Opinión

Ruiz Tarazona separa las huellas del polvo

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Diego Medrano | Miércoles 05 de septiembre de 2018

Tengo para mí muy claro lo que es el cainismo español. Por un lado, definición que es ya clásica en nuestro acervo de acémilas: “¡Ese que va a ser bueno, coño, si lo conozco yo!”. Estupendo, que lo conozcas tú quiere decir que es malo y birria. En segunda acepción, algo más etéreo, evanescente, la lúbrica y absoluta pasión por lo foráneo, por lo extranjero, por lo que viene de fuera y deslumbra o ciega. Lo nuestro, bosta de caballo. Lo nuestro, siempre menospreciado. Lo nuestro, calderilla junto a las mieles ajenas, todas o la mayoría ordeñadas a partir de una incultura rasa. El único país que, salvo en el fútbol, tiene pánico a mostrar su bandera y sentirse orgulloso de ser aquí, la tierra que ha dado de comer a padres y abuelos, la tierra donde nos enamoramos y formamos familia, la tierra de nuestro pasado y los vínculos más fuertes o dorados de la amistad. La patria, sí, donde todos hicimos el bachillerato, como decía el clásico, sin más orla.

Andrés Ruiz Tarazona es un sabio octogenario, ajeno internet y redes sociales, a libros de google y de “corta y pega”, que separa por fin con su nuevo título las huellas firmes de todo el polvo y ruido del camino. Escribe con lápiz y goma de borrar, nutrido por su biblioteca, ajeno a especulaciones y feliz en el oficio de contar de veras y en alto, sin confusiones. El libro es fruto de una vida entera: España en los grandes músicos (Siruela). La pasión de los genios de la clásica por España (lugar físico) y no por lo español (lo que haría el libro interminable). A Tarazona le gustan los libros pequeños, manejables, viaja en metro y autobús del Centro a Torrelodones, y éste primer volumen se centra en los siglos XVIII, XIX y XX. Si la cosa va bien, añade, tiene otro preparado con respecto a los compositores del XV, XVI y XVII. Un primer libro que circunscribe, a título de quintaesencia, la pasión por España de los mejores genios musicales europeos: Joseph Haydn, Luigi Boccherini, Amadeus Mozart, Beethoven, Berlioz, Glinka, Meldelssohn, Chopin, Liszt, Gottschalk, Saint-Saëns, Dvorák, Puccini, Mahler, Debussy, Strauss, Sibeluis, Bussoni, Holst, Schönberg, Ravel, Bartók y Britten.

José Luis Temes encierra en el prólogo buena parte del oro derramado en las siguientes páginas: “España en los grandes músicos era, con este o similar título, un libro necesario desde hacía mucho tiempo. Quizás desde que, hace pocas décadas, la historia de la música española comenzó a perder ese complejo de inferioridad, de que “no pintábamos nada” en la gran historia de la música europea, y de que fuimos siempre un país marginal en la música de concierto y en la ópera. No es cierto. España estuvo en el pasado muy al tanto de lo que se componía en la gran Europa, y aunque nuestra historia política nos alejó de la realidad y de la modernidad en no pocos momentos (muy especialmente tras las guerras napoleónicas, de las que culturalmente sufrimos todo lo malo y no nos beneficiamos de casi nada de lo bueno), nunca perdimos el contacto con los grandes focos de creación”. Tarazona es licenciado en Derecho, cursó estudios de piano con el compositor Martín Pompey, profesor de Historia y Estética de la Música en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, exdirector general del Instituto de las Artes Escénicas y de la Música, viceconsejero de las Artes de la Comunidad de Madrid, asesor de Música del Área de Gobierno del Ayuntamiento de Madrid, crítico musical en El País, Hoja del Lunes, El Mundo, Abc y La Razón, así como de las revistas especializadas Scherzo, Ritmo, Melómano y Ópera. Director de otras publicaciones: Ária, Gaceta Real Musical, Revista de Musicología, etc.

