De enfermedad, de pandemia silenciosa, ha sido calificada recientemente la soledad que asola a gran número de personas en nuestros días. Diversos estudios publicados en los últimos años han puesto el acento en el grave problema que supone que muchos seres humanos se sientan solos, desconectados de aquellos que coinciden con ellos en su paso por este mundo (de la seriedad de la cuestión es muestra el que a comienzos de este año se creara en Reino Unido el que ha sido calificado como Ministerio para la Soledad). Drama humano como pocos, sus repercusiones son amplias en nuestros días: suicidios, depresión, adicciones, falta de cuidados… habiéndose llegado a estimar que la esperanza de vida de aquellos que se sienten solos es de hasta un 30% menor que la del resto.
Es llamativo que mereciendo la civilización actual el calificativo de sociedad de la comunicación, habiendo desarrollado creaciones que generaciones anteriores de sapiens hubieran tomado por imposibles, sea sin embargo la sociedad en la que sus miembros menos se comunican.
No es solo que resortes vertebradores de la comunidad clásica desaparecieran con la llegada del mundo industrial, sino que en los últimos tiempos espacios insustituibles de afecto se encuentren en retroceso, siquiera en la pretendida conciencia colectiva de la denominada post-modernidad: la familia, el matrimonio, la paternidad-maternidad… Antaño alzaprimados, son cuando menos ignorados en el discurso oficial y, lo que es más relevante, en las agendas públicas. Junto a ello, un trabajo cada vez más absorbente que demanda más de nosotros, sin que parezca atisbarse coto alguno a sus exigencias. Incluso en el que creemos espacio más nuestro, el ocio, asistimos a un auténtico juego de ilusionismo: nos creemos más libres porque la oferta es muy amplia, pero, en gran medida, se trata en último término de un ocio dirigido, creado por otros como un ámbito más (o, por ser más exactos, uno de los más importantes por lucrativo) de consumo.
A los factores señalados ha de añadirse que vivimos en una sociedad en la que son muchos los que quedan atrás. En donde siendo el éxito, identificado la mayoría de ocasiones con dinero, la medida de todas las cosas, se deja en el camino a aquellos que no lo obtienen. Aquellos que no tienen “nada” que ofrecer (juventud, belleza, dinero, poder…) son sencillamente ignorados, dejados a un lado.
La situación es particularmente grave en lo que respecta a la denominada tercera edad, pronto primera en términos demográficos. Es curioso que sean precisamente los valores propios de la adolescencia los que hayan triunfado en nuestro mundo actual, y ello a pesar de que vivimos en sociedades crecientemente envejecidas, teniendo el mercado una vez más un papel no desdeñable en el fenómeno descrito. No se descubre nada al afirmar que la soledad es la peor consecuencia de hacerse viejo (más aún que el deterioro físico y la enfermedad). El sentimiento de inutilidad, acrecentado hoy por jubilaciones que llegan en pleno estado de forma, la inseguridad, o, pura y llanamente, el más descarnado abandono son estaciones temibles de la última parte del recorrido vital. Bien puede afirmarse que la disminución de los niveles de solidaridad intergeneracional ha llegado a extremos ni siquiera atisbados hace pocos años, produciéndose incluso en el núcleo familiar, lo que ha llegado a encender todas las señales de alarma. A ello responde, por ejemplo, el hecho de que se hayan multiplicado exponencialmente los anuncios aparecidos en “idealistas” y similares en los que ancianos venden la nuda propiedad de sus casas, por debajo del precio mercado, permaneciendo como ocupantes de la vivienda hasta la fecha de su deceso. Los anuncios indican la edad del vendedor para que el comprador “pueda hacerse una idea”. Transacción perfectamente legítima, y más allá de ello entendible, pero en todo caso rodeada de ciertas dosis macabras ante las que todos, como sociedad, deberíamos sentir cierto rubor cuando menos. También conectarían con lo apuntado debates surgidos en torno a la legítima hereditaria o a las causas o procedimientos de desheredación.
