Opinión

Alzheimer, Lafora, Achúcarro… Y Moya

TRIBUNA

Jorge Casesmeiro Roger | Lunes 24 de septiembre de 2018

Trabajaron con Alois Alzheimer en Alemania y fueron precursores en el diagnóstico de esta dolencia en Estados Unidos. Neuropsiquiatras de la escuela de Ramón y Cajal, se llamaban Nicolas Achúcarro (1880-1918) y Gonzalo Rodríguez Lafora (1886-1971). Aprovecho el 21 de septiembre, día internacional de la enfermedad del olvido, para recordar a estos dos pioneros de la investigación médica.

De Achúcarro se cumple además el centenario de su fallecimiento. Y ahora que Bill Gates ha donado 50 millones para el estudio de las demencias, no está de más traer a colación que: “Es el histopatólogo madrileño Gonzalo R. Lafora quien, durante su estancia en Washington como médico visitante en el laboratorio del ‘Government Hospital for the Insane’, describe el caso del primer norteamericano enfermo de Alzheimer”.

Así lo cuentan Konrad y Ulrike Maurer en su canónica biografía del neuropatólogo que recibió el epónimo de marras: Alzheimer. La vida de un médico. La historia de una enfermedad (Díaz de Santos, 2006). Lafora –detallan los autores– asoció correctamente el caso de William CF con la enfermedad de Alzheimer en un artículo que envió en alemán para su publicación al mismo Alois Alzheimer. Quien como editor de la Revista de Neurología y Psiquiatría lo recibió el 27 de mayo de 1911 y lo aceptó de inmediato.

El trabajo de Lafora, titulado “Contribución al conocimiento de la enfermedad de Alzheimer o demencia presenil con síntomas focales” es verdaderamente precursor. Sobre todo, considerando que el término “Enfermedad de Alzheimer” fue utilizado por primera vez en 1910, dentro de un manual universitario del célebre psiquiatra Emil Kraepelin. Que fue el acuñador del citado epónimo en reconocimiento a los hallazgos de su leal colaborador Alois Alzheimer desde 1901.

También será durante su estancia en el referido Saint Elisabeth Hospital de Washington (1910-1912), donde el histopatólogo madrileño hará su mayor logro de laboratorio: el descubrimiento de los cuerpos amiláceos en los pacientes de epilepsia mioclónica. Aportación por la que la comunidad científica otorgó a esta rara variante neurodegenerativa el término “Enfermedad de Lafora”.

A su regreso, Rodríguez Lafora defendió en 1914 la primera tesis doctoral sobre Alzheimer en España (Herrera Rodríguez, 2014), diagnosticando a su vez los primeros casos de esta afección en nuestro país. Representante de la llamada Edad de Plata o Generación del 14, Lafora desarrolló una extensa labor clínica y socio cultural. Como la cofundación con Sacristán y Ortega de la prestigiosa revista Archivos de Neurobiología.

Pero mucho de esto no le habría pasado a Lafora sin la oportuna mediación de su colega Nicolás Achúcarro, a quien sustituyó en Estados Unidos gracias a su propuesta. Becados por la Junta para Ampliación de Estudios, ambos habían colaborado en Munich con Alzheimer. Cuando este último declinó por motivos personales el ofrecimiento del mentado hospital de Washington en 1908, propuso en su lugar al joven Achúcarro. Este acepta, realizando allí una meteórica y ameritada labor. Pero al año siguiente decide volver para casarse y establecerse en España. Y es entonces cuando señala con tino a Rodríguez Lafora para ocupar su puesto.

Calificado por Ortega como “uno de los diez o doce hombres de más alta calidad intelectual” de su generación, Nicolás Achúcarro fue una estrella fugaz de la ciencia española e internacional. Es realmente impresionante considerar lo que logró antes de fallecer a los 37 años de una terrible enfermedad que él mismo se diagosticó. Sus exploraciones sobre la glía, así como su método de tinción de plata y tanino, le merecieron ser recibido como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Yale en 1912. Y los obituarios que a su deceso le tributaron Marañón (25/04/18) y Ortega (26/04/18), así como la posterior semblanza que le brindó José Mª Sacristán (19/12/51), son letras de molde que hablan por sí mismas de este vasco ejemplar. Y también de una España que no supo estar a su altura; como protestó Ortega.

Pero sería injusto memorar a Lafora y Achúcarro sin mentar al biógrafo de ambos: el doctor Gonzalo Moya (1931-1984). Sobrino de Gregorio Marañón y acelerador del avance de la neurología en España, Moya fue el autor de Nicolás Achúcarro: su vida y su obra (Taurus, 1968), y Gonzalo R. Lafora: Medicina y cultura en una España en crisis (UAM, 1986). Fue un reconocido estudioso de trastornos como la dislexia, o de la epilepsia en el medio tropical, creador de varios servicios en el Gran Hospital de México, y catedrático de Neurología en la Autónoma de Madrid, disciplina de la que ejerció como jefe de servicio en el Gran Hospital del Estado durante los años 60 y 70.

Siendo precisamente en este hospital madrileño (hoy De La Princesa) donde en 1966: “Bautiza con el nombre de Nicolás Achúcarro el primer departamento moderno de Neurología en España” (Zarranz, 2014), cuya entrada fue decorada con un altorrelieve del histólogo vizcaíno ejecutado por el escultor Juan Haro. Un servicio irrepetible, recuerdan dos de sus colaboradores, que fue: “Dotado con los mayores avances tecnológicos, y con una organización laboral inédita que supuso un hito histórico en el desarrollo de la neurología española” (Giménez-Roldán y Martínez-Fuertes, 2014).

Lamentablemente, el Servicio de Neurología Nicolás Achúcarro fue desmantelado durante la Transición. Quizá la conflictiva personalidad de Moya, y su rígido estilo de gestión, no favorecieron la adaptabilidad del proyecto. Aunque puede que también influyera la cicatería de algunos demócratas recién estrenados. Como apuntan Roldán y Fuertes: “Cambió el régimen, cambiaron los tiempos y alguien con mente estrecha y quizás un punto de rencor optó por demoler aquella magna obra, una vieja y recurrente tragedia en nuestro país”.

Hoy el altorrelieve de Nicolás Achúcarro, que Moya encargara a su amigo Haro, reposa en el Museo Archivo Histórico de la SEN de Barcelona. Y Vizcaya acoge desde 2012 el Achúcarro Basque Center of Neuroscience. Y aunque no importe demasiado si Achúcarro nació en Neguri y Lafora terminó en Cercedilla, recordemos ya puestos que ambos despertaron a la Histología en el laboratorio que un navarro de Petilla de Aragón regentaba en la Universidad Central de Madrid. Me refiero a don Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina en 1906 y padre de la gloriosa Escuela Española de Neurología.