Solamente he leído entera una vez la Constitución vigente y fue cuando la tuve que votar. Después, la he ojeado según el momento, como cuando había que saber exactamente en qué consistía el famoso artículo155.
No recuerdo que aparezca en ninguno de sus capítulos la titulación que necesita la ciudadanía para acceder a algún cargo público desde concejal del más remoto pueblo hasta Presidente del Gobierno. Ello no es óbice para que, últimamente, se haya desatado una carrera feroz por presentar certificaciones académicas considerando que estas enriquecen la categoría del político. Es tal la furia documental que los interesados se atropellan para engordar su currículo, ignorando que la Universidad, si bien concede titulaciones a quienes la trabajan, no libra de la estupidez ni el cretinismo congénitos.
Conozco universitarios que teniendo enormemente desarrollado el lóbulo cerebral profesional, sus neuronas carecen de conexión con aquellas que rigen el sentido común… y viceversa: personas de cultura académica media o baja son capaces de elaborar soluciones aplastantes e irrefutables a problemas al parecer insolubles.
Cualquier adulto humano debiera de tener resueltas sus necesidades elementales como disfrutar de un modus vivendi digno que le permita acceder a una casa, un sueldo y un estatus en la sociedad, ganado a pulso, con el que rellenar la tarjeta de visita y que le pueda ubicar en alguna de las ramas del trabajo. No es preciso más. Yo, al menos, he sobrevivido con ello, sin que me falte ni me sobre nada.
Y si alguien se va a dedicar a la política no necesite anclarse definitivamente en ella porque tiene un oficio al que volver si se retira o lo retiran. Para lo cual hay que prepararse, y en España todo el mundo tiene acceso a la educación.
Un diploma universitario es muy goloso y si a la tarjeta de visita hay que darle la vuelta porque no caben todos en la cara A, nos consideramos personalidades a las que hay que llamar de usía. Lástima que no se tenga la misma autoexigencia con el conocimiento de lenguas extranjeras que sí debiera de ser obligatorio para obtener un cargo público de medio calibre para arriba.
Parece que hayamos olvidado el orgullo de “habernos hecho a nosotros mismos” por el de “mira qué guapa me ha dejado la Universidad” y nos consideramos obligados a airear nuestros certificados de idoneidad, por si alguien dudare de ella. Es lo mismo que presumir de antepasados ilustres porque no tenemos ningún mérito personal que ofrecer al mundo. Qué triste.
El lamentable espectáculo que están ofreciendo nuestros políticos – de todos los colores- enseñando papeles que nadie les ha pedido es la mejor demostración de su inseguridad. No lo hicieron Rosa Díez, que tiene un FP en Administración, ni Corcuera, que llegó a ministro con una simple Maestría Industrial, por ejemplo.
De todas formas, por mucha ilusión que tengan los jóvenes dedicados a la política, si quieren hacer carrera en ella y llegar a ocupar un escaño en el Parlamento, podrían dedicarle un rato al estudio y aprender inglés, por ejemplo. Así no tendríamos entre sus señorías ese 6% sin bachillerato y el vergonzoso 4% de no sabe, no contesta. Caso insólito en la Unión Europea.
Lo de enseñar el master ya es una sobredosis de arrogancia. Sostenella y no enmendalla, mismamente.