Opinión

La Primavera de Praga (1968)

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Jueves 16 de agosto de 2018

Checoslovaquia fue uno de los sufridos países que en la Segunda Guerra Mundial sufrió las agresiones del nazismo, para después terminar bajo la égida del comunismo. Lo que en un principio parecía una liberación terminó transformándose en una nueva forma de sujeción, ahora bajo el dominio de la Unión Soviética.

Sin embargo, en 1968, hace exactamente 50 años, tuvo lugar ahí la famosa Primavera de Praga. Se trataba de un esfuerzo interno por construir lo que en su momento se denominó un “socialismo con rostro humano”, que superara la lógica del totalitarismo comunista y permitiera una nueva expresión política. La situación era muy difícil, pues se daba en el contexto de la Guerra Fría, y también porque en el Pacto de Varsovia existía la obligatoriedad de apoyo en caso de que alguno de sus miembros estuviera siendo amenazado. Por otra parte, existían algunos antecedentes dolorosos y sangrientos, como el de Hungría en 1956, cuando la rebelión terminó con la invasión de tanques soviéticos y el fin de cualquier intento de terminar con el régimen comunista en este país.

Precisamente entre los sucesos de 1956 y los de 1968 había surgido un revisionismo en Europa del Este -y también en los comunistas de Occidente. Como recuerda Tony Judt, esto “dio lugar a la ilusión en el Este de que era posible, y merecía la pena, conseguir un cierto espacio, cuidadosamente delimitado, para la disidencia” (en Pensar el siglo XX, Madrid, Taurus, 2012). Lo que podría parecer una minucia, en el yugo del totalitarismo parecía un espejismo digno de esperanzas. Es lo que estuvo, en buena medida, presente en los sucesos de Checoslovaquia.

A comienzos de 1968 el Comité Central del Partido Comunista Alexander Dubcek como primer secretario general. Tenía 47 años y era del ala reformista. Paralelamente, surgieron mítines y demandas por poner fin a la censura y ampliar la libertad de prensa, así como investigar las purgas de la década precedente. En marzo el PC adoptó su nuevo Programa de Acción, el mencionado “socialismo con rostro humano”, que abriría el paso a nuevos partidos políticos y a futuras elecciones, en una transición de diez años. En la práctica era terminar con el régimen comunista tal cual se conocía tras la Cortina de Hierro, representando una “tercera vía” de socialismo democrático, desconocido en la órbita soviética.

Como era previsible, Moscú no podía permanecer indiferente en esta situación, que podía alterar todo el sistema que se había edificado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Esto implicaba tomar medidas concretas de carácter militar, y a comienzos de agosto se anunció la doctrina Breznev, por el jerarca soviético que la enunció: “Cada partido comunista es libre de aplicar los principios del marxismo-leninismo y del socialismo en su propio país, pero no es libre de desviarse de dichos principios si quiere seguir siendo un partido comunista… El debilitamiento de cualquiera de los vínculos dentro del sistema mundial del socialismo afecta directamente a todos los países socialistas, que no pueden mostrarse indiferentes ante ello” (en Tony Judt, Posguerra. Una historia de Europa desde 1945, Madrid, Taurus, 2012). El paso de los días mostraría el significado profundo de esa doctrina, cuando los tanques soviéticos ingresaron por las calles de Praga, con más de 500 mil efectivos de diferentes países del Pacto de Varsovia, como Polonia, Hungría, Bulgaria, la RDA y la Unión Soviética. El momento clave se produjo el 20 de agosto de 1968, y no hubo una resistencia mayor, como era esperable ante la incapacidad real de enfrentar una invasión militar de esas características. Muchos partidos comunistas occidentales rechazaron el aplastamiento de la Primavera de Praga, lo que sin duda produjo divisiones y replanteamientos.

El dramaturgo Vaclav Havel, quien llegaría a ser presidente de Checoslovaquia, hace un interesante y novedoso análisis sobre el proceso que vivió su sociedad en 1968, y los disidentes que enfrentaron al sistema: “Estos hombres no disponían del poder real ni aspiraban a él: el ámbito de su ‘vida en la vedad’ no podía ni siquiera, por tanto, ser la reflexión política; podían ser poetas, artistas, músicos; no es necesario que fueran genios, sino simples ciudadanos que lograban mantener su dignidad humana. Naturalmente es difícil hoy llegar a descubrir cuándo y a través de qué misteriosos y tortuosos senderos aquel gesto o aquel comportamiento de verdad incidieron en algunos ambientes y cómo poco a poco el virus de la verdad atacó el tejido de la ‘vida en la mentira’ y lo devoró. Una cosa sin embargo parece clara: el intento de una reforma política no fue la causa del despertar de la sociedad, sino su resultado último” (en El poder de los sin poder y otros escritos, Madrid, 2013, Ediciones Encuentro),

Por otro lado, en una forma crítica, el propio Havel señala: “El sistema comunista es -o, más precisamente, ha sido siempre hasta ahora- un sistema totalitario, ya sea que tuviera el ‘rostro humano’ de la época de Dubcek (cuando incluso era posible vivir bien) o el gangsterismo del régimen de Pol Pot (bajo el cual la muerte parece haber sido la única opción). El carácter totalitario del sistema entra en conflicto con la tendencia intrínseca de la vida hacia la heterogeneidad, la diversidad, la singularidad, la autonomía; en una palabra, hacia la pluralidad” (en Open Letters. Selected writings, Vintage, 1992).

Una consecuencia central de la Primavera de Praga, como sostiene Tony Judt en Posguerra, es que “nunca más sería posible sostener que el comunismo descansaba en la voluntad popular”. En otras palabras, los tanques pudieron detener el proceso y reprimir la disidencia, pero en la práctica la victoria militar fue una profunda derrota moral del socialismo real, que mostraba que su poder solo podía sostenerse por la fuerza interna o externa, pero no por la convicción de los ciudadanos.