Opinión

Otra Marbella

TRIBUNA

Jorge Casesmeiro Roger | Viernes 10 de agosto de 2018

El turista llega a San Pedro Alcántara, municipio de Marbella, provincia de Málaga, Andalucía. Uno se despierta en esta esquinita del orbe y resulta que podría estar sobre Cilniana, Itinerario Antonino, entre Malaca y Gades. Es decir, que estando en Marbella uno va y se tropieza con Roma.

Y la cosa no ha hecho más que empezar. Porque esta tenencia de alcaldía marbellí, que entre el labio de mar y la Sierra Blanca tiene un envidiable paseo martítimo de palmeras y naranjos, atesora una auténtica milla de oro en patrimonio arqueológico, industrial y subacuático. Pues cuenta con unos singularísimos baños romanos del siglo II (las Termas de Las Bóvedas), los cimientos de la que posiblemente sea la primera basílica paleocristiana de España (la Basílica de Vega del Mar, siglos V-VI), y una de las seis almenaras o torres vigía del siglo XVI que bordean la Costa del Sol (la Torre de Las Bóvedas).

También conserva una fábrica de azúcar pionera en mecánica aplicada a la agricultura (el Trapiche de Guadaiza, de 1827, hoy centro cultural) y vestigios en pie de uno de los primeros altos hornos civiles de España (la Ferrería La Concepción, de 1826). O en pleno casco urbano el Cortijo Miraflores, una casa de campo de 1706 habilitada para trapiche y molino que hoy hace las funciones de museo y sala arqueológica municipal.

Pero si uno prefiere delicias del mar, deguste en las playas de San Pedro sus sabrosos espetos y frituras de pescado, teniendo en cuenta que frente a ellas reposa el mayor pecio que consta en la zona. Los restos de un buque militar del siglo XVIII, de sesenta metros de eslora, que pudo haber formado parte de la escuadra franco-española en la Batalla Naval de Marbella (1705) durante la Guerra de Sucesión.

Aunque no fue una guerra lo que devastó Cilniana, sino el terremoto del año 365. Al maremoto que lo siguió, y al seísmo del año 526, se atribuye la destrucción del asentamiento romano y de la célebre basílica. No será ya hasta el siglo XIX, cuando en su derredor florezca la villa de San Pedro a partir de una colonia agrícola fundada por el general Manuel Gutiérrez de la Concha (1808–1874), liberal moderado y primer marqués del Duero, que pasa por ser uno de los espadones de la época.

Atrás quedaba Cilniana, sepultada en tierra pantanosa y abandonada por el paludismo. Pero a principios del siglo XX el litoral fue reforestado con eucaliptos para desecar el terreno y ganarlo así a la villa. Es entonces cuando emerge el yacimiento de Vega del Mar y se suceden las campañas arqueológicas: desde el descubrimiento de Martínez Oppelt (1916) hasta las últimas Carlos Posac en los años 70 y 80; pasando entre otras por la de Pérez de Barradas, que en 1930 fue el primero en delinear la planta de la basílica.

Levantada esta sobre una necrópolis del siglo III, el edificio presenta ábsides contrapuestos al estilo norteafricano, destacando en su interior un asombroso baptisterio cruciforme para el rito por inmersión. Una de las poquísimas piscinas bautismales paleocristianas que quedan en el mundo, y además una de las mejor conservadas.

Claro que para piscinas la que chivaron a Posac en 1960, a 3 kilómetros de San Pedro: “Caven por ahí, que hay gresite”, le dijo un vecino de Puerto Banús. Y resultó que el gresite eran teselas de la Villa Romana de Río Verde, un domus de los siglos I-II de características únicas precisamente por su mosaico gastronómico (culinarium), que conforma un verdadero friso costumbrista.

Una historia ejemplar y emocionante, la de este hallazgo. Y un investigador muy querido y respetado, Carlos Posac Mon (1922-2015). Nacido y criado en Cataluña, escolarizado luego en Melilla, Posac fue alumno de la gran academia de Clásicas en el Madrid de la posguerra, decantándose hacia la Arqueología por influencia del discípulo de Bosch Gimpera que le autorizó las excavaciones de Río Verde: Martínez Santa-Olalla.

Intrahistorias y entrecruzamientos de España. Vidas de otra Marbella. La de la huella romana, paleocristiana, visigoda y reconquistada. Donde el tiempo y el suelo de los hombres se mezcla con el de los dioses. Uno comprende, viajando por estas tierras, que los nuevos patricios hallan echado aquí raíces. Es un vergel que mueve a la alabanza. Pero como siguiendo la tradición española no hay alabanza sin lamentación, elevo aquí la mía al Ayuntamiento de Marbella y a la Junta de Andalucía sin merma de optimismo:

Tiene San Pedro, señores míos, tesoros por pregonar. Pónganse ya de acuerdo para lucirlos como merecen. Coloquen paneles donde no los hay. Cambien los que están rotos. Limpien lo que está sucio. Instalen una oficina de información en el paseo y repartan guías hasta en noruego. Y a falta de centros de interpretación den a los empleados que muestran estas plazas el ajuar que tiene hasta el aparcacoches de enfrente: sombra, silla y mesita.

Me cuentan que ya está planeado extender el fabuloso paseo de San Pedro hacia las playas de Linda Vista y Guadalmina, que es donde están estos loci. ¡Háganlo sin falta! Quiten barreras, labren accesos, tiren aceras; peatonalicen la cosa como Dios manda. Al pueblo lo que es del pueblo. Abran Cilniana al mar y que se vea. Que deslumbre. Que se peguen las empresas culturales por asentar sus ciclos en el enclave de Las Bóvedas. Que el personal lo transite en cinco idiomas sólo por el placer de contemplar tanta belleza. O diseñen visitas de realidad virtual a la basílica, autos sacramentales… Qué sé yo. Cualquier cosa menos otra discoteca.

Prendo esta tribuna-almenara entusiasmado por lo que he visto, y puede llegar a ser, este rincón pompeyano de San Pedro Alcántara. El turista ha comprendido que era más que un turista. Era un catecúmeno accidental y ha recibido su bautismo. Es lo que pasa cuando uno va a la Costa del Sol con los ojos abiertos. Que toma su baño de luz y vuelve a casa ilustrado. Por su clima, por sus gentes, por el resplandor de su gresite.