Creo que la escritura actúa siempre por oposición a la lengua. Es casi un absurdo decir de alguien qué bien habla ese hombre. Como si la gente hubiera perdido una forma de singularidad que la lengua no retuvo al vulgarizarse. En el fondo si a la audiencia le parece bien el habla de un individuo casi podría defenderse la existencia de un estilo dentro de una determinada manera de hablar. Ese hombre, el hombre bien hablado, no necesitaría recurrir a la escritura, y si lo hacemos es porque tenemos la convicción de que gracias a ella obtendremos algo que la lengua no nos da: nuestra propia lengua, la lengua interior.
En muchos casos la lengua, al ser común, es una cárcel, un recinto cerrado del lenguaje, para comunicar cosas que están en la boca de todos, y que transforman la comunicación en un callejón sin salida. La pasión de los gramáticos de la lengua por que todos hablemos la misma lengua produce un extraño devenir patológico, pues siempre nos podríamos preguntar cómo ha de hacer un maestro en la escuela para que, enseñando la misma lengua, enseñe a cada uno, a cada persona, a hablar la suya propia, esto es, producir diferentes hablas dentro de la misma lengua.
En la calle, en el trabajo, en todas partes, la lengua, al no ser mía, es como la lengua de los demás, la de los otros. Los otros no superan su lengua, no la desestructuran, no la rompen ni superan. Una lengua produciendo el mismo lenguaje en todos sus hablantes da como resultado un pensamiento igual. Imaginemos a todos los instrumentos de una orquesta tocando la misma sintonía, el mismo sonido. La música es lo otro, es el estilo, la escritura. Cada grupo de instrumentos eligen una sintonía diferente. Si la lengua avanza y produce pensamiento es porque algunas personas hablan su propia lengua, esa que no es dictada por la Norma.
Hablando con el público siento que la lengua me somete a una estaticidad lingüística que arremete contra mi dignidad. Pero si me dejan hablar entro en una libertad tal que puedo incluso hacer lo mismo que estoy haciendo ahora, ir contra la estructura inamovible de la lengua. Hacer al hablar lo mismo que hago aquí ahora, introducirme en el límite del lenguaje. Para que una lengua sea rica, verdaderamente rica, el hablante tendría que establecer con ella unas pautas de conducta que no estuvieran dictadas por los gramáticos. El normalizador lingüistico, además de enseñar la lengua de la tierra, debería enseñar a cada niño, a cada hombre, a hablar su propia lengua, la lengua que cada uno lleva dentro de sí mismo. Pues, como diría Emilio Lledó, ninguna palabra tiene ningún sentido fuera de la persona que la pronuncia.
He notado que no me siento a sabor cuando comparto mi lengua con la de los demás. Al ser la misma lengua me detraigo, comprendo que he de hallarme a la altura de mi interlocutor. Me sirvo de sus mismas palabras, adjetivos, lo que me impide establecer metáforas, metonimias, interjecciones. Cuando uno habla el mismo lenguaje que su interlocutor, uno está perdido. De manera que cuando me dirijo a un público amplio trato de hablar sólo mi propia lengua. Yo pongo las pausas, pues sé que no me interrumpirán. Yo establezco la correlación emocional, pues me hallo dentro de un escenario. Yo decido el estilo directo o indirecto, pues acepto la mayéutica. Y este control del discurso es lo que me hace libre.