Opinión

Emmanuel Macron: niño recién peinadito y atildado

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Martes 18 de septiembre de 2018

Estaba llamado a ser el líder más carismático de Francia. Joven, guapo, siempre atildado, delgado, con esos trajes entallados que traslucen piernas de futbolistas y pantalones de tiro alto, muy cercanos a Casado y Sánchez. La realidad es otra muy diferente: el segundo año de su Presidencia, tras dos mociones de censura, su imagen sigue dañada. Es para muchos el llamado presidente de los ricos, y ese marbete, tal emblema, es su peor lastre. El escándalo Banella, su jefe de Seguridad golpeando a un manifestante durante las protestas del 1 de mayo, también hizo mella en el muchacho. Es el joven presidente pero para muchos arrogante, falto de empatía y dictatorial, despótico en las distancias cortas. El Banco de Francia, a principio de este verano, auguraba un crecimiento a menor ritmo de lo esperado (1,8 % en lugar del 2 %) y Macron, peinadito y buen chico, sigue en lo suyo, la libretita, el programa, ajeno a ciudadanía, pueblo y oposición.

El cuadernillo tiene muchos puntos: reforma de las pensiones (para verano del 2019), con la edad legal de jubilación en 62 años, régimen de jubilación universal, unificar los 42 regímenes particulares que hay en Francia, todo a aplicar en el 2025, con la oposición cantando en cada curva que los afectados cobrarán mucho menos. Reforma, asimismo, del sistema sanitario y nuevo seguro de desempleo. Plan antipobreza, justo ahora, en septiembre, guarderías gratis para familias desfavorecidas y programa de desayunos escolares. Reforma constitucional: hacer resistentes las instituciones, según Emmanuel, pero también, debilitar el poder legislativo en favor del Gobierno, según la oposición. El reto de mayo del 2019, con los comicios europeos, y el reto de frenar a Ultraeuropa, el repliegue nacionalista y el auge progresista, con posibles diálogos específicos con Dinamarca y Finlandia, y desde Luxemburgo una reforma del Club, de la dorada y adorada Unión Europea, que tampoco para Francia es lo soñado.

El 62 % de los franceses, esa es la única realidad, no cree en Macron, según el sondeo realizado por la empresa YouGov. Su empeño último, ya comentado, de rediseñar la Unión Europea, hace que sea un estorbo para todos. Pide fronteras, Rusia incluida, pide alejamiento militar o de protección con respecto a Estados Unidos (como Merkel), pide otro G-7, soberanía europea, alejarse del pacto iraní de Trump, el final de la Guerra Fría, la resolución de la crisis ucraniana, la no anexión de Ankara al Club, más lazos con Rusia y Turquía porque se escapan, y algo también inflamable, menos Bruselas: “Europa no se hace ni en Bruselas, ni en París, ni en Berlín, sino con nuestras ideas”. ¿Una Europa de ideas porque la física se va al traste? ¿Un territorio virtual, imaginario, en lugar de suelo llano? Quiere, asimismo, un imposible, relación fluida con Londres, pero no a costa de la disolución de la Unión Europea. Francia pide unión con China, India y África, pero con la primera lo tiene difícil, porque la ha sacado a bailar Rusia y el romance, desde las primeras sillas, se ve largo, fogoso, prometedor.

El giro social, el populismo de calle y pan, esa demagogia llamada “nuevo Estado de Bienestar” copa estos días las calles de Francia. Otro eufemismo se destila del primero y, así más peinadito y atildado que nunca, más niño bueno y cara de joven que al principio, dice el señorito aforismos de poeta televisivo: “Hay que romper el bucle de la fatalidad social”. ¿La práctica? Manguerazo, regar de subsidios infancia y juventud, solo para comprar votos ante la caída en picado de su imagen, la deserción de su primer ministro y la ralentización económica. Ocho mil millones de euros, en cuatro años, para el grueso de actividades: treinta mil plazas de guardería en barrios desfavorecidos, ampliación de los estudios juveniles a los 18 en lugar de a los 16, renta universal de actividad (fusiona diferente subsidios en otro aforismo de gran lírico: “Hay que garantizar el umbral mínimo de dignidad”).

Su discurso del 14 de septiembre, en el Museo del Hombre, afirma axiomas que son por entero poemarios y no se da cuenta: “Un niño pobre en Francia deberá esperar 180 años para que sus descendientes logren ascender a la clase media”. Viene a decir que sí, que es muy jodido ser pobre en Francia, pero que lo que es más en otros países, y que el problema es la movilidad, y que una vez solucionada ésta, sí, el ascenso social está garantizado. Otro sangrado: “No se trata de ayudar a los pobres a vivir mejor en la pobreza sino de ayudarlos a que salgan de ella”. Tremendo. La desfachatez no puede tener mejor rostro, hay que tenerlos muy bien puestos para llegar a verdades palmarias tan ofensivas como las anteriores. El héroe de barro, guapo o no, se derrite por el fuego de la calle que no aguanta y acerca cada vez más las antorchas, harta de que la tomen por gilipollas.

La Unión Europea, lírica y teórica, vuelve a vender humo a una ciudadanía insumisa, cansada, cada vez más harta de ambigüedades y cercana a la derecha, a lo ultra, al empresariado que da puestos de trabajo y no dice ni . Se derrite su imagen de niño cándido, tan guapo, tan buen chico, pero que al pobre de la esquina le cuenta lo que podría ser si no fuese pobre. Las palabras volanderas, mientras me quedo con lo tuyo (el voto) hace tiempo que se reconocen no por el fondo sino por la forma, que vale para la literatura pero no así para la vida. Joseph Brodsky, internado en el manicomio, premio Nobel, lo decía mucho: “No cura el médico al paciente sino la entonación con la que le habla”. Ya, sí, pero eso para la vida no vale, si acaso para una supervivencia espiritual mínima. Aquí, en Macron, ni tono ni mensaje. Francia quiereun viejo, feo yultra que haga y no prometa.