Opinión

España: vida y sueño

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 07 de septiembre de 2018

A veces, cuando me invade el hastío o me vence el tedio, me dejo llevar por sueños acaso insanos. Imagino un silencio absoluto en torno a la actividad deforme del gobierno: nadie comenta sus actos, nadie hace la crítica de sus movimientos. Si en el orden en el que vivimos es preciso señalar enfáticamente la más inmediata evidencia, si hay que convencer de lo elemental, es que o bien uno delira o bien es el mundo el que se ha vuelto loco. En uno o en otro caso lo mejor es guardar silencio.

Recuerdo que Mariano Rajoy pudo dimitir pero prefirió dar paso al actual gobierno, recuerdo que el nuevo presidente accedió a su posición proclamando la necesidad de elecciones, que cuenta con un número muy insuficiente de escaños y se mantiene con el apoyo de un partido neo–socialista de amanerada escenografía, junto con el de secesionistas y nacionalistas que sólo pueden mantener con respecto a España un íntimo antagonismo, porque su amanecer sólo es posible tras nuestro ocaso. Es evidente que la mañana tiene sentido gracias a la tarde y la recíproca, de modo que sus relaciones dioscúricas no son simplemente contradictorias, sino íntimamente antagónicas. Es fácil prever la perplejidad de un soñado presidente de la República de Cataluña, sin España en su horizonte, sin España como condición de su propia definición. Su república independiente condenada a vivir afirmativamente– y ya no sobre la negación de España– se empecinaría en dar lanzadas a un cadáver histórico poniendo en evidencia su insania con ese fanático pero incorregible gesto.

No es posible que el que funge como presidente del gobierno español resulte promotor de la independencia, como no puede un prohombre del secesionismo postularse presidente de España. Y, sin embargo, sonrisa de publicista y gesto de líder espiritual, ahí tenemos a Pedro Sánchez. Pero o es vana retórica la convocatoria de un referéndum de independencia o lo es la apelación a la defensa de la ley. O el referéndum dizque de independencia se limita a consultar acerca de un nuevo estatuto, en el seno del estado autonómico, o el recurso al artículo 155 es sólo una amenaza pactada y sin consecuencias. Y el gradualismo sólo puede disfrazar pero no anular esa contradicción, de ningún modo es posible estar en misa y repicando.

Aceptaré que la política, cuestión de prudencia, no es una ciencia exacta y que en su campo adquiere un valor modulable el principio de no contradicción. Pero el módulo, que puede insertarse en uno u otro sistema, no es gratuitamente deformable y su aplicación tiene límites insalvables, de manera que finalmente habrá que decir que no cuando es que no o arriesgarse a novedades inesperadas y asombrosas. De la contradicción se sigue cualquier cosa (ex contradictione quodlibet) y entramos con ella en terreno inexplorado. Pero inexplorado no significa ignoto porque necesariamente proyectaremos sobre ese territorio –hijo de la contradicción– consecuencias análogas a otras, resultantes de paradojas pretéritas. Muchos contemplan un espectáculo de locura como efecto de la contradicción extremada de esa España federal que pretende unir lo ya unido, mediante el paradójico expediente inicial de separarlo. Pero también cabe la posibilidad de ahondar la contradicción buscando superarla, no en nombre de una España de repúblicas federadas, sino de una España cósmica. Esa España, que históricamente real, alienta tras el título mal comprendido de Hispanidad. Al fin y al cabo, no sólo geográficamente, la España menor será siempre mayor que la Cataluña más grande. Como escribí aquí hace tiempo el problema de la unidad de España no es separable de la cuestión por su universalidad. La unidad y universalidad de España son dos momentos de una misma realidad.

Por eso, cuando me derrota el hastío, me consuelo imaginando que los españoles no atendemos los gestos teatrales del gobierno, porque estamos atareados en una humilde pero incesante labor que pretende anegar el tan cantado amanecer secesionista bajo el manto de luz de una España futura, abierta al mundo y asentada en sus dos pies: a uno y otro lado del Atlántico.

Preveo la sonrisa condescendiente de muchos que encontrarán aquí un ensueño de opereta. Se burlarán del imperialismo –atroz, dirán, si no fuera impotente– escondido tras el afán de “hacer a España grande otra vez”. Es fácil deformar las palabras y por eso –en las condiciones de insania e incomunicación en que vivimos– sería mejor guardar silencio. Y, sin embargo, el estado de emergencia exige alguna determinación.

Aceptemos que sea un sueño: ¿Qué otra cosa es el sueño de una República Catalana Independiente, federada o no, junto a un número impreciso de Repúblicas Ibéricas? Se reconocerá que, tampoco en el terreno de los sueños, cabe proporción alguna entre el sueño español y la ensoñación secesionista. Por lo demás, porque no se pierde el hacer bien aún en sueños, trabajemos – ajenos a las alharacas del gobierno – cada uno a lo nuestro, con la vista puesta en una España mejor.

“Mejor que indagar tu sueño, escudriñando el universo y la vida, mejor mil veces obrar el bien pues no se pierde el hacer bien aún en sueños. Mejor que investigar si son molinos o gigantes los que se nos muestran dañosos, seguir la voz del corazón y arremeterlos, que toda arremetida generosa trasciende del sueño de la vida”. (Unamuno)