Opinión

La crueldad rejuvenece a Manuel Vilas

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Viernes 10 de agosto de 2018

No es exactamente una novela: Ordesa (Alfaguara). Lleva diez ediciones en España, lo que es un logro. Tiene mucho, ya digo, de diario, de memorialismo, de anotaciones o letanía acerca de los padres muertos, la ausencia del alcohol, la crisis económica, la pobreza, presente de drama y falta de perras. La adjetivación es casi invisible, no hay joyería verbal, sin embargo, a mi pesar, el texto es permeable, comunica. Manuel Vilas se abre en canal, se saja y taja, no tiene piedad consigo mismo y ello lleva a unas palabras viscerales, rotundas, ajenas a la clemencia. Mucho de la novela son enumeraciones, cascadas de imágenes, más o menos líricas o rotundas, en presente de ruina, donde la ausencia de padres es la mayor presencia.

El retrato es el de la clase media española, sin edulcorar, al sesgo, con temperatura de texto seco, cortado a navaja: “Era la pobreza lo que me hacía temblar de miedo. Y al miedo me dio por llamarlo ternura”. La confesión de la pobreza parece inmoralidad, algo repudiable, una afrenta, sin embargo Vilas extrae de ahí el máximo encanto, el retrato de unos padres con el franquismo al fondo donde la mayor proeza es la minucia cotidiana y diaria. El divorcio, el alcoholismo, el fracaso, el tiempo anodino que pasa y del que no se habla, son los límites de un texto que respira por sí solo. Los padres muertos duermen con el protagonista y son loa o recuerdo de sí mismo.

Tomemos un ejemplo: “Mi padre muerto duerme conmigo y me dice: Ven, ven ya. Los muertos están solos, quieren que vayas con ellos. Pero ¿adónde? No existe el lugar en el que están. Los muertos no saben dónde están. No saben decir el nombre del lugar en el que están. Pero el cadáver de mi padre es cuanto conservo o cuanto poseo en este mundo. Está junto a mí. Dirige su cadáver las grandes devastaciones de mi vida; gobierna su cadáver en mi cadáver; en la oscuridad de mi cadáver la oscuridad del suyo alienta fuertemente, administra su cadáver la luz de mi cadáver; su cadáver es un maestro que enseña a mi cadáver la desconcertante alegría de seguir existiendo desde el cadáver, región olímpica, región de la liga de campeones, la Champion League, región de emociones ya sin tiempo y sin historia, emociones muertas que sin embargo perseveran sin cometido”.

Las frases son cuchillas de afeitar, el retrato de la pobreza enseña a vivir de otro modo, las emociones negras son otra supervivencia. El desamparo, la ausencia de unos padres que lo fueron todo, la falta de una pareja, unos hijos que acompañan pero no sustancian, son el reto de una novela que es retrato sin piedad. Hay fotos, como en la Nadja bretoniana, y hay un lirismo muy a pie de calle, sin metáforas, donde el lenguaje sin lujo, frío y profundo, cauteriza y cierra las mayores heridas. Tomemos otro ejemplo: “Todo alcohólico llega el momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves. Y resulta que acabas amando mucho a tu propia vida, por insípida y miserable que sea. Hay otros que no, que no salen, que mueren. Hay muerte en el sí al alcohol y en el no al alcohol. Quien ha bebido mucho sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo. Acabas viéndolo todo mejor, si luego sabes salir de allí, claro. Beber era más importante que vivir, era el paraíso. Beber mejoraba el mundo, y eso siempre será así”. El pánico es la soledad y ese miedo otro misterio enorme.

La novela, falsa novela, tiene la temperatura de los ansiolíticos y una falta, la de los padres, ya superados los cincuenta o a punto, que lo convierte todo en ruina. Vilas llama pobreza al desamparo, la pobreza como estado moral, y esa honestidad innecesaria es la que precipita las palabras, saquea un mundo y lo pone encima de la mesa de disección. Ordesa es autopsia, pero, mucho más, dignidad. La mentira de la vida es la verdad del libro y viceversa. El luto es asilo y la mayor belleza es enumerar la ruina. Manuel Vilas lo deja todo por la literatura, todo por las palabras, la vida de un profesor de Secundaria al que el arte combinatoria del verbo da otra vida.

Todo, una bolsa de patatas Matutano, el retrato del padre recién afeitado y perfumado, la compra del microondas o lavavajillas más barato del mercado, tiene la temperatura de lo heroico y la leyenda. Ordesa me ha hecho fanático de Manuel Vilas para toda la vida. Todo es amarillo, como una foto antigua y nada cansa. La lucha cotidiana por sobrevivir vence la mínima pereza. El capricho es seguir vivo cuando la vida no se ama por entero. La culpa serpentea por el fondo del texto e ilumina los dramáticos fondos abisales. El fracaso es conciencia de decrepitud y eso, por sí mismo, da cuerpo a otra vanguardia: “El problema de la pobreza es que acaba transformándose en miseria, y la miseria es un estado moral”. Pura alegría.