La reciente ofensiva antihúngara liderada por la eurodiputada holandesa del grupo Los Verdes Judith Sargentini está revelando las grietas que amenazan el edificio de la Unión Europea. El informe firmado por la política holandesa constituye el acta de acusación contra un Estado cuyas políticas se alejan de las que marca Bruselas, aunque esto no significa –naturalmente- que se alejen necesariamente de los valores en que se funda la Unión.
En efecto, uno puede tener innumerables críticas hacia las políticas del gobierno de Viktor Orban, pero una lectura detenida del informe y una observación aguda de toda la crisis política revela que eso es un espejismo.
En efecto, sin perjuicio, como digo, de que uno puede criticar esta o aquella política, desde la migratoria hasta la relación con las universidades, lo que late en el fondo de la cuestión húngara es si cabe una visión alternativa del proyecto europeo que se aleje de los postulados socialdemócratas o liberales y se aproxime al conservadurismo tradicional, inspirado en el cristianismo y defensor de la soberanía de los Estados.
Lo que está sucediendo en Hungría –y no sólo allí, sino también en Polonia, la República Checa y Eslovaquia- es un distanciamiento de la identificación que se ha venido haciendo hasta ahora entre Unión Europea y políticas que oscilaban entre la socialdemocracia y el liberalismo. En realidad, incluso este último va quedando arrinconado en la política de la Unión.
¿Cabe, pues, una tercera vía en la Unión Europea? Esto no es algo enteramente nuevo. Václav Klaus ya advertía en 2009 que “los métodos y formas de la integración europea […] tienen unas cuantas variantes posibles y legítimas”. El gobierno húngaro cree que hay una alternativa conservadora y tradicional a las políticas que hasta ahora se vienen marcando desde las instituciones de la Unión.
Pero, de nuevo, no hay que confundirse. Aquí la política es más el síntoma que la causa. Lo que subyace es un debate cultural sobre qué es Europa y si cabe, dentro de los tratados, un proyecto europeo distinto del que se está tratando de llevar adelante desde Bruselas. Sin este aspecto, el fenómeno complejísimo y doloroso del Brexit no se comprenderá en toda su extensión. Celosos de su independencia y deseosos de conservar una soberanía que sentían hurtada poco a poco, los británicos han decidido abandonar un proyecto europeísta al que naturalmente estaban llamados. La salida del Reino Unido es una pésima noticia para la Unión. Por desgracia, el mensaje de alerta parece no llegar.
Los húngaros han votado mayoritariamente por un partido político que rompe con los consensos liberales, socialdemócratas y socialistas. De los comunistas, mejor ni hablar. Aún queda mucho por contar acerca del daño que el comunismo hizo a las sociedades de Europa Central. Basta por ahora recordar que Hungría fue ocupada por los soviéticos, situada en la órbita de la URSS y obligada a permanecer por la fuerza de las armas.
En Hungría, valores tradicionales como la familia, la patria y la religión se respetan generalmente. Tanto en la parte oriental del país, de mayoría calvinista, como en la occidental, donde son mayoría los católicos, las iglesias están a menudo llenas. La visión tradicional, conservadora y soberanista del presidente goza de un amplio apoyo entre los ciudadanos. Hay muchas formas de hacer política desde Bruselas y ésta es equivocada. El intento de forzar a Hungría a través de sanciones o amenazas terminará produciendo el efecto opuesto al que se pretende conseguir y sólo servirá para hacer más profundas las grietas que amenazan el edificio de la Unión. La cuestión húngara es, sobre todo, la cuestión del futuro de Europa.