Pero, la soledad no es patrimonio exclusivo, ni siquiera en muchos aspectos principal, de la senectud. Frente a lo que pudiera pensarse está cada vez más presente en aquellos grupos de edad en los que a priori parecería con menos posibilidades de acampar. Jóvenes, adolescentes y niños son víctimas crecientemente propicias de la nueva enfermedad. Los profetas de la nueva era señalaron y señalan que la Red (de la que los grupos señalados son los principales marinos) es el gran espacio de socialización, llamado a conseguir ese antiguo ideal hasta hace poco considerado inalcanzable, la comunidad universal. No obstante, las dudas son insoslayables: ¿de verdad nos conecta más? ¿nos hace menos solos? Un “like” no suple la amistad y su cultivo entendido al modo tradicional, por no hablar de una comunicación que se produce casi siempre mediante fórmulas estereotipadas (emoticonos a la cabeza), estrechas (y por tanto manipulables), poco proclives al fomento de la imaginación y el crecimiento personal. A ello se añade el innegable matiz exhibicionista de la comunicación actual, cuyo epítome es el selfie. Parámetros de consumo se han trasladado a las relaciones personales, con el consiguiente empobrecimiento de las mismas.
La siguiente franja de edad, la que pudiéramos agrupar bajo el epígrafe de la “madurez” en sentido amplio, tampoco escapa a la nueva pandemia. Rupturas afectivas, crisis económica, desempleo difícilmente reversible en ciertos segmentos de edad… son factores que influyen en ello. Otro factor ha de considerarse: cada vez es mayor el número de personas entre 35 y 55 años que bien pueden calificarse como de adolescentes eternos. Tal es su deseo imposible de prolongar (o recuperar) lo que se fue para nunca volver. El desarraigo (territorial, afectivo…) es contemplado casi como un valor, sinónimo de libertad e independencia. Pero precisamente ese es terreno abonado para la enfermedad silenciosa de la soledad. Pequeños déspotas de sus propios mundos, soberanos de un reino de un habitante… la fuga no acaba bien en cuanto negación de lo que todos somos (el ego necesita al alter, pues si no se marchita).
Por si lo indicado hasta el momento fuera poco, las propias víctimas de la soledad son victimizadas doblemente, en cuanto que la soledad como valor aparece denostada en el imaginario social. Si alguien está solo es culpa suya, síntoma de un problema o, mejor dicho, de un fracaso personal vital. En este sentido incluso las connotaciones positivas que la soledad encierra son revertidas en la comunis opinio. La soledad buscada es algo beneficioso e incluso necesario para el crecimiento personal, para la introspección que permite conocernos y analizar más adecuadamente el mundo que nos rodea. En cierto modo podría decirse que nos posibilita ser más libres en cuanto nos permite ser más nosotros mismos (ello podría explicar que en el contexto actual no se incentiven, sino todo lo contrario, los momentos de soledad). La pedagogía parental y social actual caminan en cambio en sentido contrario: abrumamos a nuestros hijos con innumerables actividades y programamos su vida social (cada vez más en términos propios de los adultos) para alejar el gran fantasma de la paideia de nuestros días: el aburrimiento. Todo sea por evitar caer en el que es considerado el más temible mal. Frente a ello, diversos psicólogos señalan la importancia de que el niño “se sepa aburrir”, pues sólo así desarrollará capacidades tan capitales como la reflexión y la imaginación.
En definitiva, la soledad (como sucede con muchos componentes químicos de nuestro organismo) en pequeñas dosis es necesaria para la vida (entendida como crecimiento personal) pero segregada en dosis elevadas es letal. Diversos experimentos han demostrado que gran número de especies animales necesitan el contacto, la interacción para sobrevivir; en el ser humano dicha necesidad alcanza un grado extremo. Y esa es precisamente su grandeza. Todos necesitamos sentirnos queridos, sentir que importamos a alguno o a algunos de nuestros congéneres, todos demandamos dar y recibir afecto. De ahí que sea sobrecogedor siquiera imaginar el sufrimiento de aquellos que, privados de contacto íntimo con otras personas, sienten (con motivo o sin él) que no importan a nadie, que no han dejado ninguna huella… El hambre ha sido el abismo que durante siglos los hombres y mujeres debían evitar; la soledad pronto pasará a ocupar su lugar.