Opinión

Centenarios en el Báltico

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 23 de agosto de 2018

Esta vez redireccionamos la mirada y nuestra siempre inquieta atención, dirigiéndola hacia el mar Báltico. En una de sus orillas, Suecia celebra el bicentenario de su casa real, la de Bernadotte, de peculiar origen. En la otra, las repúblicas bálticas, Estonia, Letonia y Lituania, conmemoran cada una a su paso, su primer centenario de existencia.

Los Bernadotte ahí siguen. En la manía y la estrategia de colocar en los tronos de Europa a sus afines y allegados, Napoleón encaminó a Suecia al afamado mariscal napoleónico Bernadotte –su favorito– casado con la exprometida de Bonaparte, Desideria Clary –a quien dejara por Josefina– aprovechando la nebulosa sucesión de aquella nación escandinava. El mariscal Bernadotte se apersonó a asumir la corona sueca y fundó una estable dinastía que lo detenta hasta hoy. Al final, volteando bandera al Gran Corso, pasadas las Guerras Napoleónicas, fue ratificado en el trono, asumiéndolo el 5 de febrero de 1818 con el nombre de Carlos XIV Juan.

El prestigio de los reyes suecos parece incólume. Aunque en la época contemporánea los rumores o devaneos supuestos del actual monarca, el rey Carlos XVI Gustavo, pongan a veces en duda su vida decorosa o su pundonor, la monarquía de legítimo discreto boato, sin recriminaciones, hacia el exterior brinda una idea de país estable e industrioso. Y el rey actual pasa por ser un simple sueco más o que siempre ha tratado de comportarse de esa manera.

Suecia nos parece a la distancia, un país sin problemas, o con una gran capacidad para gestionarlos y resolverlos. Idealizaciones aparte, seguro que los tiene, pero destaca más por su cuidado y orden que por aquellos. He pedido unas palabras a mi amigo Fernando Ramos Morales, un ingeniero mexicano quien amablemente desde Gotemburgo me ha expresado sus impresiones para este bicentenario regio: “En Suecia todavía la gente habla de realeza y de nobleza, todavía hay títulos y lugares exclusivos. No estoy seguro de los jóvenes, pero la gente con más años en este país todavía posee la idea de que tener un monarca es bueno. Durante un tiempo el rey se metió en problemas por andar con malas compañías. Pero las bodas reales de todos los h@reder@s –usar la arroba (@) es una forma que se usa para decir “los” y “las” que no he visto en el idioma sueco– fue algo que reanimó el sentir patriótico y la admiración por esa clase separada que es la monarquía. Además, Suecia es un país que guarda su historia muy bien y así es más fácil buscar tus raíces familiares y creo que eso hace que la gente mantenga esa idea de que el linaje es importante. Pero para mí es difícil ver como una sociedad como la sueca, que pone a la sociedad misma en primer plano, puede mantener la ideología de que hay personas con mayor estatus que los demás; pero quizás sea solo yo, que no creo en líderes o estatus por nacimiento”.

Suecia desde luego ha primado la igualdad de sexos al grado de haber modificado su constitución en el orden sucesorio, cambiando así la precedencia del heredero, correspondiéndole tal condición a la princesa Victoria, duquesa de Västerglötland.

Enfrente las repúblicas bálticas han marcado a 2018 como un año de conmemoraciones. Nos remiten al final de la Primera Guerra Mundial cuando surgieron aquellas al tenor de la caída del Imperio ruso en torno a la paz de Brest-Litovsk con el Imperio alemán, mientras por otro lado, ciertos procesos separatistas se afianzaban al fragor de la Revolución rusa. Finlandia primero, los pueblos bálticos después, se escindieron de aquel viejo imperio zarista y al final se remacharon tales desgajamientos con la creación de Polonia tras de la Paz de Versalles, a inicios de 1920.

En Tallín, la capital de Estonia, se encuentra un amigo y exalumno, Oliver Unda Espinosa, quien hoy es consultor y experto en publicidad digital. Generoso ha respondido a mis preguntas: “Un punto a mencionar en estos pequeños países que comparten tanto en cultura, historia y territorios, es el hecho de que sean tan diferentes entre sí. Empero, se parecen en gobierno, clima, población, comida, bebida, etcétera. Pero entre ellos no se entienden en idioma y cooperan recurriendo al inglés en vez del ruso que, aunque aún latente en sus raíces, lo intentan desaparecer por completo, ya que en los bálticos aún se resiente el eco y el estrago de la opresión ejercida en su momento por el gobierno soviético y sin embargo, en algunos de estos países como en Estonia, la mayoría de la población es de origen ruso, aunque intentan cambiar las cosas poco a poco y la división es muy marcada dentro de la sociedad. Siempre hay grupos: los rusos, los no rusos y los demás, conformando una sociedad difícil de penetrar y para hacer una vida. Sin embargo, es un país lleno de oportunidades, siempre y cuando uno esté dispuesto a soportar la oscuridad y el frío del invierno. El poco afecto a los extranjeros es propiciado principalmente por la barrera del idioma. Uno se encuentra con que los bálticos son países muy seguros, tranquilos y con muchas oportunidades para aquellos que buscan trabajar y un cambio radical en su vida. Si hablamos de una identidad estonia –un siglo apenas construyéndose y con la dominación soviética y su rusificación de por medio– podría decirse que no la hay, no realmente, pues hay muchos habitantes de Letonia que se vinieron a aquí por buscar una mejor situación o porque se casaron con un estoni@, –pese a que no se note la presencia letona, no realmente–. Yo vine por trabajo, mi anterior compañía me ofreció seguir mi carrera acá. En ese trabajo conocí a mi esposa (que es ucraniana) y poco después conseguimos mejores trabajos y ya llevamos dos años aquí. Aquí soy producto exótico, se sorprenden cuándo digo que no soy ruso o europeo y siempre me dicen que porqué dejé el clima de México y su comida y su gente para venirme al congelador estonio. Entonces sólo me río y explico el porqué”.

A estas palabras puedo añadir que resulta interesante ver cómo estos países bálticos han trabajado para sobresalir después de su segunda independencia, definitiva de momento, ocurrida en el proceso de desplome soviético. Nos causan cierta curiosidad, porque su trajín ha sido interminable y entonces, puede considerarse doblemente meritorio.

Y un modesto pero valioso testimonio de primera mano como el aportado por Fernando para el caso sueco y Oliver, para el estonio, es doblemente afortunado. Nuevamente les agradezco a los dos y a usted amigo lector en ambos mundos, también su puntual seguimiento al marcas estos aniversarios redondos.