El Encuentro Mundial de las Familias, que se está celebrando en Irlanda, supone para el Papa una nueva ocasión `para condenar, otra vez, el abuso a menores por parte de sacerdotes y religiosos que hace dos décadas hizo tanto daño en la Iglesia irlandesa.
Seis discursos de Francisco enmarcan este viaje que no deja de ser “un gran abrazo para todas las familias de todo el mundo”. Un gran abrazo necesario, pues “el fracaso de tantos miembros de la Jerarquía al afrontar adecuadamente estos crímenes ha suscitado justamente indignación y permanece como causa de sufrimiento y vergüenza para la comunidad católica”. Estas palabras del Papa son continuidad de la famosa carta que se hizo pública al inicio de la semana y en la que Francisco puso los “puntos sobre las íes” sobre el espinoso tema.
“Si un miembro sufre, todos sufren con él”. Con estas palabras de san Pablo, el papa Francisco inicia su ejemplar carta al pueblo de Dios para condenar los abusos en Pensilvania. Palabras duras, nunca hechas por un pontífice y que nos hablan del dolor de una Iglesia que no ha sabido estar a la altura en el delicado y espinoso tema de los abusos sexuales por parte de personas consagradas.
“Un crimen -nos dice el Papa- que genera hondas heridas de dolor e impotencia en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado, nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y los adultos en situación de vulnerabilidad“.
Francisco ha hecho lo que tenía que hacer: condenar sin paliativos los casos de abusos en Pensilvania, a pesar de que a destacados miembros de la Curia este tipo de condenas escuezan, porque han sido muchos años colocándose parches en los ojos para no ver lo que era evidente, porque como dice el Papa: ”el dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos de qué parte quiere estar”.
La situación es tan delicada que todos los católicos deberíamos estar a la altura y condenar sin paliativos este tipo de vejaciones, como son los abusos en Pensilvania, que seguro se ha dado en otros muchos lugares y en donde obispos o responsables ocasionales de diócesis, como los tres monos, cerraron ojos, oídos y bocas especialmente las víctimas de todo tipo.Todos, repito, nos debemos sentir involucrados en esta situación de “dolor y vergüenza”, porque es imposible sentirnos miembros activos del cuerpo de la Iglesia sin ser partícipes de estas condenas y de denunciar a quienes cometen actos, como el de los abusos en Pensilvania, que no solo tienen que llenar de lágrimas nuestros ojos -lágrimas que se pueden secar fácilmente- sino inundar nuestras almas de amor hacia los que han sufrido los abusos,” porque si un miembro sufre, todos sufren con él.
Todos hemos aplaudido estas palabras de Papa y hemos recibido con agradecimiento este abrazo general a todas la Familias en este encuentro mundial celebrado en Irlanda.