Temes alude a su condición de “musicófrago” antes que “musicólogo”: “La musicología como ciencia exige unos métodos académicos que no siempre resultan cómodos para el lector. No siempre esa musicología de cátedra tiene el valor añadido de la reflexión humanística, compartida con complicidad entre autor y lector”. Uno de los grandes junto a Federico Sopeña, Tomás Marco o Ramón Barce. Su libro, en catas menudas, debería leerse por las tabernas, es reflejo y espejo de tanto apasionado por nuestra tierra, todos genios, que vinieron aquí a ver y vivir, a beber y enamorarse, a caminar y ser camino, a ser felices y contarlo. Tomemos apenas tres ejemplos del sabroso corifeo, sincero y sin mácula de impostura, glorioso.

Haydn. El compositor con el que Goya pintaba sus cuadros y en alguno lo dejó escrito (Retrato de don José Álvarez de Toledo y Gonzaga, Museo del Prado). Quien llega a España por las muchas referencias que le había dado Boccherini, bajo el hospedaje del infante don Luis Antonio de Borbón. El Haydn que recibe encargos del marqués de Valde-Iñigo y del marqués de Méritos. Escribe Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz para la catedral de Cádiz. Los cofrades, emocionados y lúbricos, le regalan por su hazaña un barril del más logrado vino de Jerez, a lo que el maestro responde: “¿Qué es esto? ¿Me han tomado por un borracho?”.

Boccherini. Apasionado de Madrid ya en 1768, testigo del éxito del propio Haydn en la capital, admirador sin fisuras del clima ilustrado de Carlos III, autor de textos sobre Ramón de la Cruz y émulo de sus majas y manolos en paisaje sonoro, apasionado de la guitarra en los conciertos de los marqueses de Benavent de la calle de Atocha, curioso de las castañuelas hasta su descanso con la incorporación en la obra Fandango, poeta de la melancolía en los bailes de máscaras de la época, etc.

Mozart. Viene de Austria, en pleno XVIII, lo que no es nada fácil hacerlo por tierra y recurre al mar. La España de Carlos III le fascina. Tres de sus mejores piezas están relacionadas con lo español: El rapto en el serrallo (vicisitudes de un noble español, Belmonte, para rescatar a su amada del harén turco donde se encuentra prisionera), Las bodas de Fígaro (antecedente directo de El barbero de Sevilla, cortijo de Aguas Frescas, glamur andaluz, galanteo y danza española) y Don Giovanni (libreto también de Da Ponte, sobre el personaje de una comedia del fraile mercedario Gabriel Téllez, Tirso de Molina, inspirada a su vez por un libertino caballero sevillano; esencia de Don Juan, pronto en la pluma de Zorrilla, Machado, Grau, Benavente, novela y teatro, etc). Escribe Tarazona: “No solo le gustó a Mozart la música española; también el tabaco español, igual que Da Ponte, que trabaja con una botella de Tockay a su derecha y un paquete de Sevilla a la izquierda, poniendo el tintero en medio”.

Beethoven. De abuela paterna española (María Josefa Pols) que omiten todas las biografías universales. Emigrada por culpa del archiduque Carlos en la guerra de Secesión, la cual condujo a Felipe V al trono. Regente en Bonn de un excelente negocio de vinos, alcoholizada hasta el ingreso y la reclusión. Beethoven es llamado desde niño “der Spagnol”, por su aire robusto, cabeza mayor que el cuerpo, frente angular y mandíbula prominente; ojos oscuros, pequeños y brillantes, nariz ancha y tez morena. Andando el tiempo su obra Fidelio discurriría en Sevilla y ahí están todos los contrastes populares y dogmáticos de la ferviente historia española, etc.

¿España menospreciada y pobretona? Lean a Tarazona. Solo el discurso garrulo es aplaudido con las enormes orejas de la más turbia de las ignorancias, la del atrevimiento. Lean a los grandes de la música polifónica lo que dijeron en todas partes sobre nosotros mismos, ajenos a mayores nuestros complejos, por supuesto. Y cuéntenlo, como aquel polvo que echó Luis Miguel Dominguín con Ava Gardner, y que decía que si no salía a contarlo es como ni lo hubiese echado. Pues eso, a ver si así tapamos de una vez las peores bocas, las de la halitosis tumefacta de la vergüenza propia y ajena.