Opinión

Siniestro fogonazo en Río de Janeiro

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 06 de septiembre de 2018

Calamitoso, execrable, pavoroso. Menudo incendio ha testimoniado el mundo entero conturbado, el domingo 2 de septiembre de 2018, sucedido en esa gran metrópoli de América del Sur que es la querida Río de Janeiro; el cual nos entristece sobremanera y nos alerta sobre los protocolos de seguridad de nuestros museos, legados y patrimonio cultural, en general. Fue una devastación física y moral.

La deflagración acaecida en Río al Museo Nacional (Museu Nacional) corona sospechosamente una suerte de atentado reiterado al acervo museístico brasileño. Incendios recientes de museos emblemáticos como el de la Lengua Portuguesa de Sao Paulo, el de Ipiranga, el de Memorial de América Latina alertan, denuncian una posible política intencionada para empobrecer la herencia histórica brasileña: sea por activa o por pasiva. La pérdida ha sido un óbito museístico, cual si se nos hubiera muerto un pariente a todos. A todo ello obedece nuestras quejas, denuncias, indignación e inmarcesible solidaridad con Brasil.

El funesto siniestro que arrasó la bicentenaria institución, el museo más antiguo de aquel país, donde se firmó su acta de independencia y se instaló la primera constituyente, ubicado en el Palacio Imperial de San Cristóbal, que albergaba invaluables colecciones diversas en género y tamaño, es una catástrofe no solo para Brasil, sino para el mundo entero al involucrar la heredad mundial tan celosamente acopiada por Brasil a lo largo de dos centurias. Acaso desde la destrucción y saqueo del Museo de Bagdad en la invasión yanqui de 2003, más la destrozo de piezas de Asia Menor en manos del miserable Estado Islámico, no habíamos lamentado de esta manera un quebranto tan pasmoso y tan terrible. Se trataba de una edificación otrora sede y residencia de la casa imperial de Brasil, cuando Río era su capital, en cuyas habitaciones nacieron sus príncipes y monarcas, ardiendo cual apocalíptica hecatombe ante los ojos escandalizados, incrédulos en rostros atónitos de todo el planeta, para desgracia de la ciencia y de los amantes de los museos, condenando tan abominable suceso que lo redujo a un cascarón. Rabia y desazón causa ver los videos y las fotografías resultantes.

El palacio calcinado estaba revestido del ánimo ilustrado que caracterizó al fundador del museo, Juan VI de Portugal durante su estancia en Brasil y que su vástago, el emperador Pedro I, mantuvo sosteniendo tal empresa cultural. Despuntaba el inmueble entre la floresta y podía verse desde el mítico estadio Maracaná. Si bajas en la estación del metro San Cristóbal (São Cristóvão), tiras a un lado hacia ese sitio y al otro, al afamado coliseo. Este desastre lo he sentido en el alma, afligiéndome, pues conocí el sitio en 2016 durante mi estancia olímpica en la capital carioca, apesadumbrándome semejante tragedia cultural y recordando nuestras pérdidas del año pasado en los terremotos de septiembre.

Y la seguridad…pienso en el Museo del Prado, en Madrid, próximo a su bicentenario o en un emblemático museo como el Nacional de Historia en Ciudad de México, aposentado en el Castillo de Chapultepec –que es el otro palacio imperial de América– o en cualesquiera otros y me pregunto si sus medidas de seguridad y protocolos de actuación serán los adecuados. No deseamos un Castillo de Windsor 1992. Extremar precauciones sería lo idóneo, pero lo sucedido en Brasil advierte también de que se desviaron fondos o se asignaron insuficientes para resguardarlo, favoreciendo tamaña exposición al peligro, ya materializado de manera infausta. No es justo, es deplorable y lo menos que se puede es esperar responsables por semejante descuido. De haber autoridades aviesas o cómplices, sería algo condenable. La denuncia por la carencia de recursos suficientes para atender contingencias, producto de una persistente corrupción, es deleznable. Un diario local afirmaba: “Presupuesto tres veces mayor para lavar autos oficiales que el destinado al Museo”.

