Las personas nos parecemos a los cuadros de Velázquez: siempre estamos por acabar; incluso, a veces, somos como lienzos con partes en blanco, carentes de toda pintura. Es curioso que Ortega acabara escribiendo un tratado de ética al pensar en el pintor de Felipe IV, aquel aposentador mayor que nunca creyó que su profesión fuera la de pintor. La obra de Ortega y Gasset está llena de artículos y libros cuyas partes en blanco son cubiertas por un pensamiento ético de exacerbada pasión. Ortega sería un Nicómaco extendido a lo largos de esas franjas blancas, situadas entre la Historia y la política, la filosofía pura y el arte. Si bien, nosotros nunca podríamos compararnos con el pintor, un hombre que supo no existir, como explica Ortega en su monografía. Nuestro mundo tiene algo de horroroso porque la mayor parte de las personas no es que no sepan no existir, sino que existen en demasía, lo cubren todo con su presencia, hacen todo lo posible por que las notemos y fijemos en ellas.
Velázquez era melancólico, retraído, distante, tres atributos muy sólidos para construir una buena personalidad. El hombre actual no elude defenderse de la envidia, y dará todos los pasos necesarios para propagar y consolidar su fama. Deberíamos de imitar a Velázquez en sus dos grandes aspectos: en su aspiración artística y en su aspiración nobiliaria; de hecho, todo oficio tiene algo de artístico, cuando no de artesanal; y toda formación humanística logra elevar a cualquiera a un nivel que lo ennoblece. Vivir es aspirar a ser mejor, a distinguirse por su educación. Cuando acababa un cuadro, Velázquez se distanciaba de él con displicencia, lo veía todo de lejos, un atributo que podemos hallar en Musil, en Strindberg, en Kafka, en Walser. Hasta Velázquez los italianos habían pintado la belleza. Velázquez la rehúye y como diría Ortega, elige todo lo demás, es decir, retratos, bodegones, batallas, ninguna mitología, o casi. Le bastan dos o tres pinceladas: ¿dónde se ha visto? En un hombre auténtico acaso no necesitemos más que dos o tres fragmentos que sean verdaderos y que lo dejen ante nuestros ojos terminado. De lo que se deriva que un hombre no debería aspirar a ser más de lo que es.
Ortega es inflexible a la hora de juzgar las biografías. Piensa que la Historia es una de nuestras grandes asignaturas pendientes por culpa de la falta de historiadores, y por eso nuestro estupendo pasado está por descubrir y analizar. Yace náufrago en esta retórica de datos que se llama erudición. Al ver a una persona Ortega percibía inmediatamente delante de quien se hallaba, cuáles son los resortes del preferir que poner tensión en su existencia. En general mucho me temo que vemos, como él, a un hombre masa. Entre políticos, entre artistas, entre periodistas, lo que veo es al indefectible hombre masa de Ortega. En este sentido ya avisaba aquí del orador, del hombre que sabe hablar en público.
Cuando una persona quiere ser mejor eso solo quiere decir que quiere ser mejor de lo que ya es. Esa es la excelencia, ser mejor de lo que ya eres, no os equivoquéis, no vivir jamás en abandono. Esa es la verdadera nobleza, sentirse a sí mismo no tanto como sujeto de derechos, cuanto como una infinita obligación y exigencia de sí mismo ante uno mismo. Un imperativo de verdad caballeresco porque quien a él va sometido, añade, es a la vez corcel y espuela. Para Ortega da igual qué oficio ostentes, porque en todos prevalece el buen estilo frente al malo, trátese de un artista o de un analfabeto.
Aristóteles, en su ética, sostenía que no había más que tres formas de vida: la vida política o pública, la vida moral, y la vida contemplativa o intelectual. Kant creía que todo individuo habrá de ser juzgado atendiendo, no a la calidad de sus acciones, sino únicamente por la dirección de su voluntad moral, dotada esta última de un valor incondicionado. Ludwig Wittgenstein consideraba la ética como la investigación acerca del significado de la vida o de aquello que hace que la vida merezca vivirse o de la manera correcta de vivir.
Sostiene Ortega pensando en Velázquez que es un error considerar que las grandes personas son siempre representativas de su época; al contrario, el gran hombre lo es por oponerse a su época, es el futuro que se esfuerza en perforar el presente, porque todo presente está dispuesto para ser un pasado, no es ya creación, sino resultado inerte de ella. Velázquez vendría a ser su paradigma.