Opinión

La violencia política en Cataluña

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 26 de agosto de 2018

El último caso de violencia política en Cataluña -el nacionalista que le rompió la nariz a una mujer que tiraba lazos amarillos a la basura- anticipa lo que está por llegar. A diferencia de lo que pretende la propaganda separatista, el nacionalismo catalán jamás fue democrático ni pacífico. Baste recordar el pistolerismo de la Barcelona de comienzos del siglo XX -algunos historiadores lo sitúan entre 1917 y 1923- y a personajes como Miquel Badia, represor del movimiento anarquista en Barcelona y militante del partido nacionalista Estat Catalá.

En la memoria de muchos está todavía -a pesar de las intensas campañas de reescritura de la Historia que se vienen haciendo por acción y por omisión en los últimos años- el terrorismo independentista catalán de los años 70 y 80. Ahí están los casos del Exèrcit Popular Catalá (EPOCA) y de Terra Lliure. El informe “Déficits de calidad democrática en Cataluña: la vulneración de los derechos fundamentales (2015-2017)” recoge el caso, por ejemplo, de Carles Sastre, secretario general del sindicato independentista Intersindical Confederación Sindical Catalana (CSC) y presentado como “preso político” en la televisión pública de Cataluña. El informe indica que “Sastre fue condenado en 1985 por la Audiencia Nacional a 30 años de cárcel como coautor del asesinato, en 1977, del empresario José María Bultó, al que habían colocado un artefacto explosivo en el pecho. En 1987 fue condenado a otros 18 años de prisión por pertenencia a banda armada (Terra Lliure) y tenencia de armas. Fue puesto en libertad en 1996, tras haber cumplido solo once años de condena.”

La historia contemporánea nos demuestra que los totalitarismos necesitan de la violencia y la propaganda para acceder al poder. Recordaba Hannah Arendt en “Los orígenes del totalitarismo” que las masas deben ser conquistadas por la propaganda. Una vez llega al poder, el totalitarismo reemplaza la propaganda por el adoctrinamiento y utiliza la violencia para ejecutar sus doctrinas. Esto es lo que está sucediendo en Cataluña en los últimos meses y sólo la resistencia de los constitucionalistas -a menudo abandonados por el Gobierno nacional- está deteniendo la deriva que, a todas luces, lleva a Cataluña a un enfrentamiento abierto entre nacionalistas y constitucionalistas.

La ocupación simbólica del espacio público con lazos amarillos, la manipulación sistemática del lenguaje y de los hechos en los medios controlados por el nacionalismo, el adoctrinamiento en los colegios, el acoso y el hostigamiento a los constitucionalistas y la victimización en los foros internacionales son sólo algunas de las maniobras que los nacionalistas vienen realizando para contrarrestar los efectos de las medidas impuestas tras la aplicación, el año pasado, del art. 155 de la Constitución. Es evidente que dichas medidas fueron insuficientes y que, tras la llegada al poder de Joaquim Torra, a los constitucionalistas sólo les cabe esperar una mayor presión de los separatistas.

Así, la dejación del Gobierno nacional y las políticas de la Generalitat y los ayuntamientos controlados por los nacionalistas están abocando a Cataluña a un enfrentamiento aún más virulento que el vivido hasta ahora. A los constitucionalistas se los está sometiendo a la disyuntiva de una alienación en su propia tierra o el silencio impuesto por el miedo, la propaganda y la violencia.

Es necesario preguntarse a dónde está conduciendo el abandono de los constitucionalistas en Cataluña. Sólo el Rey y el poder judicial están sosteniendo la autoridad del Estado. El Gobierno nacional lleva mucho tiempo ausente. El apaciguamiento jamás ha funcionado con ningún totalitarismo y tampoco surtirá efecto con el nacionalismo catalán. Después de la agresión del sábado pasado, Miquel Iceta puso un mensaje en Twitter que ejemplifica esta equidistancia suicida entre nacionalistas y constitucionalistas, entre el agresor y la víctima, entre el puño y la nariz: “Condenamos toda agresión, toda intimidación, toda violencia, toda muestra de intolerancia, sea quien sea la víctima, sea quien sea el causante, sea cual sea el pretexto. Libertad de expresión y respeto a la diversidad de opiniones son la base de la convivencia”. Terminaba haciendo un llamamiento al buen sentido. Desde luego, estos mensajes que renuncian a atribuir responsabilidades y que las reparten como si todos estuviesen agrediendo, intimidando o ejerciendo violencia son parte del problema, no parte de la solución.

Lo que se está viviendo en Cataluña es una ofensiva nacionalista cuya fuerza radica en la falta de voluntad política por parte del Estado a la hora de afrontarla. La tibieza del pasado se ha convertido en el apaciguamiento del presente. La historia nos demuestra que así sólo se agravan los problemas, pero jamás se alcanzan soluciones.