Opinión

La palabra encendida agoniza en luto político

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Lunes 17 de septiembre de 2018

Es lamentable el uso de la oratoria en nuestros políticos actuales. No hay vivencia del lenguaje, no hay sintaxis como facultad del alma, no hay literatura, no hay adjetivación ni audacia léxica, no hay cosquillas ni frufrú lingüístico ni paladeo de oro en las glotis obtusas. Miren el hemiciclo: parece un parvulario, patio de recreo, amenazas con el dedito levantado y frases que cuesta trabajo hasta leer escritas. Felipe González ganó dos mayorías absolutas, incluso una tercera con pactos, solo por medio de sus arengas, de sus discursos, de la palabra encendida que enardecía a las masas y arriscaba logos de viento pop y nuevo. Aznar, ocho años, leyendo mucho a Cicerón y a los griegos. Zapatero, entre comas, siempre en un estilo entrecortado y pobretón. Somos lenguaje. Hoy, nivel cero, por los suelos…

El orador, para los romanos, era el hombre por excelencia. Catón lo define de modo inmaculado: “Un hombre de bien (vir bonnus) hábil en el arte de hablar”. Quintiliano, tiempo después, aprueba esa definición y la explica, desentraña la fórmula: “El orador es el verdadero político, el hombre nacido para la administración de los asuntos públicos y privados, capaz de regir a un Estado por sus consejos, de establecerlo mediante leyes, de reformarlo por la justicia”. Virgilio, tiempo después, hace el retrato a fuego del orador, tranquilizando al populacho amotinado, siempre hombre de bien por su manera de pensar en voz alta. El hombre de bien –según Catón- es el hombre de las clases gobernantes a quien la educación ha dado las cualidades necesarias no solo para cuidar y acrecentar los intereses de esas clases sino para defenderlos también contra las amenazas del pueblo amotinado. En tiempos de virtud republicana, en años romanos, el ideal era, en grandes líneas, educación y romanos opulentos (locuples) verbosos.

No voy a entrar en las tesis doctorales (para los amigos de lo ajeno en los periódicos hay todo un libro dedicado al tema Copiar y pegar. Miserias –y alguna grandeza- del Periodismo español contadas por dos reporteros que nacieron demasiado tarde, de Carlos Serrano Barrie y Alberto Fernández-Salido, Editorial Libros Libres) sino en lo bajo, bajísimo del nivel parlamentario. No saben ni defenderse, coño, y todo son chascarrillos, frases de bachilleres, dedito en alto y te vas a enterar, discursos a micrófono abierto que parecen estar hechos por taberneros de Las Ventas, ni estilo ni voz ni tiempos ni nada. No hay escuela política y, por eso, tal vez, no haya mayorías absolutas. No hay liderazgo, la palabra encendida está muerta, enterrada, olvidada. No se admira, por eso no se ve grande a nadie, por eso tampoco se ama a nadie, y todos andan pactando migajas sin líder alguno.

Sigamos con los romanos. Mi autor de cabecera es Boissier, a este respecto y lo explica muy bien en libros de los años 70: la agricultura, la guerra y la política configuraban el programa que un romano noble debía realizar. Aprenderlo era practicarlo. El padre, en edades infantes, enseñaba agricultura y posesión de la tierra. Conocía la guerra, un poco más adelante, campos de ejercicio y la mili de entonces. En cuanto a la política, aquí vamos, se adiestraba asistiendo a las sesiones en las que se debatían los asuntos más ruidosos. Cerca de la puerta del Senado había bancos destinados a los jóvenes. Los oyentes se familiarizaban, auditiva y físicamente, con las tareas decisivas en las que pronto serían gestores.

Al asunto: a los veinte años el muchacho noble, que ya sabía labrar la tierra y asistido a batallas cotidianas, ducho en azada y armas, estaba listo para la vida pública. La poca instrucción, en sentido estricto, no la recibía de la Universidad Camilo José Cela y tantas otras, sino de un esclavo letrado en quien el padre delegaba funciones. El pedagogo en cuestión, más cómplice del muchacho que de su progenitor, le impartía una instrucción que superaba apenas las primeras letras. No se necesitaba mucho más. Años después llegaba el turno del Senado donde –he aquí la clave- la oratoria ya era acción, por todo lo anterior. Como escribe Aníbal Ponce: “Ya entonces, mucho antes de que se le ocurriera teorizar sobre las reglas del buen decir, llevar escrito su alegato o cuidar los detalles del estilo, aquel hombre medianamente instruido era un artista del discurso”. Lenguaje y hoguera.

Dan pena todos ellos, no es problema de la tesis, de la intertextualidad, de los robos a mansalva de libros ajenos, sino del balbuceo, de la pobreza léxica, de cómo se defienden, de cómo dicen lo que dicen. No hay liderazgo –es mi sentencia- y todo tiene un insufrible aire adolescente, tiempos inanes de no haber conocido ni la azada ni las armas, vientos de universidad pública o privada donde se tomaron más cafés que libros, igual se contaron más polvos de los que se echaron (como en el parchís) y todo ahora es así: tartamudo, escueto, insuficiente, forzado, paupérrimo, apurado y limosnero, ajeno a una cultura de veras vivida de armas y letras (la de Cervantes y Lope; la de Quevedo y Góngora). El camino a las mayorías absolutas –tomen nota- es el de la palabra encendida. Se ama aquello que se admira y sin admiración el voto, claro, siempre irá un poco así, en trocitos, a cachitos, troceado y cada vez más minúsculo, hoy en esta ranura y mañana en aquella otra, sin esperanza ni convencimiento, inercia y lasitud. Nuestra democracia es de los chinos: barata, barata, barata. Mejor no ir escrito por escrito, tesis por tesis, línea por línea, porque la vomitona está garantizada. Cuatro pijos o dos –es lo que veo- discutiendo como analfabetos a ver quién la tiene más larga. Les falta barro, por lo menos, para haber presumido del trayecto. Todo ha sido un regalo y, el peor de ellos, su completo pasado.