Juan A. Hernández Les | Sábado 22 de septiembre de 2018
A Medea no le persigue la fama, como a otras damas de la leyenda y el mito. Pero es fácil dar con ella si atravesamos la cultura griega en diagonal, igual que sucede con tantos personajes, pues los clásicos no hubieran podido hacer nada sin la base homérica, y un mito es ante todo una sucesión y, a veces, superposición de un enigma originario no resuelto. Medea es interesante porque nos interpela cuando utilizamos perversamente el lenguaje. La aportación delirante que ahora navega viento en popa tiene un carácter lingüístico y se define por medio de una expresión exuberante y espantosa: violencia de género.
Pelias, envió al heredero Jasón a tierras lejanas y extrañas con el engaño de traerse consigo el Vellocino de oro, sabiendo que así Jasón no regresaría jamás, pues la Cólquide era el confín del Mar Negro. Medea no carecía de atributos singulares, pues ya su tía, Circe, había amañado a Ulises y ambas eran muy capaces de persuadir a los extranjeros en el gineceo.
Parece que Medea se quedó de piedra nada más ver a Jasón bajando del barco. Las crónicas dicen que lo amó al instante con un amor absoluto. Ya Ovidio, que también optó por entender esta historia, escribe en su Metamorfosis que Medea no pudo apartar su mirada de él desde aquel mismo instante. Y Pascal Quignard, que también trata el asunto sexual y espantosamente, habla del instante de muerte cuando desgarra su pluma a lo largo de estos vicios irredentos del cuerpo y del alma que se dieron para sí, en formas contradictorias, griegos y romanos.
Medea ciertamente salva a Jasón de todos los conflictos que sufre en sus peripecias y cuando captura el vellocino de oro se entrega a él con todo el ansia de su deseo, toda su locura, y la mirada esquiva, sabiendo que después habrá de matar a su hermano Apsirto, que ha amenazado de muerte a Jasón por huir de allí con el vellocino.
Cuando la pareja desembarcó en Tesalia, Pelias no quiso devolverle el poder a Jasón, y Medea persuadió a Pelias a meterse en un caldero y lo hirvió. De allí marcharon a Corinto en donde reinaba el rey Creonte, aquel viejo detestable, otro usurpador que había ocupado el puesto de Edipo inventando para siempre la política y metiendo en otro caldero la moral, y que condenó a Antígona a morir en una cueva por enterrar a su hermano Polinices.
Creonte vio en Jasón la oportunidad de casar a su hija, ya que Medea no era más que una extranjera, y a Jasón le gustó la propuesta. Pero no a Medea, que entonces, por primera vez en su vida, deja de mirarlo, y reposa su mirada en los dos hijos pequeños que ha tenido con él, que están jugando con su pedagogo. A Medea le ha invadido la ira. Pasan por su cabeza todos los sacrificios que ha hecho por Jasón. Ha matado a su hermano, traicionado a su padre, liquidado a Pelias, y su cara ya está siendo moldeada, frescurizada, en una imagen que hoy todavía puede hallarse y contemplarse en la Villa de los Misterios, si dominas el pavor.
Medea mira a sus hijos. Va a matarlos. La mirada de Medea en esa imagen puede interpretarse de varias maneras. Todavía en su rostro hay un vestigio del amor apasionante que ha compartido con Jasón, y al tiempo hay ya una culpa hiriente, un desasosiego por el porvenir y el destino que está eligiendo como castigo. Ella va a acometer una acción por la que destruirá a Jasón y se destruirá a sí misma, así como el futuro, las ilusiones de unos niños que podrían ser pronto hombres. Aquí nos dice que hay en sus ojos una contradicción entre la piedad y la venganza. Cierto, los ama, pero los va a matar. La acecha ese irresistible instante de muerte del que no se habla en la televisión cuando sale alguna noticia sobre el sexo y el espanto, sobre violencia de género. Medea como mito explica el presente. Medea está entre nosotros, y de vez en cuando enciende el caldero para meter dentro de él a los Pelias de turno.
Ya dice Quignard en su análisis de Medea que es a partir del 431 a.C., que la obra describe la desintegración del vínculo civilizado a partir de la pasión de la mujer por el hombre. El amor se convierte en odio. El deseo violento por un amante se transforma en ferocidad asesina contra la familia y revela la omofagia -impulso de comer carne cruda- sobre la que se basa, para los griegos, el eros. Ciertamente, si ves de nuevo la imagen de Medea en la villa pompeyana ves a las claras esa mezcla terrible de la omofagia vinculada al crimen. A veces dícese del sexo el deseo carnal. Esta frase oculta la ferocidad del sexo y, por lo tanto, del deseo.