No pasa una hora sin que suceda alguna tropelía en el Gobierno de España. El tinglado de Sánchez y sus socios pudiera tener los días contados. Pero su demagogia durará. Tiene futuro. La demagogia socialista no es ya una ideología sino una práctica política avalada por sus socios de coalición. Tampoco los separatistas y comunistas están dotados de grandes talentos para elaborar proyectos ideológicos. Políticos. Eso es lo peligroso. Todo ha quedado reducido a una práctica política sin ningún proyecto de envergadura. Se trata de usar el poder sin otro objetivo que ganarse la vida. En verdad, la genuina demagogia, o sea, el uso público de la palabra con intención de engañar ha desaparecido. El actual Gobierno todo lo que hace es para sobrevivir. No responde a ningún tipo de estrategia. La mentira es antes un modo de supervivencia que un engaño. Esto se parece cada vez más al populismo de Maduro y, por supuesto, Sánchez está superando a su maestro Zapatero.
¿Qué hacer ante tanto descaro? Llevarlo con dignidad y combatirlo continuamente con risa e ironía. Tampoco viene mal la relectura de los clásicos. Estos muestran que la diferencia entre la demagogia antigua y la actual es pequeña pero decisiva: la singularidad de la actual es que se ejerce con medios más potentes que en el pasado. Los medios de comunicación son en verdad la gran diferencia. La demagogia antigua manipulaba multitudes, mientras que la actual transforma esas multitudes en masas a su disposición. El mundo antiguo manipulaba la multitud hasta donde se oía la voz del demagogo. Hoy, la cosa es más perversa, porque el demagogo sólo aspira a convertir la pluralidad humana en multiplicidad animal: la democracia no es el respeto de la minoría, menos de la objeción de conciencia, sino moldear las mayorías sin escrúpulos morales a la táctica de la supervivencia: mejor ocupar el poder que ejercerlo con dignidad.
Pastoreada por un Gobierno que ha hecho de la demagogia su forma de vida, la sociedad española parece que solo tiene dos salidas: resignarse o esperar, o sea, desesperarse a que la meliflua oposición consiga que Sánchez adelante las elecciones.