Pedí a apreciables amigos residentes en Brasil, su inestimable comentario como reacción a este cataclismo. La respuesta fue inmediata. Doña Cecilia Fonseca da Silva, carioca licenciada en Letras Neolatinas, experta en la cultura sefaradí, me ha expresado consternada: “La Quinta da Boa Vista, donde se ubica lo que ahora son restos del Museo Nacional –que fue la residencia de nuestros monarcas– era mi paseo de infancia, de la mano de mi papá. Era todo Historia. Mi hermano y yo lo escuchábamos encantados: D. João VI, D. Pedro I, D. Pedro II; las mujeres: Doña Leopoldina, Doña Amelia, la emperatriz Teresa Cristina, la princesa Isabel....No sólo la añoranza de la infancia me ha entristecido, sino la conciencia de que se perdió mucho más: la educación, la investigación, la cultura y la historia de mi pueblo, Portugal y Brasil, mis amores”.

Otra carioca, la abogada y profesora doña Simone Garcez, me externó acongojada, fúrica, lo siguiente: “En realidad, no fue sólo la historia del hombre lo que se perdió en este incendio; claro, sino además están perdidos fósiles, momias, cráneos de nuestros antepasados, cuadros, libros. Pero, más allá de todo eso, se perdieron las esperanzas de un pueblo, se perdió la memoria de nuestra historia. Además, se perdió, en humo, como un libro de sombras, los paseos al museo con mi padre: dentro de un hermoso parque, con lagos, hierba, árboles. El museo, con sus enormes cuartos, bien cuidado ... con su esqueleto de ballena tan grande, tan imposiblemente grande y que hacía brillar de alegría los ojos de una niña de cinco años... Lo peor, es que fue una tragedia ya anunciada... np había manutención...plata sí, pero no llegaba para un buen sistema de seguridad: Iba toda a pagar joyas y brillantes, autos de lujo, cuentas muuuy rentables en exterior... los bomberos no tenían agua, ¡Una vergüenza! Y una lástima!! Ahora todo fuego, todo humo. Ya lo ha apuntado el poeta Manuel Bandeira (Recife, 1886-Río de Janeiro,1968): "Amor...llama y luego humo...tanto que quema y, por la desgracia, quemado lo que mejor haya, el humo viene, la llama pasa…”.

La corrupción, la desfachatez, el desvío de fondos –¡porque dinero, hay!– ha convertido en cenizas parte del patrimonio cultural de la humanidad; en cenizas, los recuerdos de una pequeña niña; en las cenizas, cualquier esperanza que teníamos para este país ... triste de nosotros, brasileños, que conmemoramos (?), en el próximo viernes, un año de independencia.

Por su parte, Miguel Bravo, un amigo mexicano que estuvo en Río una semana antes y permanece en Brasil, escribió: “Es una pérdida incalculable del periodo imperial de Brasil, como extranjero sentí un pesar, pero a la vez una tristeza. Más allá del patrimonio carioca, innumerables ciudades históricas y coloniales sufren el abandono e indiferencia de las esferas burocráticas. Desde la deposición de Dilma Rousseff se ha cercenado demasiado el presupuesto para preservar el patrimonio cultural. ¿Será que para la actual administración no le importa más el pasado glorioso de la nación? ¿Qué otra catástrofe debe ocurrir para que se tomen medidas al respecto? Van también numerosos actos pirómanos en contra de acervos de información destacados. Alumnos que tengo acá me comentaron que justo hace un par de meses por la austeridad Temerista (es decir del impopular presidente Michel Temer) se había imposibilitado la instalación de una alarma antiincendio. Sigilosa y despiadadamente esta última administración quiere borrar la huella del pasado...”.

Se queda uno pasmado. La desaparición de las importantes colecciones egipcia –la mayor de la región latinoamericana– y clásica, de pueblos aborígenes de Brasil, con sus registros de lenguas, el trono del rey de Dahomey –regalo al emperador Pedro I– el fósil humano más antiguo de América, Luzia,…90% del inventario, solo puede enfurecernos al saber todo esto. Un cartel referente a esta desgracia lo decía con puntualidad: “un predio antiguo que arde en llamas…y nuestra historia, nuestro patrimonio, nuestra memoria…nuestro pasado…y nuestro futuro”. Así de real, así de injusto e irreparable.