Opinión

El espejo detrás de la pared

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Sábado 01 de septiembre de 2018

La avasallante presencia de un partido político en el Congreso, con mayoría invencible en ambas cámaras, (avasallar significa dominio en condición de vasallaje o servidumbre), es entre otras cosas el triunfo de una paradoja, la consagración del absurdo y la más grotesca trampa de la democracia.

La corriente política cuya presencia hoy domina todo el escenario nacional, del Ejecutivo al Congreso y muchas legislaturas estatales con poder en la capital del país, y razonables expectativas de extensión futura en las siguientes elecciones, hasta teñir con su tinto color todo el país, en todas las esferas de la administración y la política, nació precisamente para destruir un escenario así.

Toda la lucha histórica de la izquierda fue para abatir la absoluta hegemonía del Partido único. Cuando “las fuerzas democráticas” lo lograron, no por la guerrilla, la subversión o la “lucha de clases”, sino por la concurrencia en los mecanismos democráticos desarrollados por el poder total, cuya fuerza se fue disgregando, migaja a migaja, no se logró la democracia de todos sino la de una sola tendencia, en cuya construcción , justo es decirlo, participaron todos.

Hoy la serpiente se ha mordido la cola: las tendencias cuyo afán destruyó el “partido único” y el “partido gobierno”, se ha convertido, por la mágica vía de las urnas, en lo mismo contra lo cual luchó.

Derribaron una pared y se encontraron con un espejo. Hicimos la democracia para construir un poder total, centralista y unipersonal.

Solo así se entiende los gritos del honor de estar con Obrador, soltados a lo pelado, a lo pelón, al viva Villa, durante la reciente instalación de los diputados en esta XLIV Legislatura y la disminuida presencia de los inservibles opositores de todos los demás partidos, incómodos, pero resignados, en el papel de monosabios, frente a la encerrona de un matador lleno de gloria y con la plaza llena.

Los gritos de triunfo, caso de soldadesca ebria de triunfo en el reparto del botín cuando se irrumpe en la vencida plaza, chocan frontalmente con las promesas y camelos de los principales de esta tendencia quienes pretenden convencer, sin vencer, como hubiera no dicho aquel.