Opinión

Lee, muerto, dentro de la caja de pino

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Miércoles 29 de agosto de 2018

Enrique Vila-Matas: 70 años. Raúl del Pozo: 81 años. Juan José Millás: 72 años. Manuel Vicent: 82 años. Pérez-Reverte: 67 años. Javier Marías: 67 años. Juan Eduardo Zúñiga: 89 años. Antonio Gala: 82 años. Luis Landero: 70 años. Benítez Reyes: 58 años. Rafael Reig: 54 años. Villena: 66 años. Muñoz Molina: 62 años. Luis Goytisolo: 83 años. Rosa Montero: 67 años. Almudena Grandes: 58 años. Gimferrer: 73 años. Juan Cruz: 70 años. Luis Mateo Diez: 75 años. José María Merino: 77 años. Cercas: 56 años. Longares: 75 años. Félix de Azúa: 74 años. Molina Foix: 71 años. Joaquín Estefanía: 67 años. Peri Rossi: 77 años. Fernández Cubas: 73 años. Gopegui: 55 años. Llega la rentrée editorial y a todos los veremos en el papel moaré con su libro respectivo. ¿Es éste nuestro glorioso parnaso literario? ¿Cómo un chaval de catorce años puede engancharse a todo lo anterior?

Coincido con Vila-Matas en eso de que los intentos de la prensa oficial por silenciar libros válidos y autores jóvenes es una constante; la misma que nos dice que el papel se acaba, el libro muere y toda la retahíla. Se lo dice el cineasta Adolpho Arrieta al periodista lisérgico y de las suelas de viento Antonio Lucas en su libro de entrevistas Vidas de santos, y lo recoge Vila-Matas en este de artículos Impón tu suerte: “Para mí, España es una ilusión, una ilusión embustera. Una invención de los medios. No ha habido ninguna superación, ningún milagro. Es una mierda invivible para cualquiera que quiera hacer arte”. Escritores viejos, lectores viejos, presentaciones llenas de viejos, librerías cerradas, bares o casas de putas donde antes se vendían libros. César Aira lo avisó mejor que nadie, a título de flotador entre el fatídico roquedal: “Prefiero lo nuevo a lo bueno”. Claro que sí, lo nuevo salva más que lo bueno, no puede ser de otro modo, siempre ha sido así.

Mi generación leía a Rimbaud porque tenía menos de veinte años y nos hablaba del presente; leíamos a Mallarmé porque tenía justo veinte años cuando escribe su primer artículo en la revista parisién Le Papillon; los rockeros morían todos antes de los veintisiete: Brian Jones, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Cobain, Janis Joplin, etc. Es muy difícil que un chaval de catorce años se enganche a un mundo de adultos y para adultos, escasamente contestatario, ajeno a la rebeldía de los tiempos, cada vez menos joven y más cerúleo, viejo, vencido, agónico. La desafección de los jóvenes con la política es completa: el 15-M fue eso, salir a la calle porque no se pueden evitar ni el asco ni la vomitona, pero es que hay otra desafección en la cultura (cine, arte, literatura) que igual es anterior a la política y no nos lo hemos planteado. Dicho de otro modo: las mismas categorías para lo político que para lo cultural, con patrones similares y sin escasas diferenciaciones, hasta el desprecio generalizado de los más modernos.

El mensaje no puede ser: lee dentro del ataúd, lee dentro de la caja de pino, lee viejo y arrugado, lee muerto. La cultura no puede ser mansedumbre ni docilidad: no lo ha sido nunca. Debe ser chispazo, calambre, un susto que nos aparta de la vida doméstica y nos hace otros dentro del sueño de esa otra vida más real que es la de los libros, la del arte, la del cine. Lord Anson lo ha dicho en todos los idiomas provenzales: el régimen del 78 está agotado. La Transición iluminó sombras, contagió esperanzas e hizo otro país de la nada, tras cuarenta años de losa dictatorial asquerosa y asfixiante. La esperanza hoy, en política y cultura, está perdida, extraviada, enterrada. Los jóvenes –es el mensaje y la desgracia- no se ven participantes de cuanto ocurre, meros sujetos pasivos, ajenos a la actualidad política y cultural, por eso su abandono con respecto a las instituciones es total y su erial se torna absoluto: muchos en el refugio de las maquinitas, otros tantos en el de las nuevas y antiguas drogas, el sexo por internet o delirios peores.

Septiembre/octubre es el mes de la rentrée: me da la sensación que Arrieta y Vila-Matas tienen mucha razón. Me da la impresión de que estamos creando una cultura en el vacío para viejos o para nadie. La Transición buscaba conectar con el obrero, con el estudiante, con el joven para quien cambiar vida y mundo eran lo mismo (Rimbaud y Marx unidos). Esta desafección de hoy es inflamable, peligrosa, letal. No sabemos por dónde saldrá el toro pero no por el chiquero recomendable. Pidamos a los políticos lo mismo que a los creadores: hablar en presente y ofrecer herramientas para construir otro futuro. Habla, pueblo, habla. No hay diálogo entre los estamentos, y la cultura puede vehicularlos, así fue en el tiempo del 78, en la Movida madrileña, en el París del Existencialismo y en lo que queremos. Igual –es la hipótesis- no hay vivencia cultural intensa porque la corrupción es idéntica a la de las urnas. Lo que lleva al absentismo, al pedo y al eructo, al desprecio y a ese mantra por el que no sale el sol: Yo, paso, tron. Dejemos de recomendar libros a los muertos y pensemos en otros vivos para resucitar a quienes deben entrar en la cultura nueva como lo hacen en una discoteca cualquiera: dispuestos a la fiesta, la sonrisa, el sudor de los cuerpos y el recuerdo loco que avasalla el tiempo con temperatura de fruta radiante.