Pedro Sánchez se reúne con Ángela Merkel en Doñana. Tienen razón los que dicen que el mes de agosto es el mejor mes para trabajar. Además, el lugar es de los más adecuados: ninguna patera alcanzará la magnífica finca de Doñana ni su palacio de las Marismillas, construido por el bodeguero de Jerez, Guillermo Garvey.
Pero la tranquilidad y el sosiego son meras apariencias. Los dos mandatarios están al borde del abismo político: dependen de las coaliciones. Merkel está pendiente de la CSU bávara y de Alternativa para Alemania (AfD) que le está quitando el terreno según las encuestas. Sánchez, por su parte, una vez agarrado al poder tampoco se encuentra dispuesto a convocar las elecciones, aunque esta solución es la más democrática. Los demás partidos callan, porque tampoco les conviene enfrentarse a las urnas ni perder el mes de vacaciones. Mientras la oposición está conforme con su posición y perspectivas, los líderes del PSOE como Emiliano García Paje y Susana Díaz no quieren jugársela en sus feudos. Son políticos profesionales que intuyen por dónde se acerca el peligro y critican las proclamas de Sánchez y su cuadrilla sobre la retirada de vallas en Ceuta y Melilla, la sanidad universal y su absurda política inmigratoria que inundó Andalucía con la llegada incontrolada de los ilegales. El gobierno de espectáculo empieza a pasar la factura. Todos estos políticos, españoles y europeos, gobernantes y opositores, comparten una peculiar noción de la política que ya no se ocupa de la vida de la nación, sino su cuestión central es cómo cada uno puede salvar su propio pellejo. No hay más perspectivas ni planes a largo plazo.
La miseria de los políticos no sería tan completa, si no la taparan tan mal y con tan poco ingenio los medios de comunicación. Frente a la incapacidad de los políticos de resolver el problema de la inmigración masiva, los periodistas les bailan el agua diciendo que el problema no son los migrantes sino los xenófobos de Europa. A pocos se les pasa por la cabeza investigar el papel de las ONGs en el tráfico de los pobres inmigrantes. Se sabe que ellos pagan mucho dinero para cruzar el Mediterráneo, pero nadie se ocupa de quién lo cobra. Todo queda en sostener que hay que traerlos a Europa para el “bien de la humanidad” y cualquiera que empiece a matizar hay que tacharlo de xenófobo. No obstante, este planteamiento poco inteligente lo único que hace es ocultar la realidad: Merkel, Sánchez y todos los demás buenistas pueden reunirse cuanto quieran, pero no podrán discutir con el bloque de países que han puesto píe en pared y ya controlan al margen de la UE sus fronteras con mucho celo. Los países del Este e Italia están demostrando que la inmigración puede ser controlada para el bienestar de sus ciudadanos. No es, pues, cuestión de xenofobia, sino de sentido común. Pronto Austria asumirá la presidencia de turno de la Unión Europea y veremos qué proyecto de Europa seducirá más: el de Sánchez y Merkel del reparto de refugiados de aquí para allá o de las fronteras controladas y las políticas de migración claras y basadas en necesidades reales de cada país.