Opinión

Matrimonio sacerdotal a la ortodoxa

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 16 de agosto de 2018

Estoy hasta la coronilla del tema. Sacerdotes católicos de todos los niveles y prelaciones: si no pueden honrar su voto de castidad y amarrarse el pizarrín, ¡renuncien al ministerio! ¡pero no fastidien rompiendo el celibato con conductas non sanctas! Y encima favoreciendo el encubrimiento que se intenta subsanar con un grosero pedir perdón, mientras brotan nuevos casos peores que los anteriores.

O es que toca discutir profunda, responsable y concienzudamente las reglas del sacerdocio católico, lo que permita cambiar los cánones de la Iglesia católica y se resuelva así el debate sobre el celibato, porque ha sido un lastre de siglos que hoy está muy evidenciado y ahonda el descrédito de tal congregación, lo cual no es necesario padecer. No puede tenerse por respuesta el “que se queden los elegidos”. No, hay un severo problema de fondo y golpea la pureza de esa iglesia.

El nuevo escándalo de abuso sexual de sacerdotes católicos en Pensilvania –acompañado del deje de anticlericalismo que despierta, sumado el sesgo de informar que se trata de setenta años de investigaciones– coloca de nuevo en la palestra el tema de la conducta torcida de algunos sacerdotes católicos. Y mancilla a los que sí se apegan a la norma y se comportan correctamente conforme a ella. Los de Pensilvania no son otros casos aislados, otra vez. Ya es recurrente y por lo tanto, reprobable lo que lleva años denunciándose en muchas partes. Y a lo que no se pone remedio, porque no se atiende su causa.

Si se nos dice que es un asunto de relajación moral, estamos hechos. Porque si el ministro de culto es el puente entre Dios y el Hombre, relajado moralmente augura el desastre de la congregación. ¿Queremos ser conscientes de ello?

No me sirven respuestas tales como “Dios los juzgará”, “Dios los ayude” “Recemos por ellos”. La iglesia merece reprobar y señalar a esos falsos ministros. Sin hipocresías, de forma directa y con dedo flamígero. Y la ley humana juzgarles como corresponde. En esta vida. Así que nada de llamar apostatas ni herejes o de abjuraciones para descalificar a los denunciantes, sino que se trata de fieles que no toleran más un ministerio cuando se pervierte y se pudre y no lo merecen.

El tema tiene muchas aristas y me limito a reflexionar sobre alguna de ellas: Por principio de cuentas se pone en cuestionamiento otra vez el mandato clerical del celibato. Ya se han dado tantas explicaciones acerca de su procedencia y conveniencia, que apenas destacaré una: al morir el sacerdote, sus bienes no se disgregan, sino que pasan a la Santa Madre Iglesia. Sea o no verdad, tiene sentido. Otra postura señala que el celibato obedece a la entera entrega al servicio y amor a Dios. Va, suma.

Que si Cristo mandó seguir el celibato, eso ya se sabe que está algo en entredicho. Hurgando me encuentro que el Concilio de Elvira propuso ya lo siguiente: “Se ha decidido por completo la siguiente prohibición a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio: que se abstengan de sus mujeres y no engendren hijos; y quien quiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía” y que el de Nicea, clave en la construcción del catolicismo, ya refrendaba esta decisión. La medida pinta más a razones mundanas y a visiones de conveniencia litúrgicas y espirituales que divinas. Dicho de otra manera: esboza una acción creada por el Hombre, no por Dios.

Muy bien, entregarse a Dios únicamente, es válido y renunciar a lo mundano, va. Entonces, si es el caso ¿a qué viene tanta pederastia, desfloración a mancebos y doncellas y demás debilidades de la carne y del espíritu desde los sacerdotes? A lo largo de los siglos por tales u otras causas, constantemente se reclama a los ministros de Dios que se comporten y no inflijan su labor sacerdotal y sus votos.

Ergo, tal como está dispuesto el dogma vigente, de no poderse cambiar, sería la ocasión de dos acciones. Una, advertirle al clérigo que si no puede comportarse y abstenerse de tener una vida sexual, renuncie a los hábitos y santas pascuas. No se puede pretender ser presbítero bajo las reglas actuales, abusando sexualmente de los fieles desde su condición ministerial traicionada por la humana para disponer de tales, mientras se apela a un perdón divino de último momento antes de la muerte o de plano se minimiza las consecuencias que atraiga semejante conducta reprobable, si es que seguimos fielmente los mismos cánones del culto católico.

La Iglesia católica no necesita semejantes escándalos crecientes, después de todo. Para donde uno mira, Irlanda, Estados Unidos, Australia, México…los casos son constantes, ineludibles e interminables. Los sacerdotes se apartan de su compromiso, el que libremente asumieron, y violentan sus dogmas.

Dos. ¿Acaso es menester ya que la Iglesia católica aborde de una vez el tema? El mandato del celibato, existente más por interpretación humana de la palabra divina que por un verdadero mandamiento de Dios, parece hacer agua por todas partes. Si usted por respuesta a mis airadas palabras me dice que entonces es más que cierto el mandamiento que marca que serán muchos los llamados y pocos los elegidos, no habrá entendido el problema de fondo: la complejidad de abstenerse del sexo exigida a los ministros de culto católico. No es cosa de tentaciones y de no caer en ellas. Es cosa de responsabilidad desde el seno de la Iglesia y es apremiante que se aborde el asunto con seriedad y valentía. Porque mirar hacia otro lado o callar, solo conducirá a que ya podemos esperar más denuncias, mas tribunales, más perdones papales y más de lo mismo, sin que nadie quiera responsabilizarse mundana y espiritualmente de lo que considera sagrado, como son los votos sacerdotales. Porque se predica con el ejemplo. O es que no lo son o es que nos los tomamos a chunga.

Y la Iglesia católica ya no está para más chunga proveniente, para colmo, de sus propios ministros. Le han hecho un daño superlativo con su desenfreno sexual y no quieren enterarse ni ellos, sus protagonistas, ni los fieles que callada y sumisamente se niegan a señalar, a denunciar y a exigir mejor conducta de sus propios guías espirituales que, para colmo, lo son. Es una vergüenza que todo buen católico no debe callarse y sí debe censurarla abiertamente. Justo en pro de la grandeza que corresponde a la propia Iglesia. Justamente por esa razón que bien dibujaron sus esclarecidos doctores, tan católicos como estos, sus fieles cómplices por activa o por pasiva.

En la reboruja de búsqueda de soluciones realistas pienso si la que nos enseña la Iglesia ortodoxa rusa sea viable y nos recuerda que el paleocristianismo que se honran en conservar, predominara para bien. Es un punto medio: si el ministro de culto desea pareja y casa, que permanezca en los bajos niveles de la jerarquía. Si desea ascender en ella, que renuncie a tal. Pienso que es una magnífica solución salomónica que deberíamos ponderar los católicos. Yo estoy harto de escándalos sexuales y de fieles complacientes que callan y miran para otro lado. ¿Y usted?