Opinión

Ultraeuropa: sin máscara y en lidia al natural

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Martes 04 de septiembre de 2018

Las barbaridades que gritaba Jean-Marie Le Pen por París, con las manos haciendo bocina, del Barrio Latino a la Plaza de la Concordia, de Montmartre a Le Marais, de la Plaza Vendome a Ile de la Cité, ya ven, lo que son las cosas, han llegado a Suecia, y este domingo, si las quinielas son favorables, asistiremos a lo que ya sabemos, el triunfo pleno de la Ultraderecha y un escalón más para una nueva región de miembros fanáticos, Ultraeuropa. Algo extraño, que muy poco se pronuncia, y recuerda a los pasados relatos de Hitler y Mussolini, el llamado populismo de derecha, el odio al inmigrante y el populismo racista. Suecia, quién lo diría, canon de mesura, hoy en la xenofobia, de espaldas a la Eurocámara y asqueada de Bruselas. La ministra llora, Ana Romson, y la esperanza nórdica se hace soluble como el Nescafé, solo quedaban ellos, porque Noruega y Finlandia ya están en el extremo, sin conversión posible, ajenos a los cuentos de hadas. Detrás de la cuestión migratoria va lo peor, la identitaria, ahí está el ejemplo de Hungria y Polonia, que antes enfurecían al resto y hoy ya piensan todos como ellos.

Alexander Gauland en Alemania (AfD), líder ultraderechista, basa toda su política en un eslogan muy complejo, el de la autodefensa. Detrás de tal concepto está toda la leña repartida en los disturbios de Chemnitz por los que, insisto, comienza otro concepto, nada velado, radiantemente explícito, entre los socios de la casi extinta Unión Europea, el de Ultraeuropa. La reyerta de Chemnitz produjo un mártir, el primer muerto imprescindible para toda revolución verdadera, y a partir de ahí la mecha en la bomba ha corrido más que la paz o mesura en la ideología. No se soporta, no se aguanta, no se tolera que Merkel permitiese la entrada de un millón de inmigrantes en Alemania. El colectivo Pegida nunca ha tenido más solicitudes: Patriotas contra la Islamización de Occidente (acrónimo en alemán). El asesinato del domingo pasado ya está debidamente instrumentalizado. Otra ministra, la de familia, Franziska Giffey, quiso implicarse en el grito o la arenga pro democracia en Chemnitz, y le salió el tiro por la culata, no hay nada que hacer. El discurso del odio –vuelvo a repetir- es hoy el de la defensa, y eso ya no lo frena nadie. El alemán, presuntamente, muerto por extranjeros, aunque ya da igual, está detrás de todo Chemnitz, y del odio no solo al inmigrante, obvio, sino al refugiado, nuevo en ese aspecto, pues es sinónimo de ir contra todos sin freno alguno.

Jan Zschocke, portavoz de Pro Chemntiz, está convencido de que solo Sajonia puede echar a Merkel. Por ahí van los tiros: no solo Sajonia, todo el Este alemán en la semilla de considerarse ciudadanos de segunda frente a los del Oeste. Merkel abre la puerta a 1,2 millones de refugiados y para muchos la única fuerza es hacerse valientes en la tradición (al pasado) y la traición (a los gobernantes). Comienzan a verse saludos hitlerianos en manifestaciones y algaradas. El entorno extremista no tiene reparos en recitar sus peligrosos versos urbanos: “La población nativa pronto se verá reemplazada por musulmanes radicales”. La Red, Internet, arde, y se habla de crímenes por parte de los refugiados que la prensa oficial silencia. Comienza el árbol del fanatismo en mil y una ramas, mil y un grupúsculos o asociaciones, donde si cae uno o dos brazos no pasa nada, lo fundamental es que el resto siga dando muchas nueces nuevas. Los partidos tradicionales, según las crónicas, están mudos ante la radicalización de sus vecinos. La calle no quiere palabras, sí actuar, porque toda teoría conspirativa es pura adrenalina, requiere de ausencia de pausas, sin perder velocidad, cualquier freno o detenerse a pensar puede ser la muerte.

La inercia es Ultraeuropa, no hay nada que hacer, todo va hacia allí. Otro ministro, el de Exteriores alemán, Heiko Maas, hace el ridículo y dice que hay que plantar cara a los fanáticos: “Tenemos que oponernos a los extremistas de derechas. No podemos quedarnos en segundo plano”. El baile de los ministros es un segundo paripé en mitad de la debacle. Chemnitz es negación de la democracia, del estado de derecho y de la libertad, y eso produce un extraño gustirrinín, como cuando en el colegio algunos grandullones pegaban al más feo o el de las orejas como sábanas. Merkel se hace pequeña, insignificante, frente al discurso racista, que es en realidad antisistema. Ultraeuropa espera un nuevo Partido Nazi, realmente popular, desde abajo, prometiendo muchas fábricas y progreso, mucha familia y oro nativo, sin contagios foráneos ni injerencias. La llamada marcha del silencio, el llanto o luto de Europa por sus asesinos de fuera, tuvo nombres propios: Jörg Urban (Sajonia), Björn Höcke (Turingia), Andreas Kalbitz (Brandemburgo). Miren sus caras en Google, tecleen sus nombres: los chicos tienen hambre, hambre, hambre. Vestían de negro y portaban una rosa blanca por una causa muy concreta: “por los fallecidos a causa de la multiculturalización a la fuerza de Alemania”. Himno nacional; resistencia, resistencia y resistencia. Hablaron de 4.500 asistentes, pero pronto se descubrió la cantidad real, 8.000 personas (en el lado contrario, 3.000 por la tolerancia y contra el racismo bajo el lema “Nosotros somos más”).

Steve Bannon, uno de los muñecos de Trump más eficaces, ha visto el pastel y no lo va a dejar pasar. Quiere unir a toda la Ultraeuropa bajo el mismo techo. Hay que hablar, hay que barajar, se habla ya de unas siglas comunes (The Movement) y con sede en Bruselas. Bannon sabe que es la mejor forma de ir contra Londres y sus pasos en la nieve son los mismos que los hechos por la izquierda británica (de donde salió Jeremy Corbyn). Banon confiesa que quieren ser una especie de antítesis de la Open Society del multimillonario George Soros (28.000 millones de euros en causas políticas o liberales). Hay que regar a Ultraeuropa para que crezca, y justo ahora, que está empezando a cargarse a sus propios líderes. Bannon baraja cartas con Marine Le Pen (Francia) y Viktor Orban (Unión Cívica Húngara). Llega, incluso, a decir en un periódico algo tremendo: “Orban fue Trump antes que Trump”. Polonia, Eslovaquia y República Checa están con Bannon, firmando la alianza en Budapest a finales del mayo pasado, en loor de multitudes. Piden la supervivencia del Occidente judeo-cristiano. De Budapest pasó Bannon a Alemania, luego Austria y Roma (donde brindó con Matteo Salvini, Il Capitano). Nosotros, aquí en España, hablando de putas, locas okupas, el dictador muerto, Ronaldo en Valladolid y el cuchillo en el aire de Rosa María Mateos en RTVE. Finlandia, pronto, será la siguiente en unirse a los anteriores. ¿Nadie despierta o comienza a lanzar bengalas de socorro?