Opinión

Madrid huele a churros, ojeras y juguetes antiguos

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Diego Medrano | Lunes 24 de septiembre de 2018

La muerte de Ceesepe, por azares del destino, conecta ahora con la muestra definitiva u homenaje póstumo a Juan Hidalgo en la madrileña Tabacalera (C/ Embajadores, 1). Fue raro, fue disidente, anduvo por los márgenes y su silueta de niño travieso se confundía algunas mañanas/madrugadas por el Rastro capitalino –él o su fantasma- todo aromado de churros, ojeras alcohólicos y la juguetería antigua –no menos peligrosa- de tebeos u objetos extraños. Músico, fundador del grupo Zaj, surrealista, perfomer, fotógrafo y, según su propia definición, siempre y de forma primera, “poeta raro”. La gloria llegó tarde y supo a poco, apenas hace dos años el Premio Nacional, pero su mundo era otro: el del Fluxus o neodadaísmo del franquismo, del posfranquismo, muerto el muñeco, de sus travesuras y trastadas en los noventa, de aquella primera performance con la que comienza todo el mogollón: Traslado de tres objetos por las calles de Madrid. Ironía, humor y budismo zen. Siempre un extranjero en propia casa, y a veces nada.

Escribe Carlos Delgado: “Va a procurar subvertir, sobre todo, el orden constituido y transgredir los estereotipos identitarios; en este sentido, una importante línea de su discurso reivindicará el propio cuerpo desde una dialéctica entre los erótico y lo pornográfico”. Su homosexualidad, cómo no, también formó parte del rostro del escándalo y quedó manifiesta en los trabajos Flor y hombre (1969) o Alrededor… del pene (1990). Hidalgo fue en España una suerte de ready made permanente, otro urinario o rueda de bicicleta arrancada a las sobras de las vida, de Duchamp en tiempos donde no había ni ducha, de conceptualismo y debate musical a lo Cage, de raro que nos explica su mundo raro, de vuelo sin críticos ni palmeros. Escribe Castro Flórez en el catálogo: “Construyó su biografía haciendo literalmente lo que le dio la gana, custodiando souvenirs de las historias personales”. Explica Carlos Delgado: “Una de las principales características de la vida y de la obra fue su capacidad para localizar lo inaudito en lo cotidiano. Y ello en aquellos años en los que la censura y la sanción de la disidencia establecían un estricto marco de actuación”. El juego o la vida, y salir ileso.

Rescataba palabras perdidas para revoluciones solitarias, pintaba de rosa pianos abandonados, su sensualidad es lúdica y su música, en compañía de Walter Marchetti y Ramón Barce, quiso partir de los estados ambulatorios como una Rayuela sin Sena y con todo el colocón cayéndose como un pastel por los labios rotos de frío. Explica Bea Espejo: “Eran acciones que mezclaban artes plásticas, poesías, performances y música indeterminada. El eco llegaba desde territorio internacional. Primero fue Nueva York, con George Maciunas, Fluxus y su galería A/G, y todas esas cosas que La Monte Young lanzaba en el loft de Yoko Ono en 112 Chambers Street. Ese arte no oficial llegó a Europa adoptado por Wolf Vostell, Nam June Paik y compañía, y pronto estaban metidos hasta las cejas George Brecht y Walter de María, en compañía de John Cage y Duchamp. Todo invocaba el antiarte y esa negación del objeto artístico pretendía convertir situaciones cotidianas e intrascendentes en el summum de la creación: un estornudo, airear la axila o pasear en burro”. La realidad es que Hidalgo fue un desconocido para la mayoría, como suele pasar casi siempre, los 70 fueron su mundo y en los 90 se empezaron a acordar de él. A veces es la única forma de ser de veras independiente, hablar sin rodeos de lo público y privado, de sexo y deseo, de tabúes y un país que es jaula e impide crecer.

La meditación oriental le dio freno, le alejó de las drogas, le cauterizó los nervios, yo creo que está al final y al principio de toda su abstracción musical. Zaj fueron acciones en diversos sitios, pero también mucha agua derramada entre los dedos, no tengo el libro otra luz espléndida puede ser ir en busca del libro de Juan Pérez Manzanares: Juan Hidalgo y Zaj. Arte subversivo durante el franquismo (etcétera). Una de sus máximas no se entiende bien: “El arte es como estar en casa un domingo por la mañana en sandalias, camiseta y calzoncillos”. El arte es cobijo, sí. Ese interlocutor que tenemos cuando todo lo demás nos ha fallado. Sus esculturas viven focalizadas en la erótica masculina, pero a mí, puede que equivocado, todo me sabe a huida, a fuga, a escapar del ahogamiento a costa de la propia inteligencia o el humor. Sus silencios están llenos de palabras. Murió como lo hacen todos los grandes en este país: casi en el anonimato, o sin casi. A lo mejor necesitó poco para vivir: niebla de churros sin haber dormido, ojeras de sátiro o duende con orejas grandes, un puñado de sobras lujosas que otros no entendieron y las venden en la acera por cuatro perras. Maravilloso.