libro, no pierdan tiempo, es un ventilador estupendo para las fechas actuales.