Opinión

Cioran, una idea de España

TRIBUNA

Juan A. Hernández Les | Lunes 03 de septiembre de 2018

Al parecer de Cioran ciertos pueblos, como el ruso y el español están tan obsesionados por sí mismos que se erigen en su único problema. Se repliegan sobre sus anomalías, sobre el milagro o insignificancia de su suerte. Dice Cioran que no es fácil imaginar a un inglés preguntándose si Inglaterra tiene sentido o no, o asignándole con fuerza una retórica, una misión; sabe que es inglés y eso le basta. A un gallego le ocurre algo similar, nunca verán a un gallego preguntándose por su identidad, salvo a aquellos que han hecho de su identidad una misión ideológica o religiosa o montan en los veranos unas fiestas que mal rayo les parta. Un gallego se siente tan diferente a los demás que no va en busca nunca de una orientación nacionalista salvo aquellos que ça va de soi. El fenómeno de salvar el mundo es el fenómeno morboso de la juventud de un pueblo. Los catalanes y los vascos son morbosos en este sentido.

España vivió en esta confusión hasta hace poco. Conoció un comienzo fulgurante, pero su universalidad llegó demasiado pronto. Como diría Ortega, Castilla hizo a España, y Castilla la deshizo poco después. Parece que en la casa de Cervantes en Valladolid Cioran se encontró con una señora que contemplaba el retrato de Felipe III, e hizo este comentario: un loco. Entonces, ella se volvió y respondió: con aquel hombre comenzó nuestra decadencia. La decadencia es un símbolo, una divisa oficial, un concepto corriente. Quién nos puede negar que tíos como Puigdemont u Otegui son nuestros nuevos Felipes III de la nueva decadencia. Charlatanes por desesperación, improvisadores de ilusiones, viven en una especie de acritud cantante, de trágica falta de seriedad que les salva de la vulgaridad de la felicidad y del éxito. España, quizás, ya se ha situado fuera de este conflicto metafísico, pero Cataluña y el País Vasco se muestran incapaces de acoplarse al ritmo de la civilización; clericales o anarquistas no pueden renunciar a su inactualidad. Ellos son la verdadera y la única España, pues ¿cómo van a alcanzar a las otras naciones, cómo se van a poner al día, si han agotado lo mejor de sí mismos en rumiar sobre la muerte, en embadurnarse con ella, en convertirla en experiencia visceral. El nacionalismo es un exceso de profundidad. Qué obsesión por el esqueleto, podríamos decir parangonando a Cioran cuando veía a España derrotarse. Esas regiones sí que son una España negra, regiones del despilfarro y del clientelismo, de los nuevos altares y las nuevas hogueras.

Claro, Cioran estaba analizando una España que ya no existe. Ganivet, Unamuno y Ortega se sentían fascinados por la atracción de lo insoluble. En Francia, con un Proust ¿cómo podrían los franceses plantearse el mundo a la manera con que se emplea don Quijote? Francia ha dejado de ser interesante para los franceses; en cambio, entre nosotros el país Vasco o Cataluña vuelven a la época de Felipe III porque hallan subyugante sentirse un problema. Ciscarse en España resulta para ellos como una especie de vacuna contra la nada, pues paradójicamente España dejó de ser, ya no es nada ni representa un peligro. Si el mérito de España había consistido históricamente en proponer un tipo de evolución insólita, un destino genial e inacabado, el mérito de los nuevos territorios consiste en lo mismo. Pero hay un problema, es difícil parecerse a España, pues si pensamos en los conquistadores, en la forma en que asociaron el evangelio al crimen, el crucifijo al puñal, no está claro que esos pueblos hayan asumido ese rol, lo cual no quita que estemos por entero libres de sufrir tan espantosa pandemia.

El paralelismo entre España y sus autonomías independentistas resulta atroz. Es imposible hablar con un catalán o un vasco de otra cosa que no sea de ellos. Allí el racismo resurgente ya no es contra el negro o el moro, sino contra el español en general. Por eso hemos de convenir que la esencia de España se ha trasladado de Castilla a esas otras regiones o comunidades. Alternativamente exaltados o abatidos, lanzan miradas deslumbradoras y morosas. El descoyuntamiento es su forma de rigor. Si se concede un futuro no creen en él verdaderamente. Su descubrimiento, la ilusión sombría; el orgullo de desesperar, su genio; su genio, el genio de pensar, dice Cioran de aquella España. En sus buenos momentos el catolicismo fue sanguinario, como corresponde a toda religión verdaderamente inspirada. En el País vasco, aunque no en Cataluña el catolicismo siguió en lo sanguinario, y su decaimiento no es sino una pura fórmula. Es el único lugar de España donde se asentaron los cristianos viejos, pero no los judíos, y en donde matar les parecía a las masas algo natural. Algo habrán hecho.

Al carecer de pasado y de porvenir estos pueblos se apoyan sobre sí mismos, de ello saldría una larga meditación estéril, y mientras a España la veo como una meditación que duró tres centurias, no sé en qué acabará la esterilidad de los separatistas. Su nacionalismo, dice Cioran refiriéndose a España, es una máscara, gracias a la cual algunos intentan ocultar su propio drama, y su ineptitud para insertarse en los acontecimientos: mentiras dolorosas, reacción exasperada, frente al desprecio que creen merecer, una manera de escamotear la obsesión secreta por sí mismos. Eso es un pueblo enfermo.